Filosofo, luego soy más tonto de lo que pensaba

Tomo prestado este párrafo: «La palabra filosofar se refiere a lafacultad de pensamiento a través del cual la persona se permite contemplar, interpretar, analizar e incluso reflexionar sobre un tema en particular con el fin de entender la realidad».

O sea, que si yo filosofo, no necesito una formación que me dé instrumentos para entender esa realidad, ya he nacido con ellos, y con ellos emito una opinión sobre cualquier cosa, sin que cambie la cosa en sí. Todos poseemos la facultad de filosofar, pero cuando uno intenta transmitir lo que piensa sobre un asunto concreto, entonces cometes una estupidez. Y yo he cometido y sigo cometiendo la estupidez de escribir lo que pienso; mayor estupidez, si cabe, que decirlo de viva voz. 2020

Aquí una muestra.

A veces pienso que nunca he existido. Desde los albores de la humanidad hasta mi gestación, y corrieron millones de años, de mi existencia sólo había bocetos que habrían de contar con el azar para concretarse en un proyecto. Ese azar quiso que dos gametos se encontraran y procedieran a crear un cuerpo humano. Durante nueve meses, ese cuerpo se fue perfilando, con arreglo a códigos aún desconocidos, sin conciencia de existir. Luego nació lo que todos llaman un niño. Durante algunos años de la vida de ese niño, ese ser no tuvo conciencia de existir que almacenara en su memoria, ya que se limitó a seguir el proyecto marcado siguiendo, una vez más, códigos desconocidos, tan desconocidos, que nadie podía visualizar de antemano el resultado final de ese proyecto. Los siguientes años, aunque en otros aspectos, ese cuerpo siguió acentuando sus perfiles. Pero, aunque mi memoria me sitúa en un espacio concreto, con unas vivencias concretas, mi conciencia de existir se limita a lo que mi memoria suministra a mi pensamiento. La memoria no es fiable, por cuanto no es exhaustiva; aparentemente sólo me presenta limitados hechos difusos, que nada me asegura correspondieran a una realidad de mí como ser vivo. A esa memoria difusa, le sigue otra más concreta que, cuando la utilizo, parece darme información de un ser en plenitud de existencia. Pero si en este instante dudo de mi existir, razón de más para dudar de esa existencia a la que me retrotrae mi pensamiento con ayuda de la memoria. Ya, en este presente, la situación en relación con la conciencia de existir, no me permite estar seguro de que existo. Para que eso fuese posible, mi pensamiento, en relación con mi pasado, debería no ser dubitativo, con intermitencias,  y sí exhaustivo en la de suministrarme información total de mi pasado. ¿Cómo puedo tener conciencia de que existo si mi memoria está plagada de lagunas parecidas al vacío más absoluto? Pongo como ejemplo unos trazos como estos: – – – – – –  – – -. Alguien, con limitada imaginación, dirá que son guiones en secuencia intermitente; otros verán que esa secuencia intermitente señala un trayecto rectilíneo; otros irán más allá y dirán que les sugiere  un trayecto concreto con comienzo y final. En definitiva, nuestro pensamiento se elabora no de forma universal, y quizá por eso lo de que el pensamiento no es verdad ni mentira. Pongamos, ahora, que mi memoria es eso: unos flashes intermitentes, como esos guiones. Con ellos yo podría, igualmente, razonar que definen una existencia concreta, como una visión imaginaria. Pero cuando ambas cosas son posibles, tener que mi existencia depende de una  de esas posibilidades, me lleva inexorablemente a dudar.Escribo esto cuando no se me ocurre otra cosa alternativa, otra prueba de que puedo no estar en este mundo.(JDD 2003)

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