Mi cerebro, tu cerebro

¿Vacío el cerebro?

No, está lleno de intestinos, por los que circulan excrementos, esperando que algún orificio le permita evacuarlos. La digestión de las ideas se produjo cuando ya eran materia fecal. Nada alimenta el espíritu, suponiendo que exista algo parecido. En cualquier momento, el cuerpo perderá toda razón de ser, y se tomará su tiempo para desaparecer como mentira desde que se formó. ¿Quién espera otra oportunidad, si volvería el mismo ciclo? ¿O es que la eternidad consiste en repetirse? Y de ser así, en algún momento valdrá la pena ser algo diferente? Nadie se atreve a suponer que los sentidos gozarán de privilegios, de algo que sólo dicen será en una dimensión de bienaventuranzas. Esta es la prueba de que el cerebro sólo produce mierda, que a toda costa nos empeñamos en elevarla a eso que llamamos vida , y que no somos capaces de reconocernos a nosotros mismos cuando nos miramos.

Si algo de lo que digo no es verdad, tranquilos, son cosas de mi cerebro; el vuestro funciona de acuerdo con los esquemas que fueron diseñados por cerebros diferentes al mío. Podéis producir ideas que valgan la pena, no como ésta que he lucubrado y que, probablemente, os apesta.

El pesimismo como actitud

La Paradoja de Stockdale, se refiere a un almirante norteamericano que estuvo prisionero durante 8 años en la guerra de Vietnam (1955-1975), en pésimas condiciones, torturado de manera reiterada y que, pese a todo, sobrevivió (Wikipedia). ¿Y por qué es una paradoja? Pues porque durante su largo cautiverio pudo observar que los optimistas, aquellos prisioneros que confiaban ser liberados pronto, morían de depresión al comprobar que sus sueños de libertad se convertían en pesadillas cuando despertaban a la realidad. Los pesimistas, en cambio, aceptaban con resignación su situación, se adaptaban a una realidad sin salidas previsibles y sobrevivían, Stockdale fue uno de estos.

Pero de esta paradoja no se puede sacar conclusiones excluyentes. Pesimista u optimista son dos actitudes que no deben llegar a ser el motivo por el que una persona muera o viva. En realidad ser pesimista es una actitud positiva tanto en cuanto se ajusta a un criterio motivado; ahora, con el Covid, casi todo el mundo es pesimista porque no le ven salida, eso no les lleva a ninguna depresión, aceptan las normas que se les imponen para evitar ser infectados y esperan, se adaptan a una situación que puede no tener una solución a corto o medio plazo. En esta situación, el optimista estaría condenado a morir por ignorar esas mismas normas que, de observarlas, su optimismo estaría justificado.

¿Qué vengo a decir con esto que parece una contradicción lógica entre dos proposiciones que parecen incompatibles? Se me ocurre que, para esta situación en concreto, procuremos no ser ni optimistas ni pesimistas. Pensemos que eso de llevar todos una mascarilla es una moda, como llevar bragas o calzoncillos. A fin de cuentas, desde que llevamos mascarilla, a casi todos nos iguala en eso que ahora está de moda: la protección de datos; nadie sabe quién es feo-fea, guapo-guapa. Los besos apasionados se siguen dando con los ojos cerrados.

Esa cosa que llaman navidad

Que no soy creyente, ya ha quedado acreditado en las ocasiones que la oportuniad me ha brindado a lo largo de la vida. No ser creyente no significa que esté en contra de los que creen y por ello los desmienta o desacredite sus creencias. No soy beligerante manteniendo que sólo yo tengo razón, mi postura es de un convencimiento para uso propio. Ya me libro de predicar mi evangelio buscando acólitos; son libres de creer lo que quieran y no acepto que me tomen como objetivo de proselitismo alguno.

Digo lo anterior porque, sin remedio, participo en celebracones religiosas, como La Navidad, Semana Santa, fistas de las diversas Virgenes locales o nacionales. Mi forma de participar es dejarme llevar de la costumbre, no haciendo un aparte con la familia o con mis convecinos, con alardes de oposición a sus creencias.

Bien venida La Navidad cada año, que permite reunirse a las familias, comer mejor que de costumbre e intercambiar regalos. Si no existiera habría que haberla inventado.

Adela y un señor cualquiera

Se llamaba Adela, tenía el pelo castaño, la pupila de los ojos negra, medía un metro con sesenta y cuatro centímetros desde la cabeza a los pies, bien entrada en carnes, pechos elevados y el culo respingón. Su boca siempre dibujaba una sonrisa, fuese constitucional o que todo en la vida lo veía con optimismo. A sus 24 años se había quedado sola en la vida; sus padres habían muerto en un accidente, no tenía hermanos, los parientes vivían en lugares remotos, con los que nunca se relacionaba. Trabajaba como asistenta en un hostal del pueblo. No ganaba mucho, pero allí comía y se duchaba con agua caliente, la que no tenía en su casa. Siempre se la veía aseada, sin ostentación en el vestir. Era, en definitiva, una de esas mujeres que, sin llamar la atención de los hombres, todos la hubiesen querido tener por esposa.

