¿Escribí yo esto?

Cuando no se me ocurre nada nuevo, abro el ordenador para probar si me ofrece algo que me mueva de la silla de confort. A veces encuentro cosas que el ordenador ha guardado y que nunca pensé estaban allí. Un documento word y un título: Ël Casting¨, fechado  en 2008. No viene a mi memoria de qué va. Lo abro y parece un cuento. Comienzo a leer y sigo sin recordarlo. Reflexiono: ¨Si yo soy incapaz de recordar lo que escribí hace 10 años, ¿qué mierda fue? Sigo leyendo. Hoy, aquello que escribí hace 10 años me parece insulso, sin garra. No sé qué pude pensar entonces, y no sé si alguien dijo algo sobre él, bueno o malo. ¿Qué hago contigo, te mando a la papelera y si te he visto no me acuerdo? Vale, tampoco hay que ser tan exigente. Si yo lo escribí, puedo ser condescendiente y darle un  poco de vida más, tratarlo como a un hijo con deficiencias. Hoy no se me ocurre nada, y si no envío algo a mis lectores, van a pensar que algo me pasa, y no bueno.¨ Copio y pego en un nuevo post y lo envío.

El casting

Alicia lo tenía claro. Si ella cantaba siempre bajo la ducha, Alicia suponía que había nacido para cantar, así de simple a la vez que hermoso. El ruido del agua no dejaba entrever ni su timbre de voz ni su afinación ni siquiera si, a quien la oía, le podía parecer bien o mal. Era un ruido sobrepuesto a otro y nadie sacaba conclusiones. “La niña canta y llueve sobre ella”, decía su padre queriendo parecer gracioso. Ella, sin embargo, creía hacerlo bien. Cuando escuchaba sus canciones preferidas, de cantantes célebres, ella, a media voz, las seguía a veces empastando perfectamente, otras creando su propia versión. Nunca hacía ese gesto de fastidio que se suele manifestar cuando somos conscientes de no alcanzar a las personas que admiramos. Al contrario, chasqueaba los dedos en señal de aprobación de sí misma.
Alicia era tímida. En su familia no había tradición musical que no fuese la folclórica en momentos de celebraciones y después de animarse con las bebidas. Ella tampoco había querido nunca que la escucharan.
Estaba viendo la tele, cuando anunciaron que iba a comenzar un casting para un concurso de nuevos talentos musicales. El concurso se llamaba “Que no se pierda tu voz”. Daban las fechas y lugares donde próximamente tendría lugar aquella selección. Alicia sintió un sofoco que le coloreaba las mejillas mientras escuchaba atenta la noticia. Una de esas selecciones previas tendría lugar en su ciudad. No tuvo tiempo de tomar una decisión razonada, sopesando sus posibilidades; fue todo su cuerpo que se sintió concernido con aquel anuncio. Alicia, luego que volvió a tomar las riendas de su pensamiento, exclamó entre dientes: “me presentaré a ese casting”.
Faltaban quince días para el primer pase. Tenía que inscribirse de forma algo peculiar: enviando un casete con un minuto de una canción interpretada por ella. Antes de aparecer cantando, se tenía que presentar: nombre, edad y razones por las que se presentaba al concurso, teléfono para avisarla.
Su hermano Carlos tenía una grabadora que utilizaba para aprender idiomas. Le pidió que se la prestara por una tarde. El hermano le preguntó para qué la quería y ella le dijo que quería grabar una canción para enviarla a un concurso. El hermano a punto estuvo de romper en carcajadas; digo a punto, porque en ese momento estaba bebiendo y, del espasmo, toda la bebida en su boca salió proyectada con fuerza. Luego, medio ahogado, sólo acertó a pronunciar: “¿Tú cantar en un concurso? ¡Aggg, casi me ahogo…!
—¿Por querer reírte de mi, verdad? —preguntó Alicia.
—Perdona, hermana, pero es que es lo más gracioso que he escuchado en mucho tiempo.
—¿Por qué es gracioso?
—Vamos a ver. ¿Desde cuándo tú cantas? Nunca te oí cantar. Segundo, tú, que eres la timidez en persona me estás diciendo que quieres exponerte a hacer el ridículo en público, y lo dices hasta convencida.
—Todo lo que dices es verdad. Nunca me oíste cantar y soy tímida. Pero eso no significa que no cante bien, según creo, y que la timidez se puede vencer.
—Los viejos no se van a reír, se van a enfadar cuando se lo digas.
—Papis querrán lo mejor para mí.
— A eso me refería- Ellos dirán que no vas a tirar por la borda los estudios porque ahora te haya dado por eso.
—No me ha dado ahora por eso, es mi vocación; otra cosa es que no lo haya manifestado hasta ahora.
—Bueno, tú sabrás, conmigo no cuentes para ver cómo te das el tortazo. Coge la grabadora. En el estante hay cintas vírgenes, usa también una si quieres. Ah, y no me pidas que la escuche para darte mi opinión.
—Vale, no te la pediré, aunque si sigo adelante tendrás que opinar cómo canta tu hermanita.
—No hagas que me avergüence de ser tu hermano, eso es lo que te pido.
—Gracias, hombre, me has sido de una gran ayuda. No le digas nada a los papis por ahora; mejor esperar a ver si me llaman.
