Matilde

Confieso mi fascinación por las hormigas, algún post anterior habla de ello. ¿Cómo podía dejar de glosar otro espectáculo que ayer tuve la fortuna de observar? ¿Cómo podría encontrar mejor personaje para llevar a esta página diaria? Los que me leéis podéis esperar de mí cualquier cosa, motivos he dado de mi camaleónica  disposición literaria.  ¿Es de extrañar, pues, lo que a continuación relato? ¿Alguien me va a tachar de visionario? Juro que no es una fábula, que es lo que he observado y descrito , que lo único que he imaginado es el nombre que le he dado a mi protagonista: Matilde.

Corría alocada haciendo zigzag. Estaba acostumbrado a ver las hormigas caminar pausadas, en un orden práctico de eficacia y menor gasto energético, salvo cuando se las hostiga. Este hecho ya es en sí una curiosidad, si no quiere definirse como proeza. Matilde era una hormiga algo más grande que otras que salían y entraban de un hormiguero algo alejado de la escena. Llamó mi atención su comportamiento. ¿Por qué aquella actividad frenética, cambiando constantemente de dirección? Decidí seguir sus movimientos para ver de encontrar una explicación. Al fin la encontré. A una cuarta, más o menos, una diminuta araña, más pequeña que Matilde y que se confundía con la tierra, se comportaba lo mismo: corría zigzagueando. Cada dirección que tomaba la araña, Matilde la imitaba. ¿Por qué no la atrapaba, si era eso lo que pretendía? Me pareció una táctica inteligente. Matilde esperaba verla agotada antes de atacarla y por eso la seguía de cerca. La pequeña araña era consciente del enemigo cercano y debía pensar lo mismo. Pero la debilidad llegó primero a la araña ,y en un momento cesó de correr. Matilde no se abalanzó sobre ella. La observó desde la quietud más absoluta. Así permanecieron unos segundo que se me hicieron eternos. No entendía bien la estrategia de una y de otra. Matilde, al fin, dio unos pasos en dirección a la estática araña y volvió a pararse. La araña parecía muerta. Otros pasos más de Matilde, otra vez pararse y la araña sin moverse. Ya Matilde la tenía a tiro fijo. Quizá la araña pensaba que no tenía escapatoria y se entregaba. Quizá su enemiga la confundía con otra cosa y la dejaba. De repente se rompió la quietud y Matilde se abalanzó sobre la araña. A ésta ya no le valía ninguna estratagema y trató de zafarse de los primero mordiscos, hasta que Matilde hizo presa en ella de forma definitiva. A la araña ya sólo le quedaba el recurso al pataleo y quizá tratar de inocular a su enemiga algún veneno del que disponía como medio extremo de defensa. No parecía que Matilde se viera afectada y,  con su presa bien agarrada, comenzó a dirigirse al hormiguero situado a un metro de distancia. Las demás hormigas no parecían interesadas en aquella batalla exclusiva de Matilde. Seguían entrando y saliendo parsimoniosas del hormiguero, unas de vació saliendo, otras cargadas con diminutos granos de alimento entrando. Yo esperaba que Matilde se dirigiera al agujero del hormiguero y terminara para mí el espectáculo. La araña seguía pateando. Matilde dejó atrás el hormiguero y siguió con su presa, ¿a dónde?. Llegó a la base de un árbol y con su presa se encaramó a él. Lógico, pensé, se la va a comer ella sola, es su presa. En la intersección de una rama se paró. Un lugar ideal para descansar sin ser vista por sus compañeras y con tranquilidad dar buena cuenta de ella. La fascinación subió un  tono. Matilde no hizo nada mientras la araña aún  movía sus patas. El tiempo se contaba en segundos que mi perplejidad convertía en tiempo interminable. Matilde seguía esperando, pensé, a que ningún movimiento de la araña delatara que aún seguía viva, por otra parte cada vez más imperceptibles. Matilde, entonces, cuando la araña dejó de moverse por completo, soltó su presa a un par de milímetros de su garra abierta y algo elevada, amenazante, sobre el resto del cuerpo. La araña, totalmente inmóvil, estaba servida. Matilde la tomó en su pinza y comenzó a baja del árbol. ¿Qué iba a hacer ahora? Llegado que hubo al suelo, puso rumbo directo al hormiguero. Las otras hormigas se alborotaron un poco, quizá en señal de bienvenida, y le dejaron paso. Matilde, con su presa, penetró en el hormiguero y desapareció de mi vista. ¿Que había sucedido? No creo que sea un recurso a mi imaginación si digo que Matilde no quiso poner en peligro  a su comunidad mientras la araña permaneció viva, y solo cuando la consideró muerta, volvió a su hormiguero para compartirla, quizá para ofrecérsela en homenaje a su reina.

Y yo, cuando todo hubo acabado, me sentí tan pequeño como Matilde, quizá menos  inteligente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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