¿Odio porque me odio?

Estaba el hijo en el lecho de muerte inminente. Los médicos habían ordenado se le retiraran todos los elementos que le prolongaban la vida, una vida sin consciencia, o eso diagnosticaron. El padre llegó al hospital desde muy lejos, alguien le avisó que su hijo se moría, que le quedaba `poco tiempo para despedirse de él, si así lo deseaba. Llevaban once años separados padre e hijo sin que ninguno existiera para el otro. El padre, inesperadamente, cogió el primer avión que le traía a la ciudad donde estaba el hospital. El médico que trataba la enfermedad de su hijo lo acompañó a la habitación. El padre no le reconoció; delgado en extremo, con barba descuidada y aspecto ausente. «Es su hijo», le dijo el médico.” ¿Puede oírme ?”, preguntó el padre. «No puedo afirmarlo, su estado es puramente vegetativo». El padre se acercó hasta la cama, se inclinó hasta rozar casi su boca con uno de los oídos del joven y el susurró: «Soy tu padre». Unos segundos y nada pareció que había cambiado, fue entonces cuando unos labios temblorosos se esforzaron en articular lo que podía ser unas palabras. El médico que observaba la escena, le sugirió al padre que acercara su oido a la boca de su hijo. Así lo hizo y así se mantuvo un tiempo que le pareció eterno; para el padre era la confirmación de que su hijo ya no existía y que no había valido la pena hablarle. Pero aquellos labios, que sólo habían dado señal de temblor, se abrieron y cerraron para dejar pasar una respuesta: «Te odio», fue todo lo que el padre pudo oír. El padre se retiró, sacó un pañuelo del bolsillo y se secó los ojos bañados en lágrimas. Iba en dirección a la puerta para abandonar la habitación, cuando el médico le detuvo. «Me pareció que su hijo le hablaba», dijo el médico. El padre se volvió hacia el médico y le dijo: «Sí, mi hijo me ha hablado», y no dijo qué había dicho. A continuación abandonó la habitación. Para el médico aquello suponía un inesperado cambio en el diagnóstico de muerte cerebral del paciente, de inmediato ordenó que se le volvieran a colocar los medios paliativos, además de alguno más específico para regar su cerebro.

Pasado algún tiempo, el joven fue dado de alta; se había recuperado por completo. Preguntó si su padre había dejado alguna dirección en donde avisarle en caso de fallecimiento, pero no había pasado ni por la recepción del hospital, tomó el ascensor y salió directamente a la calle. El hospital sí sabían dónde residía el padre, pero no pudo ser contactado.

El joven vivió con la angustia de haber confesado a su padre que le odiaba. El padre había hecho un largo viaje para verlo antes de morir, la conclusión que el joven sacó de aquel gesto, fue porque su padre le quería, y añadió: «mi odio no estaba justificado, quizá me he estado odiando a mí mismo».

2 respuestas a «¿Odio porque me odio?»

  1. No sabes como me llego tu escrito , algún día y de manera personal , te lo contaré .
    El mundo , la vida está llena de estás lecciones , palabras , que un día se pronunciaron y nunca tendrían que haber sido ni dichas ni escuchadas .

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