Fanny

FANNY

Fanny, eres un personaje de ficción. Sí, lo eres, no me discutas. Fue un  loco escritor, en su mente, quien te creó. Perverso,  jugó contigo a putearte. Fuiste una puta sin darte opción, eso dice en el prólogo.. Y no fue eso lo peor. Tu creador también  quiso que fueses huérfana de una forma peculiar. Tu madre os abandonó, pero no se fue al Cielo; se fue a un burdel.. Tu padre, severo, volcó su odio en ti, porque le recordabas a su esposa. Y el autor, dueño de tu vida, hizo que te enamoraras, y pensaras que así ibas a salir del infierno, pero más y más en él te metió. Tu joven amante no te quería, sólo violar tus quince años. Pensaste en casarte con él  y, para engañarle, le dijiste que estabas preñada. Él era de buena familia y tú, de mala. Y te quiso eliminar de la peor manera posible. Cinco amigos te violaron después de emborracharte. Sobreviviste. “¿De quién es el hijo? ¡Mala puta, contesta, si con cinco te acostaste!.”  Y te abriste el pecho. Entre tus pechos te clavaste un cuchillo de cocina. ¿Fue un milagro que salvaste? No,  fue el autor sanguinario que te dio la oportunidad,  quería envilecerte mucho más. Y te volvió a enamorar de un joven petimetre, todo dulzura y bondad, que te correspondió a su manera. Parecías redimida de tanta crueldad  como te estaba infligiendo la vida. Pero el autor, maldito sea,  no estaba por la labor. Mejor seguirte jodiendo y acabar con tu  esperanza. Querías con él hacer el amor y delante de él te mostraste desnuda de cuerpo y alma.  Estabas tan escuálida, la herida aún no cicatrizada y la huella de tus violadores aún en tu piel marcada, que el joven sintió la náusea, y te dejó allí tirada. Y para olvidarte se fue de putas. Tú, en las sombras, le seguiste y,  ¡maldito autor!, le viste follando con una vieja gorda, y tú lloraste  como lloran los niños que se pierden en la noche.

Yo ya no podía más y cerré el libro, leí el nombre del autor, maldije su mala sombra, luego puse un registro en la página 123, y eran 580. Mañana seguiré leyendo, me dije, la obra parece interesante.

Ay, Fanny, pequeña ninfa. Si por lo menos tu autor fuese Safo, o hubieses bebido de sus humores vaginales, tu incursión a Lesbos hubiese estado preñada de poesía. Pero tu autor no lo quiso y te hizo probar lo exquisito partiendo de tu único instinto: allí donde está el placer, que se dirija mi deseo.

“ Qué puedo hacer, si me gustan ambos”. No, mi nínfula ardiente, si algo no está permitido es el placer por el placer. ¿No ves que en tu indiscriminado camino sólo hay sombras? Mientras Marta te hacía ver el cielo, sólo tu dios en la tierra te cohabitaba. Eres hetero, aunque pruebes de otras mieles. Y yo, que te contemplo mientras navegas entre dos aguas, que casi te amo, sólo temo tu naufragio.

Anda, pequeña, que aunque los hombres no sean tan tiernos, tan suaves, tan considerados para con tu hambre, algo te dan que nunca te dará Marta: penetrar en tu interior para buscar tu alma; ella no podrá besarte en las entrañas, y tampoco llover sobre tu fértil tierra. 

Fanny Fanny. Me asustas, chiquilla. Y no tanto por tu mala lujuria, como esos ojos de hielo que te ha puesto tu autor. Dice que paralizan, que cortan la respiración, que no te permiten ver más allá del calidoscopio de ese iris infernal que atrapa. Y me veo en ese espacio infinito sin dioses ni ángeles, flotando, girando como un pelele que se hunde sin remedio, sin asidero posible. Tienes ya diecisiete años y ya te comieron todo, te babearon todo, te penetraron todo. Tienes diecisiete años y ya Lucifer ha perdido toda esperanza de hacerte su ángel caído con sexo. Tienes diecisiete años y ya Dios ha perdido la esperanza de hacerte su concubina. Ya sólo te quedan esos ojos que vengan una vida, porque ni Dios ni Lucifer ni el amor de los hombres pudo con tu cuerpo, hecho a semejanza, conducido al pecado, estremecido de placer. Fanny, querida Fanny, esos ojos que yo sólo puedo contemplar cuando cierro los míos, quisiera que fueran mi tumba, pero me temo que no encontraré en ellos descanso.

Cómo somos los hombres de incoherentes, Fanny. Ayer, o anteayer, dije que casi te amaba. Si te amaron cientos de hombres, ¿cómo iba yo a ser uno menos? No nos importa amar a quien es amada, sean multitudes. Y creo que más amamos cuanto más la mujer es diosa del amor, con sus legiones de fervorosos amantes anónimos. Nuestra incoherencia radica en no soportar que alguien más exista en el amor de una mujer que dice nos ama. Nuestro celo nos abrasa y somos capaces de abrasar con ácido la cara de la mujer que consideramos de nuestra exclusiva pertenencia; ambos abrasados, el hombre por dentro y la mujer por fuera. Tú, Fanny, la muy amada, la muy deseada, fuiste en el transcurso de tu historia la mujer que nunca confesó haber amado a nadie. Eras puro hielo, lo recuerdo, y eso me gustaba aunque me aterrara. Han tenido que pasar 400 páginas de tu historia para que me haya sentido abrasado por tus palabras. Porque, en esas palabras, Fanny, confiesas hasta el desespero, haber amado a un solo hombre en tu vida de joven maltratada por la vida, de ramera como insulto a tu creador por la vida que te dio. Y todo mi amor por ti se convirtió de repente en odio. Porque yo, Fanny, llegué a pensar que me amabas. Era pura ilusión de este viejo dado a la fábula, pero que hice de ello el dulce motivo para querer vivir. No tuve en cuenta, ¡maldita sea!, que no era yo quien te había creado, aunque, quién sabe si de haberlo hecho, tú, Fanny, no habrías pasado por lo mismo, hecho lo mismo, sentido lo mismo, haber amado a otro hombre que no era yo.

Cuando las cosas pueden ir mal, lo más probable es que terminen mal. Esto dijo un tal Murphy. Fanny llevó mal sus cosas, y no éstas las que llevaron mal a Fanny. Fanny destruyó todo lo bueno que se encontró en la vida por el sólo hecho de creer que no lo merecía. Pero nadie es diferente. Todos nacemos igual, sufrimos de la nausea a lo largo de nuestra vida y terminamos en pavesas o en el estómago de miles de gusanos, eso es algo más que una ley de Murphy, es una ley universal. Luego vendrán otros, y reinventarán a Dios para explicarse algunos fenómenos.

Ni te odio ni te amo, Fanny. Ni por puta de la peor especie ni por tu belleza coronada de esos ojos fríos como el hielo glaciar. Ni tengo lástima de ti. Aunque todavía permanecieras en estado cataléptico, después de doscientos años transcurridos, no iría a ti a llevarte flores o a escupirte. Simplemente, pequeña, te equivocaste. Y todos no podemos equivocar alguna vez, cien veces. Pero cuando alguien como tú se equivoca siempre, la ley que menciono arriba ya no vale, porque de probable se pasa, inexorablemente, a cierto. En pocas y expresivas palabras, la jodiste, Fanny. Hasta yo fui mal llevado por ti.

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