¿Para qué la belleza?

En mi jardín ha nacido una flor, su progenitor-a un caztus trepador, o algo parecido. Anteayer era una bola, una preñez a punto de dar a luz. Como si tuviese reparo en ser vista , tuvo el alumbramiento por la noche. Al amanecer ya lucía espléndida. Me sentí abrumado ante tanta belleza que inundaba mis retinas, llevando por el circuito de mi sangre el mensaje que yo interpreté era de amor por mí. Mi corazón fue el primero en sentirlo, luego mi cerebró se preguntó por qué para mí. Quise tenerla en mis manos, pero me conformé con acariciarla; era más grande que la palama de mi mano. Podía hacerle un foto imperecedera, que miraría cuando me sintiese deprimido. Y así fue:

Buscando la transcendencia, definí la flor. Esa especie de cuchillos fueron en su momento los que la protegieron hasta llegado el momento de abrirse para mí el vientre que la contenía. Un vestido blanco la arropaba como se arropa a un niño recién nacido; así de sutil, así de delicado. En el interior todo lo que hace de una flor un ser vivo, que en este caso no supe interpretar.

Pasó el día y ya al final la encontré triste, alicaida. Pensé que estaría fatigada de dar gratis tanta belleza y a la que yo en nada contribuía. Quizá esperaba algo más de mí, como sucede en esos amores unilaterales entre los seres humanos. Pero como un ser humnano, esperé a que me comprendiera, enfundado en mi mi vanidad, y volviera a lucir para mí. ¿No era suficiente mi admiración? ¿No supo entender que tampoco ella tenía la exclusividad de mi amor? Me acosté y soñé que unos insectos se adueñaban de ella. Al despertar fui a verla. Quizá le faltó algo que no supe darla y apareció así:

Ya no volvió a ser la flor que admiré y amé. Sólo duró un día su intento de seducirme como ella hubiese querido, y terminó cayendo al suelo donde fuen engendrada. Guardo la foto, pero ya no es lo mismo; sólo el recuerdo.

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