La memoria y el olvido

Escucho un video de un tal Facundo Manes, neurocientífico argentino, y argentino tenía que ser. Es interesante. Hasta ahora creía que la memoria era algo positivo y el olvido algo negativo. Pues no, debo asumir que tan buena es la memoria como el olvido, porque si no olvidáramos, nuestras neuronas estarían saturadas y no podríamos aprender más (sic). Y todo es cosa de lo que él llama la síntesis proteica, que es algo así como los circuitos de un ordenador que en su ir y venir se atropellan y se cortocircuitan. Cuando el nivel de cortocircuitos es ya incontrolado, el olvido se impone a la memoria; es el alzheimer. Física y química, para entendernos. El alma, seguramente, se ocupa de otras cosas.

Pero yo no sé si estoy en fase de aprender más, ya casi todo me parece obvio. Mi grado de olvido es preocupante porque ya no recuerdo dónde dejé aparcado el coche en el parking. En ocasiones estrujo mi cerebro tratando de recordar el número de mi teléfono móvil. Cuando escribo, una palabra me baila en la cabeza sin acomodarse a lo que estoy escribiendo, y así.

Dice Facundo que hay muchas memorias, y yo, para no sentirme discapacitado mental, me aferro a una que parece estar siempre pisando al olvido: puedo hacer pasar por mi mente el video de mi juventud en alta definición, con detalles que me asombran si, en comparación, no recuerdo qué hice ayer, qué escribí ayer, aparte de cocinar una tortilla para mi familia. De esto no habla Facundo.

La introducción del video de Facundo dice en boca de Borges: «La vida no es la que vivimos, sino cómo la recordamos para contarla» . Y yo digo, si es así, yo sólo tengo una vida: la de mis primeros años, porque la de ahora no debe ser vida.

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