En estas estoy, mirándome el ombligo

Si en algún caso mereciera la pena mirarme el ombligo, no sería por tener una lectora en Japón, o en Uganda, Ucrania, Uzbekistan o China, por señalar algunos lugares exóticos que no hablan mi lengua; el resto es, aún, menos meritorio, por lo que ni siquiera me desnudo para mirármelo.


Ser un magnífico escritor, un gran músico, un excelente pintor no fue la gracia con la que me adornó el destino.

Tampoco sería motivo considerarme un buen constructor de casas, que lo fuí tiempo ha.

Ni por ser guapo, un buen amante, inteligente.

Es en esta manifestación, la de albañil de ocasión que sólo tiene que colocar una losa de barro a continuación de otra, usar el nivel, sufrir que mi hija siempre encuentra algún defecto, en la que me miro el ombligo y me digo: «José, siéntete orgulloso, esto que haces es un poema excelso, una novela excelente, una sinfonía maravillosa, una obra maestra se mire como se mire». Lo siento, mi querida Paca, pero tengo motivos para mirarme el ombligo. Sólo por esto.

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