Un día un forastero se alojó en el hostal. Un hombre de unos sesenta años, bien conservado y elegante. Allí conoció a Adela, que recién salía de dejar terminada la habitación que había abandonado otro cliente.

—Hola, señor, su habitación está lista—le dijo al cruzarse con él.

El hombre la miró, primero a su sonrisa, luego un ojo panorámico a su cuerpo, y al saludo de Adela, contestó:

—¿Seguro que no sólo está lista, sino vacía?

Adela no comprendió el significado que el señor había querido dar a la palabra vacía, y se atrevió a decir:

—Claro, señor, ¿quién la habría de estar ocupando, si es la habitación que le han asignado a usted?

—Claro, claro, me refería a que en la habitación no se ha quedado el fantasma del ocupante anterior— respondió muy serio, sin visos de estar bromeando.

Adela no pensó que aquel hombre bromeaba o se burlaba de ella. Había conocido a muchos clientes con fijaciones tan o más raras que aquella. Contestó sin perder la sonrisa:

—Fantasma no, pero el cliente anterior solía invitar a señoritas, usted ya me entiende, que aunque he abierto las ventanas para ventilar, seguro que han dejado restos de perfume barato.

—Bueno, eso no tiene importancia. Usted ya noto que no usa perfume, así que si huelo alguno, no pensaré que lo ha dejado usted. Es usted una mujer muy especial, me hubiese gustado haberla conocido cuando tenía más o menos su edad, seguro que me habría enamorado de usted, casado y con familia.

Adela ya forzó la sonrisa. Aquella galante forma de dirigirse a ella nunca la había experimentado antes por parte de ningún hombre, y como en cuestión de trato con los hombres no se cortaba un pelo, apoyándose en el carrito de los útiles de limpieza, le respondió:

—¡Qué bonitas cosas me dice usted! Ni yo soy tan joven ni usted muy mayor. Me gustaría tener la ocasión de seguir hablando con usted, pero mi trabajo me lo prohibe.

— Nos podemos citar en otro lugar, con discreción y seguir hablando— dijo el cliente sujetando la puerta de entrada a la habitación-

Adela se incorporó. Hablar por hablar no le seducía si no tenía la conversación algún matiz que valiera la pena. Pero su intuición le dijo que aquel hombre quería algo más que hablar.

—De acuerdo—dijo Adela. En mi casa no sería muy discreto, podemos vernos en los restos de un castillo medieval que nadie visita; parecerá una visita guiada, y yo su guía, por supuesto.

Y ambos, puestos de acuerdo, se vieron en las ruinas del castillo,

Al margen

Un amigo, habitual lector de esta página, intuyó que la historia de Adela estaba inconclusa y que el autor la había dejado así para que los lectores tuviesen la oportunidad de imaginar un final a su gusto. Este amigo, que quiere ser anónimo, me hace llegar un final que me parece meritorio porque incluye un aspecto inédito en las historias románticas, cual es que no siempre se busca obtener el fácil favor de una mujer.

He aquí su final de la historia:

“Y…. aquella trabajadora de la pensión, después de decidir citarse con aquel señor en el castillo del pueblo , pensó “ESTARÉ DANDO UNA IMAGEN EQUIVOCADA DE MI “. Pero al final decidió acudir a la cita , la sorpresa fue cuando el señor en cuestión le dijo : “Bueno , ya estamos aquí “ Y a continuación añadió : “Si no hubieses accedido tan fácilmente a la cita, yo hubiese pensado que había encontrado a la mujer de mis sueños y sin duda te habría pedido unir tu vida a la mía a pesar de la diferencia de edad , pero por tu acceso tan fácil a encontrarte conmigo ,vi que no eras lo importante que yo esperaba. Mehas evitado ser un pobre hombre ingenuo que no podía pensar , por mi edad, esperar otra cosa de ti. 
Ella le dijo : “Créeme , pensé que era lo que tú no esperabas de mí”. El hombre la creyó , su cara reflejaba bondad y sinceridad y, por lo tanto, después de una larga reflexión, le pidió su mano, se casaron y fueron felices.

