La mujer que no envejeció

I

Josefina, Fina en lo sucesivo, que tampoco es para exagerar, era una mujer solitaria; pocas relaciones, las imprescindibles.

Fina cumplió cuarenta años y se propuso no cumplir ni uno más. «¿Para qué están los cosméticos, los masajes, incluso las operaciones de cirugía?», se dijo. Fina vivía casi exclusivamente para detener los estragos de la edad. Cuarenta años era una edad ideal. Fina se encontraba en la plenitud, y como era huraña y no apetecía de la relación con los hombres y menos con las mujeres, pues todo consistía en verse ella misma en esa edad detenida y contemplarse satisfecha. Nadie, pues, podía recordarle: «Fina, que ya cumpliste cuarenta el año pasado», o peor aún: «Fina, hace dos, tres… años nos dijiste que tenías cuarenta», con lo que Fina, a pesar de tener la misma apariencia que cuando cumplió verdaderamente cuarenta años, tendría que admitir que envejecía y que se mantenía artificialmente, ya que es el único milagro en el que nadie cree.

Habían transcurrido cinco años y ya nada evitaba que los signos de envejecimiento fuesen tímidamente apareciendo. Fina estaba preocupada. ¿Qué podía hacer para seguir sintiéndose relativamente joven? Los pocos que la conocían, especialmente compañeros y compañeras de trabajo, se hacía cábalas sobre su edad que, por supuesto, ella celosamente guardaba para su intimidad. Pero esas especulaciones empezaban a mortificarla, pues ella estaba segura que a partir de los cuarenta y cinco, nadie pensaría que tendría cuarenta.

Oyó, por casualidad, que por Internet se hacían amistades y que muchas personas hasta tenían amores virtuales que vivían con intensidad. Fina, curiosa ante esa posibilidad y esperanzada de que por aquel medio fuese siempre considerada joven, se entregó con entusiasmo a la práctica de hacer amistades que no la vieran y que no vieran, sobre todo, que la edad real y aparente coincidían. Pero también hizo algo: quitó todos los espejos que tenía en casa, y que ni por accidente se viera reflejada en otros de cualquier lugar, ya que nada más ver algún objeto reflectante miraba para otro lado.

Fina, mientras hacía amistades por Internet, cumplió cincuenta y tantos años, que ya la precisión no importa. Todo parecía funcionar sin necesidad de las traumáticas operaciones y cuidados a las que se vio obligada para parecer que el tiempo no la dañaba  de forma irremisible. Se aficionó a la poesía, ya que no tenía cualidades para escribir cosas serias y de mayor exigencia, y no debía hacerlo nada mal, pues sus poemas encendían pasiones, amores juveniles, la convicción de que era un ideal de mujer, y a la que se le declaraban gentes de toda condición, masculinas y femeninas del otro lado de la pantalla. Estaba encantada. Los largos ratos que se pasaba frente a la computadora eran para ella todo lo que deseaba para sentir no sólo que no envejecía, sino que hasta había momentos que se consideraba más joven de cuarenta años; nadie le reprochaba que sus poemas eran impropios de una mujer de su edad. Aquellos poemas también habían detenido el tiempo para sus lectores. Fina vivía una especie de sueño que ella creía realidad.

Todo se esfumó el día que un joven enamorado, igual de apasionado que ella en sus poemas, y por el que sentía recíproca atracción, le confesó que ya no podía resistir aquella ausencia física y que si no la veía, y pronto, se suicidaría. Fina, cuando leyó tal confesión, quedó abrumada de la responsabilidad que había contraído con aquel joven, que ella bien creyó se suicidaría, y a buen seguro, si rechazaba dejarse ver.

Fina fue al lugar donde había guardado los espejos, tomó uno en sus manos y, venciendo la indecisión primera, se miró. El espejo se le fue de sus manos y cayó al suelo, llevándose con él la imagen rota en mil pedazos.

Fina pensó que era el momento de dejar una impresión que no envejecería con los años. Y lo consiguió, al menos de su imagen virtual.

II

El joven enamorado, esperó la respuesta de su amada. Estaba seguro que ella accedería, y con el mismo entusiasmo e impaciencia, por verle. Releyó algunos versos, suyos y de ella, para memorizar algunas de las escenas que habían imaginado en sus respectivos poemas; no confiaba en la improvisación. En aquellos poemas estaba la mejor de las guías que un amante apasionado podía seguir para complacer a la mujer que había idealizado hasta lo sobrenatural.

El tiempo pasaba, y eso suponía un tormento creciente para el poeta. No sabía qué hacer. Suicidarse era una decisión prematura; quizá no había recibido el mensaje. Antes de hacer algo tan definitivo, tenía que saber de ella, de su propia declaración, cuál era su disposición al respecto. El silencio no era concluyente y se podía interpretar de muchas formas. Cierto era que jamás, desde que la conoció, ella había dejado de responder a sus mensajes de forma inmediata; hasta parecía que estaban frente a frente. No sólo en los «chats», sino en los correos, se sucedía la alternancia de envíos y respuestas sin levantarse del asiento. El joven, ante esta anómala circunstancia, después de pensar en una serie de motivos lógicos, decidió enviarle un nuevo mensaje, sin mucha esperanza de recibir respuesta si, como en el anterior, se daban alguno de los motivos en los que había pensado. No podía hacer otra cosa, de momento. Y escribió un mensaje escueto:

«Responde, mi amor»

Esperó todo el día, toda la noche; no se dio tiempo ni para comer; sólo, y cuando la urgencia apretaba, se levantó del asiento para ir al lavabo. 24 horas sin dejar de mirar a la pantalla, salvo en los casos mencionados.

Cuando ya no pudo más del dolor de espalda, los ojos irritados, la cabeza vacilante y un estómago que protestaba airadamente, decidió seguir esperando de otra forma menos impaciente. Cerró el ordenador, fue a la cocina, comió de lo que encontró y se fue al dormitorio. Se desnudó y se acostó en la cama. Aunque aún estaba preso de desazón, pronto se durmió.

Este autor no está en disposición de saber si soñó o no y, si soñó, qué pudo soñar, lo cierto es que el joven, cuando se despertó, no fue de inmediato, y como cabía esperar, a encender el ordenador y comprobar si, por fin, había o no respuesta. Lo que hizo fue ducharse con agua fría, desayunó, se vistió y salió de casa. Regresó a las cuatro de la madrugada. Al pasar por delante de la puerta de su estudio, miró al fondo. El ordenador estaba allí, inerte, como muerto, se podría decir de algo que había mostrado tanta vida, que se había suicidado. El joven cerró la puerta y se fue al dormitorio.

El autor decía que no era tan omnisciente como para conocer de los sueños de su personaje, pero, a juzgar por el comportamiento de éste, sí puede asegurar que debió ser por lo que soñó, que  aquel joven ya no se suicidó. Aventurando un hipótesis, quizá vio en sus sueños a la mujer. ¿No es, acaso, que es en el subconsciente  donde se forjan todos los sueños? ¿ Y no es también verdad que en el subconsciente no existe ni el tiempo ni el espacio que limitan las presencias? Quién sabe… Muchos de los cambios bruscos que experimentamos en nuestros pensamientos se deben al hecho de vivir dos vidas intercambiables: la del inconsciente y la del consciente. Así se explicaría que, a veces, soñemos despiertos y que la realidad siempre se imponga.

 

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