Sigo en el pasado (2000)

En el foro destacaban algunos o, al menos, eso me parecía a mí. Valía la pena la discusión que aplicábamos a nuestras respectivas creaciones literarias, aunque, a nuestro nivel, resultaran infantiles para los verdaderos escritores ya consagrados por sus obras publicadas.

Bueno, Kepa

Tu invitación a visitar tu antro ha sido irresistible. Me topo con ese capricho tuyo de poner blanco sobre negro tus cosas. Recordé, entonces, que ya había estao por aquí, con ocasión de tratar uno de tus  psicodramas. No me fui a otro, sino a tus relatos, presuponiendo que eran cortos. Y abrí «La amante del narrador», pensando que era autobiográfica y me podía acercar más a ti. Pues no. La amante del narrador es un espantoso «remake» de la Biblia, en su versión más apócrifa. Chico, tienes talento y lo malgastas de forma despiadada para ti mismo. Para el lector no creo, pues dudo que pueda llegar a la mitad sin hacerse la picha un lio con tu argumento. Y a luego, esa forma tuya de utilizar las comas. Supongo que hay que partir por algún sitio esas frases kilométricas, pero tal que así, te cambian el ritmo de la respiración y entras en apnea, de la que sales a base de diafragma compulsivo.  No, mi querido amigo. Aunque te importe un carajo mi opinión, te la voy a dar. Ser original tiene un riesgo: ser incomprendido. Hay mucha gente original por ahí, pero si han hecho de su originalidad éxito, habrá sido por ese azar caprichoso que favorece a los que nacen con una flor en el culo. Tiéntate la ropa, porque puedes estar perdiendo un tiempo precioso para ser un escritor de provecho. No sé si seguiré mucho tiempo tu carrera, porque soy bastante inquieto (alguien me llamó, felizmente, cretino del éxodo), pero te  prometo que me la envainaré si un día veo tu nombre en la Wikipedia.

Hola, Daniel, creo que nos conocemos de antiguo. Saludos cordiales.

Pues mira tú, tu cuento, de varias lecturas, es, ciertamente, bobo de solemnidad, pero por lo menos es un cuento; es decir, es un cuento porque en él se dan los ingredientes necesarios para considerarlo así: cuenta una historia, real o ficticia, y no importa, como en este caso, que la historia sea boba —todos los cuentos famosos son historias bobas—, porque tú mismo ya te anticipas a llamarlo cuento; otra cosa sería que nos lo intentaras vender como una crónica, por ejemplo.

Y no sé qué hacer, si condenarlo al clic o indultarlo. Conste que si lo condeno, finalmente, al clic, lo será por falta de espacio. Esperaré al límite y te mandaré una carta de consuelo.

En algún diccionario ideo constructivo o de frases de las llamadas felices, tres o cuatro autores coincidían en suponer que la lectura nos permite conocer los  mejores pensamientos del autor, y los autores que esto decían, que no recuerdo sus nombres, eran de los llamados indiscutibles. A mi juicio se equivocaban, o su candor era notable. Según yo creo, al escritor no se le pasa por la cabeza, mientras escribe, dejar en el papel el testimonio de lo que piensa; lo que hace es pensar luego en lo que escribe. De esta forma, el escritor es el primer lector de lo por él escrito. Sólo así se entiende que para un escritor equis, lo que escribe está bien escrito, y lo que dice va a misa. Es la prepotencia del escritor frente al papel (ahora la computadora), que pocas veces tiene presente al lector al que van a caer sus escritos. La frase de aquí abajo, “Los intereses del escritor y los de sus lectores nunca coinciden, y cuando lo hacen no es sino un afortunado accidente”, podría suscribirla, pero no. Y digo que no, porque escribir y leer no es una confluencia de intereses. Sería confluencia de intereses (luego se vería si afortunada o no) si el escritor escribiera bajo demanda acordada. Pero por lo que digo antes, el escritor sólo confluye consigo mismo en una primera instancia. Es como el equipo que diseña lavadoras en una firma de lavadoras: concluyen que el producto es bueno y que se venderá solo. Los artistas, en general, hacen lo mismo: se gustan a sí mismos y creen —o les importa un carajo— que deberán gustar a los demás que tengan la suerte de participar de su arte. En definitiva, lo que sucede es lo que dijo Ionesco,  sin creérselo del todo, supongo:  «Sólo valen las palabras, el resto es charlatanería»

Ah, y a través de los libros no se puede entender nada, y menos el Universo,  como dice el autor; menos mal que deja aparte el amor, para que los poetas sigan divagando.

Vale, pasemos a otra cosa.

He seguido husmeando en tu página. Antes de Abrir otra cosa, me lo pienso. Me voy a «Artículos de opinión», por eso de que cuando opinamos solemos valernos de la coherencia para expresarnos. Luego la cagamos, pero eso es otro cantar.

Bueno, pues, ¡Sorpresa!. Esto ya es otra cosa. Me he fijado más en la forma que en el fondo, pero la forma es casi académica —ojo, digo casi porque no sé exactamente qué coños es académica—, y el fondo me ha parecido vislumbrar que es hasta coherente. ¿Entonces? Me pregunto qué intentas con esas otras cosas infumables. Ya, también se puede ser figurativo, abstracto en literatura, pero ese es terreno de los poetas, no de los prosistas, de ahí mi perplejidad.

En cualquier caso, me alegro haber confirmado que, cuando estás sobrio, escribes muy bien. Gracias, no he perdido el tiempo.

P.S. Anselmo fue mi primer intento de escribir, hace unos veinte años. Algún día, si me lo permites, te contaré la historia de ese engendro.

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