Alicia grabó la canción con la que aspiraba a ser convocada para el casting de selección. Dominaba bastante bien el ingles y seleccionó un fragmento de “Man, I feel Like a Woman, vesión de Shania Twain”. Dudaba cómo sonaría sin acompañamiento musical, pero era así como debía presentar esa minimaqueta. La canción no la eligió al azar. Era un canto de rebeldía que ella misma quería, de algún modo, protagonizar. Traducida, decía así: ESTA NOCHE SALDRÉ,/ ME SIENTO MUY BIEN, VOY A DEJARLO TODO PENDIENTE/QUIERO HACER RUIDO,ALZAR MI VOZ, /SI, QUIERO GRITAR Y CHILLAR./SIN CONDICIONES, SIN INHIBICIONES/ PASARME UN POCO DE LA RAYA/ NO SERE POLITICAMENTE CORRECTA/ SÓLO QUIERO PASARLO BIEN
LO MEJOR DE SER UNA MUJER ES EL QUERER UN POCO DE DIVERSION Y….
ESTRIBILLO:
OH OH OH, VOLVERME TOTALMENTE LOCA, OLVIDAR QUE SOY UNA DAMA
CAMISAS DE HOMBRES, MINIFALDAS/ OH OH OH, SER REALMENTE SALVAJE, SI, HACERLO CON ESTILO/ OH OH OH, ENTRAR EN ACCIÓN, SENTIR LA ATRACCIÓN
TEÑIR MI PELO, HACER LO QUE ME DE LA GANA/ OH OH OH, QUIERO SER LIBRE, PARA SENTIRME COMO ME SIENTO,/ HOMBRE! ME SIENTO UNA MUJER…
Sin embargo, Alicia tuvo sus dudas. La canción podía hacer pensar al jurado que la concursante tenía inclinaciones nada homologables y podían rechazarla por eso. Pero Alicia iba a tomar una decisión que en sí misma ya era rupturista y todo debería armonizar, así que le dio finalmente el visto bueno. La escuchó un par de veces, y aunque no se reconoció la voz como suele suceder de la propia voz grabada, la envió. A partir de ese momento, la suerte estaba echada; si era buena, cambiaría su vida; si era mala, seguiría cantando para ella misma, aunque se perdiera su voz.
Alicia comenzó a tener un presentimiento: quizá la cinta no llegara a tiempo para ser convocada. Si no la llamaban, podía refugiarse en esa mala suerte, y no en haberle sido denegada una audición personal después de escuchar la cinta. Con ese pensamiento, aceptó con paciente resignación cualquier cosa que pudiese suceder.
Sólo faltaban tres días para el casting y aún no había recibido respuesta. Ya lo daba todo por perdido. Dos días, uno, y definitivamente nada. El día del casting Alicia estaba deprimida, ya no le servía el autosubterfugio que se había inventado: su casete se habría perdido o quedado varado en alguna oficina de Correos. Su ilusión estaba rota y de ello no se recuperaría.
Qué diferente habría sido esa mañana… En lugar de estar en la universidad estaría en la cola del casting. Tomó sus cuadernos de apuntes y, como cada mañana, tomó el autobús, luego otro que la llevaría a las puertas de su facultad. En el camino trató de olvidarse. No lo consiguió.
La primera clase la tenía a las once. Llegó a las inmediaciones de la facultad sobre las diez treinta. Cuando se apeo del autobús se dirigió a un corrillo de amigas que conversaban. Alicia se sorprendió al ver que todas sus amigas al detectar su presencia se volvían hacia ella y casi corrían a su encuentro.
—!Alcia, te esperan…! —corearon las amigas.
—¿Qué, quién me espera?
Una de ellas le señaló un imponente coche.
—Alli, son los del casting “Que no se pierda tu voz”. Vienen a buscarte.
Alicia sintió que le flaqueaban las piernas. Miró hacía donde le señalaban y, en efecto, una coche inmenso con una pegatina logo del concurso y un chofer uniformado, apoyado sobre la puerta, miraba indolente a los estudiantes que pasaban delante.
Alicia se quedó parada o no podía moverse. Sus amigas casi la llevan en volandas hasta las proximidades del vehículo.
—Esta es Alicia —dijo una de las amigas cuando llegó a la altura del conductor.
El conductor la miró y preguntó:
—¿Tú has pedido presentarte a un casting?
—Sí—balbuceó Alicia mientras apuntaba al logo del concurso.
— Pues fui a tu casa y me dijeron que habías salido para la universidad, así que por eso estoy aquí. Me han ordenado que te lleve.
—¿Quién le dijo eso en mi casa?
—Creo que fue tu madre, por la edad. Cuando supo de qué se trataba, se emocionó como es natural.
—¿Dice que se emocionó? Pero si mi madre no sabe nada…
—Pues se emocionó, y mucho. Más cuando le dije que el jurado del casting me había dado órdenes de encontrarte como fuese. Tu casete había llegado unas horas antes, y nada más escucharlo todos dijeron: “Esta voz no se puede perder”. Así se lo conté a tu madre y ella me dijo dónde encontrarte.
Alicia no salía de su asombro. Nunca pensó que su madre se emocionaría con algo así. Probablemente tampoco su padre dejaría de hacerlo. Su hermano le importaba menos, aunque ya era un buen principio para que se sintiera orgulloso.
Las compañeras escuchaban en silencio y de pronto rompieron en aplausos, abrazos, besos. Alicia se dejaba querer y festejar.
—Bueno, tenemos prisa, sube al coche y pongamos rumbo a la fama.
—Yo no quiero ser famosa, yo quiero que mi voz no se pierda—dijo Alicia.
Las compañeras gritaron… “Bieeeen”
El conductor le abrió la puerta sonriente. Alicia entró en un túnel que la llevaría en poco tiempo a ser una voz admirada en el mundo entero. Al decir de los expertos, una voz imperecedera.

José, 2008

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