Escribí hace 20 años

Manolo, Maestro. Mira que es grande este mundo de Internet, y de tarde en tarde coincidimos, no porque nuestros destinos sean paralelos, sino porque tú y yo tenemos un destino común. Y no hace falta que nos unamos en civil matrimonio. Somos maestro y alumno. De ti aprendo, sobre todo, sosiego, elegancia, sencillez. Y no aprendo de tu literatura porque eres inimitable, y para ser una mala copia, prefiero desbarrar en mi propia charca.

Tú has transcendido  tu profesión. Profesor es otra cosa. Cuando leo tus escritos (yo las llamo estampas de la España profunda) siempre me digo: he aquí el maestro, que enseña sin imponer, con absoluta humildad, y que lo hace así con cualquier cosa referida al humano comportamiento. Seré tu alumno poco aventajado, Don Manuel, pero te admiro sinceramente.

Un fuerte abrazo

José

Vieja sabia y, además, con dos ovarios a pleno rendimiento.

De tu texto.

«¿Y esa, de quién es?» la inquiero. Niega con su cabecita de peinado gris y desordenado que ofrece más encanto que el más hermoso de los arreglos jóvenes. «De nadie» dice, «Es fácil hacer poesía» concluye, y remata: «Es tan breve». Nos sumergimos en una disquisición larga, larga sobre el tema. Sostiene que cualquiera puede hacer poesía o prosa por igual, pero la poesía es breve y tiene relaciones tan sencillas y abstractas como el lenguaje cotidiano, mientras que la prosa, en cualquier género debe tener una estructura, una argumentación. Necesita un exordio motivante, un desarrollo de ideas o personajes si es un relato o novela y debe conducir el pensamiento del lector según el deseo del escritor. «Todo eso» asegura, desincentiva hasta a los más audaces. Sólo unos pocos son tan locos».

Yo lo dejaría ahí. Aunque el artículo es extenso y el interlocutor expone su propio parecer sobre el asunto, lo cierto es que el debate tiene ese enunciado que pego aquí, y no otro. Cualquier circunloquio que intente contradecir a la vieja está abocado a la simpleza.

Bien, Kepa, te seguiré leyendo.

Pero mira, Jens, perdido amigo, que los poetas de ahora, ¿dónde están?, como clamaba Alberti. Apenas si se comprometen con el dolor , la humana injusticia, no en abstracto, sino puntual (ad hoc, que dicen los cursis). ¿Quién puede sentir el latigazo a su abulia, nihilismo somnoliento, leyendo (o tratando de leer) muchas de las columnas borrachas de sentimientos propios con raíz en los genitales o en la desesperanza que conlleva el amor incomprendido, abandonado a la huida? ¿Quién despierta de su letargo ante la poesía de ahora que gana en dificultad a una sopa de letras (el juego)? Haces bien en defender la excelsitud de la poesía apoyándote en los poetas clásicos. La vieja debía referirse a los de ahora, porque los de antes en unos poco versos —no apilados como ahora— desarrollaban un drama, una historia completa, un alegato insuperable. Lo siento, Jens, pero a mí, que soy un sensiblero, por viejo y por sensible, ninguno de los poemas que violan la más elemental sintaxis me impresiona. Si por lo menos tuviesen música de fondo…

Para llamarme poeta

Tendré que pasar hambre

De libertad

La libertad del grito

La libertad del dolor aceptado.

Mis versos para ti, niña

Violada por un oso panda

Y no por un sátiro.

Mis versos para ti, mujer

Que limpias los urinarios públicos

Sin otra alternativa,

Ni siquiera ser puta.

Mis versos para ti

Joven de sexo alternativo

Fijado en tu silencio.

Mis versos para ti

Mujer, hombre

Que os miráis con recelo

Buscando malas intenciones.

Mis versos para el mundo

Cada vez más infra-mundo.

Mis versos para ti,

Dios de los creyentes

Para que te escondas de vergüenza.

Mis versos para ti, Naturaleza

Que aún nos regalas flores.

Mis versos para ti

Pájaro que no vuelas

Porque tienes un ala rota.

Par ti, perro abandonado.

Para ti, mujer estéril.

Para todos lo que tienen

Hambre y sed de justicia.

No sé si tendré tiempo

De escribir tantos versos

Como necesitaría

Para llamarme poeta.

No he entendido bien, Juan, lo que has querido decir; no por mal expresado, sino porque rara es la ocasión en la que alguien acierta conmigo. Lo más cercano que he escuchado por estas ondas es que soy un cabrón enmascarado. Pero no lo asumo por completo. Durante siete años estuve encinta de un personaje que sí respondía a ese estereotipo. Quizá tanto tiempo termina marcando y al autor se le escapan de vez en cuando los resabios del posparto. Lo que sí debo ser de nacimiento es un escéptico. Un escéptico de calidad es un bicho que no cree ni en sí mismo. Lo que yo diga por aquí no me representa, porque, os aseguro, no creo en ello ni miajita. Ya no espero a que otros compis juzguen esta columna de aquí abajo, y os avanzo que sea  lo que os parezca, será de vuestra única responsabilidad. Porque cuando la escribía, con una mano tecleaba y con otra me estaba tomando un helado de chocolate que me estaba sabiendo a gloria. Así las cosas, ya me diréis.

Hombre, Juan, tampoco mantuve larga la expectativa engañosa de que mi cosa hubiese caído bien. De no ser por la censura previa, mi aclaración hubiese sido inmediata. Sí, será porque me voy desencabronando, que ya no soporto el peso de la conciencia.

Algunas veces somos cínicos para ocultar nuestras debilidades, y yo soy un ser débil que se embosca detrás de las palabras.

Tienes razón. Pero aún no creo haber llegado a ese escepticismo perfecto, pues creo en la familia, en los amigos…. O más que creer los siento de forma especial, cuando las demás cosas me resbalan. Quizá por eso mi escepticismo es imperfecto, lo suficiente para mantenerme en vida con ciertas ganas de vivir. Si no creo en el destino eterno ni en la reencarnación y tengo cerca de 70 años, que alguien me susurre al oído de qué otros valores tangibles me debo colgar. Y no digo estos son mis valores, si no os gustan tengo otros, parafraseando al cómico. Procuro que no hieran a los demás, pero al ser tan pocos, a veces no lo consigo. Por eso me echan o no aguanto mucho tiempo en ningún lugar. No presumo; también, contradiciendo mi escepticismo, creo que es mi desgracia.

No sé si te habré convencido. Pensarás que me estoy tomando un café a pequeños sorbos a estas tempranas horas de la mañana, 4.30 AM, mientras esto escribo. Si siembro escepticismo, no tengo derecho a pedir ser creíble, pero en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, me gustaría serlo, Juan.

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