Era un techo para vivir

I

La casa tenía una fachada de piedra de sillería, todo un lujo. La puerta con dos cuarterones que permitía tenerla cerrada de medio cuerpo para abajo y abierta de medio para arriba. El cuarterón superior sólo se cerraba por la noche y en tiempo inclemente, daba luz al interior. El suelo de tierra prensada endurecida con boñiga de vaca; no olía. El interior tenía varias dependencias que se distribuían en dos dormitorios, una cocina y un estar comedor. Los muebles, algunos heredados, tenían cierto empaque, se podía ver que pertenecieron a los abuelos, bisabuelos acomodados. Los colchones de borra eran cómodos si se mullían a diario. la cocina disponía de un fogón de carbón y en algún lugar había una ventana pequeña casi obstruida por una fresquera, una caja de madera con una rejilla, preludio de los frigoríficos modernos, conservaba los alimentos algo refrigerados hasta que olían. No faltaba en algún lugar un fuego con chimenea; en el invierno calentaba algo la casa. A pesar de los muros sobredimensionados, la casa en Invierno, con temperaturas rondando los cero grados, era fría. Por las noches, sólo tres mantas sobre la cama te proporcionaban que el cuerpo se calentara a sí mismo. Todas las casas contaban con sobrao, una especie de altillo donde se guardaban algunos productos del campo para tiempo de escasez. No existía ducha, tampoco water, se lavaba uno con una palangana y se evacuaba las heces y la orina en el corral, las gallinas lo dejaban limpio. Una cabra, un cerdo, un gato semi salvaje también ocupaban la casa, eran imprescindibles. Las paredes se adornaban con fotos de calendario a las que se le había puesto un cristal y enmarcados con cinta adhesiva. No faltaba una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro en el estar comedor y un crucifico en el dormitorio de los padres. Las ventanas se adornaban con visillos y alguna entrada a las dependencias con cortinas. En el corral había un pozo, de él se sacaba agua para el gasto de limpieza y abrevar a los animales; para beber y cocinar se iba a la fuente del pueblo con un cántaro de barro. Un pequeño sótano guardaba el vino cosechado de la viña, duraba poco, sólo era un par de garrafas y una pipa de 50 litros.

Esa, a grandes rasgos, fue la casa de mi niñez. En los pueblos de Castilla sólo el veterinario, el médico, algún vecino acomodado que era, a la vez, el alcalde, disponían de algún lujo; pero pocas casas podían presumir de tener la fachada de piedra de sillería, como la nuestra.

Seguirá…


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