España y el mundo cuando nací

Algunas de las cosas que el 19 de diciembre de 1938 eran parte de la historia de mi venida al mundo. Quizá no todas las que señala el papel eran importantes, algunas hasta eran obvias. Pero traídas hoy a la contemplación, se podría pensar que sucedieron allá por la edad media. Lo más importante del certificado es que en ese día nació un niño al que le pusieron por nombre José, que puede haber otros certificados que mencionan más y más importantes cosas, pero que yo naciera fue el acontecimiento más importante de ese día; lo fue para mí, aunque hoy ya poco importa.

Y así vine a este mundo

19 de Diciembre de 1938. Según consta en en los anales de la historia de mi pueblo, he aquí la prueba documental, que aparece ilegible por eso de la protección de datos

vine a este mundo, único posible según las Sagradas Escrituras. No nací en una maternidad, rodeado de los medios que preservaran mi salud. Nací en un pueblo humilde y en el molino-casa de mi abuelo. Mi madre, q.e.d. fue asistida por la comadrona del pueblo, que a buen seguro ni se había lavado las manos. Según me contó mi madre, el parto, natural, fue difícil, pues era cabezón y en posición inversa; es decir, con los pies por delante. Preparada estaba un a palangana con agua templada y varias toallas para adecentarme. Me ataron el cordón umbilical con la misma cuerda que se utilizaba para atar los chorizos y me separaron de la placenta. A partir de ese momento ya dependía de la leche de mi madre para alimentarme, pero no pudo ser porque mi madre no tenía leche, y yo berreaba queriendo sacar algo de los pezones que se negaban a manar el preciado líquido. De inmediato llamaron a una mujer que hacía poco había parido y, que con su hermosura, tenía leche para su hijo y le sobraba, la que a mí me dieron para quejara de llorar. Había en el pueblo una farmacia con lo imprescindible, y entre lo imprescindible tenía leche materna, el Pelargón, para resolver casos como el mío. No era lo mismo, pues producía diarreas frecuentes, que se remediaban con alguna infusión de la que no recuerdo el nombre. Mi madre sufrió de fiebre puerperal, como le sucedía a casi todas las mujeres, pues los medios asépticos dejaban mucho que desear. De estas fiebres algunas mujeres morían y otras las superaban, y ese fue el caso de mi madre.

Como era el primer nacido en la familia de mis abuelos, quizá gocé de algún privilegio, pero a buen seguro que no evité ninguna de las llamadas enfermedades propias de la infancia, que pusieron a prueba mi capacidad para sobrevivir. El niño José creció y continuó viviendo con más penas que gloria en aquellos años de miseria. Aún no me explico cómo esta máquina, que es mi cuerpo, haya podido aguantar, no demasiado achacosa, durante 82 años, y mi corazón latiendo, en concreto y sin parar, y a lo largo de una vida promedio (75-80 años) , llegar a latir más de 3.000 millones de veces (3000 millones, no me he equivocado). Creo que no puedo pedir más, ya puedo presumir de ser una máquina perfecta que, inevitablemente, terminará en el desguace.

Lo tomo prestado

Era el siglo XV, Jorge Manrique escribió estos versos, hoy cantados por grandes artistas. De todos ellos, este video me hace sentir más que ningún otro el mensaje que Jorge Manrique nos quiso legar. Los interpretes no cantan, sientes cada palabra como si saliera de la vida misma, de sus propias vidas, y sólo por eso la interpretación está llena de verdad. Supongo que en su actuación, al terminar, no recibieron aplausos, sólo silencio. Todos debieron creerse interpretes de sí mismos.

¿Llorarás por mí?

«Muy efectista el título. Moviliza el corazón. La próxima vez no te creeré» Esto me dice una lectora amiga o amiga lectora en respuesta a mi escrito anterior «Esto se acaba».

Analizo la frase. «Muy efectista el título». Cierto, ya he confesado que la mayor parte del tiempo lo empleo en buscar un título que atraiga la curiosidad del potencial lector. Pero en este caso fue espontáneo, se correspondía con un estado de ánimo real. Dentro de dos días habré vivido 82 años y nueve meses, si cuento el día que fui una célula o cigoto. Luego comenzaron otras fases hasta llegar a ser un embrión. Pero, antes o después, la vida, mi vida, había comenzado. Y no cabe duda que desde el primer momento ya estaba señalado el final. ¿Cómo expresar sin efectismo que no queda ya mucho tiempo para que se cumpla el destino que quedó impreso en aquella primera célula? No es una cuestión especulativa, es real. Aunque viviera cien o más años, cada día que pasara sería el último, y por último quiero decir que dejaría de ser el mismo que el día anterior.

«Moviliza el corazón». No debiera, si partes de que el título es efectista. Si yo intentara impresionarte o llamar tu atención, no usaría ese título, si no éste: «amigos, me estoy muriendo». Y añadiría la causa de ese suceso anunciado. Pero no pretendo ni lo haré, que por mí se vierta una lágrima o el corazón se desboque de angustia. Ni siquiera una oración por mi alma, que haría suponer que estaba destinado al infierno.

