El hombre y el sueño

En esta ocasión fue un hombre, pero igualmente pudo ser una mujer. Los sueños de un hombre y de una mujer pueden ser diferentes, pero siempre serán sueños.

Vino al mundo en un ambiente humilde, lo indispensable para mantenerse vivo. Sus padres no tenían más recursos que los que arañaban cada día a la suerte, en ocasiones sólo a la mala suerte. El niño crecía escuálido, desnutrido, pero ya había alcanzado la figura humana. Y algo que, probablemente, provocaba la minería: el niño soñaba. No soñaba con hadas, nunca le hablaron de ellas. Tampoco con juegos, nunca tuvo con quién jugar. Soñaba con una mesa llena de frutas, de viandas, de quesos, de pan blanco. Y soñaba que todo eso estaba a su disposición. Soñaba hasta que se despertaba de un atracón de comida inexistente. Ya despierto, se palpaba su vientre, que se hundía vacío hasta la espalda.

El niño ya es un joven de edad incierta, espigado como un junco, su cara solo son pómulos y ojos, la boca sólo una hendidura horizontal. Y el joven soñaba. Y seguía soñando con una mesa repleta de manjares, en los que una joven estaba sentada en el lado opuesto. El la miraba mientras comían, pero sus sentidos volaban hasta la boca, cada vez que la abría para introducir alimento. Y soñaba que aquella boca también servía para el beso. Y se despertaba húmedo, sin saber si fue por el beso.

El joven ha dejado atrás los sueños imprecisos, se ha hecho mayor, trabaja en un aserradero, ha entrado en carnes y tiene la apostura de un hombre hermoso. Y sigue soñando. Sus sueños no se pueden contar, porque, al despertar ya no los recuerda. Sí le han dejado señales: un sudor frío y una especie de angustia que dura hasta que recobra la plena lucidez. Piensa por qué si siempre soñó en cosas complacientes cuando era niño y cuando era joven, en las miserables circunstancias en que vivía, ahora que disfruta de lo que nunca tuvo, salvo en los sueños, sus sueños se asemejan a pesadillas. ¿Podría ser porque teme perder lo que ahora tiene? ¿Podría ser porque le atenaza la ansiedad por alcanzar mayores metas?

El niño, el joven, el hombre es ahora un viejo con achaques de un viejo vulgar. Y no sueña. En su duermevela recorre pasajes de su vida, no en la que le queda, para la que no tiene ya ni ambiciones, ni deseos de besar una boca sugerente, ni manjares que parezcan nuevos. Se pasa la mano por las mejillas para impedir que corran las lágrimas hasta su boca, si no lo consigue del todo, le sabrán saladas, pero para el viejo serán amargas. En eso ha quedado una vida vivida en los sueños. La realidad siempre estará condicionada por ellos. Pero para un viejo soñar es vivir despierto.

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