La fe

Ayer fui invitado a celebrar un cumpleaños. La celebración consistía en sentarse en torno a una mesa bien dispuesta. Por los asientos y los platos ya a la vista, seríamos siete comensales. El protagonista del acontecimiento y su esposa, una pareja amiga de los anfitriones, mi hija, su compañero y yo, igualmente amigos. Siete personas que pronto formaron grupos de discusión: las mujeres por un lado, los hombres por otro. De ellas no pude saber de que hablaban. Me temía que de nosotros, los hombres, pronto surgiría un tema previsible: una pareja era del OPUS DEI, otra Evangelista, mi hija y su compañero sin adscripción religiosa militante; nominativamente católicos.

Yo me mantenía al margen de significarme de alguna forma. Escuchaba a los otros tres hombres. La discusión era confusa. Cada uno opinaba sobre un tema y los demás lo solapaban con el suyo. Se profundizaba y se deslizaba sobre la superficie sobre asuntos que no llegaban al consenso. Cuando se trataba de dar explicación a inquietudes humanas de cierta transcendencia, cada uno manifestaba su forma de entenderlo y, conscientemente, transmitirlo a los demás, que lo aceptaban o lo explicaban a su manera. Y yo callaba, aunque se me iba calentando la boca.

Al buen rato de aquella vorágine de palabras, se me ocurrió decir algo intentando encontrar un punto común de acuerdo. Pedí la palabra y se callaron. Pregunté: ¿»Todos creéis en el imparable progreso de la ciencia»? Sin demasiado entusiasmo, todos dijeron que sí. «Bien —dije yo— entonces, ¿no creéis que sería de esperar que la ciencia nos vaya dando respuesta a todas las inquietudes del hombre? Sólo necesitamos darle tiempo». Lo contertulios callaron por un momento. Uno de ellos, más comprometido con sus creencias religiosas, habló para decir: «Hay muchas cosas que la ciencia no podrá explicar, porque sólo la fe dará sosiego a la inquietud del hombre». La frase parecía redonda, incuestionable. Pregunté, entonces: ¿»Qué es la fe»? Ya todos nos habíamos levantado de la mesa y nos disponíamos a ir a nuestras casas. Besos por aquí, besos por allá para despedirnos. Si el interpelado contestó, yo no lo escuché. Me hubiese gustado conocer su opinión. Yo tenía la mía, que no manifesté. De regreso a casa, se me ocurrió un ejemplo de fe: un hombre intenta llegar a un destino preestablecido por su pensamiento. Toma un camino virtual y se pone a andar. No hay obstáculos y cree que llegará a donde piensa llegar. Pero el camino llega a una encrucijada en la que se bifurca en otros dos con direcciones divergentes. El hombre se para. No tenía información previa sobre cuál de los dos debía coger. Al final decide por uno de ellos. La razón no tiene respuestas, debe tomar la fe como conductor, seguro de no equivocarse. Ya no hay marcha atrás para elegir el otro. El camino elegido es el que su vida a dispuesto para él como verdadero.

Nadie estaba allí para observar si acertó o se equivocó. La fe sólo le sirvió para seguir andando sin la inquietud que le presentó la encrucijada. Claro, que si hubiese utilizado la razón para elegir el camino, tampoco le habría dado certeza de haber elegido el verdadero. Quizá acertó con el que eligió, pero sólo él lo pudo saber cuando llegó al final del camino.

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