«La próxima vez no te creeré». ¿Y por qué habrías de creerme? ¿Qué beneficio o perjuicio obtengo de que me creas o no? Si todo antes en mí fue verdad, no hay razón para que a partir de ahora todo en mí sea mentira. Pero será como tú quieras que sea. A ver qué conclusión sacas cuando, de verdad, esto se acabe. No proclames que es mentira, porque serás tú la que estarás mintiendo. Pero creo que llorarás por mí.

Esto se acaba

Recuerdo a un amigo, ya fallecido, que durante un tiempo su pasión por escribir historias ocupaba el tiempo completo , pues ya jubilado no tenia otras obligaciones. Una actividad tardía la de escribir, sin formación previa que, sin embargo, desarrollaba con decoro y sorprendentemente con ideas y argumentos notables. Nos seguíamos por el ordenador y yo, con más experiencia, le corregía aquello que él no lo escribía correctamente como para ser publicado. Pero llegó un momento que aquello que escribía , bien estructurado, se fue convirtiendo en un revuelto de palabras que no daban sentido alguno al texto. El Alzheimer se había instalado en su cerebro, y poco a poco fue perdiendo el mínimo control sobre lo que intentaba exponer por escrito que ya no tenía pies ni cabeza. En poco tiempo la muerte fue el final.

Cuento esto a modo de introducción por lo que quiero decir a continuación.

Todos al venir a este mundo, con la carta de presentación se nos entrega otra de despedida. Esta ultima carta puede ser de resolución inmediata o por fases. Se nos dice: esto se acabó, esto ya no está a tu alcance, observa que lo que escribes, tus lectores lo aceptan con mejor voluntad que criterio, tú mismo puedes comparar lo que escribías hace tiempo con lo que escribes ahora, en un empeño de mantenerte aún en plenas facultades mentales. No es cuestión de Alzheimer en tu caso, aún no, pero cualquier día tus textos comenzarán a ser ilegibles. Por ahora todavía te expresas con aceptable coherencia, pero, como digo, lo que ahora escribes se va a está página sin pena ni gloria. Tus lectores no participan de tu entusiasmo. Si te leen, a buen seguro que dirán: «no sé cómo se atreve a escribir esto y pretender que lo estimemos valioso y le hagamos un comentario elogioso». No estoy mostrando una humildad forzada, creo firmemente que es una realidad. Lo que ahora escribo más bien parece un desahogo personal que un mensaje para ser compartido. Cuando me justifico confesando que no sé de que voy a escribir al ver impresa la primera palabra, la que me lleva a la segunda y tercera… estoy construyendo una casa sin planos, a lo que salga. A una lectora le dije hace poco: » no tengas en cuenta otra cosa que la frase final, lo demás carece de importancia». ¿Cómo interpreto yo esto que hoy comienza a ser una realidad? Aún me queda algo de criterio para discernir si esto sólo es pasajero o es que se acaba. Creo que nada me queda por esperar volver al que hace tiempo fui. Seguiré escribiendo, pero consciente de que cualquier cosa que escriba cada vez valdrá menos la pena. ¿Seré capaz, llegado el momento, de cerrar esta página si lo que escriba carece del mínimo sentido? De no poderlo hace yo, confió que lo hagan mis hijos por mí. La carta de despedida terminará sin el cursor parpadeante, ya no tendré nada más que decir.

El cursor

El cursor parpadea, parece invitarme a que pulse una letra. He escrito la frase anterior y el cursor sigue parpadeando cuando me paro. Cada vez que me paro para ver lo que he escrito, siempre al final el cursor parpadea. Ponga punto, coma o cualquier símbolo ortográfico, el cursor no desaparece. Por curiosidad, trato de encontrar la forma de que el palote deje de flaxear.

Y si paso al renglón siguiente…

Nada, ahí está , obligándome a seguir tecleando letras palabras, frases. No encuentro la forma. Me da la impresión de que así seguirá hasta que diga algo importante, sustancial, cosa que no ha sucedido hasta ahora.

Voy a intentarlo. Hoy no tengo nada que decir, voy a poner FIN. Es lo mas importante que se me ha ocurrido, escribir FIN para no decir nada más. Pero no debe ser suficiente, el palote me obliga a seguir escribiendo. ¿Y si en lugar de palabras construidas con letras del abecedario, escribo símbolos. Quizá el palote no tenga nada que decir. Por ejemplo, una imagen que represente el amor, el amor apasionado. Pienso que una rosa roja cumple con ese propósito y dice lo suficiente como para terminar con el impertinente palote.

Lo he conseguido, pero ya nada nuevo e importante debo decir. La rosa lo ha dicho todo.