¿Por qué soy cómo soy?

¿Por qué soy como soy, que todo parece estar contra mí? Nada me consuela, nada me restituye la normalidad. ¿Qué puedo hacer para que los abrojos se vuelvan flores, los caminos transitables en paseos reparadores, las otras almas latan a mi lado sus penas y alegrías? ¿Qué puedo hacer que no me sienta abandonado a mi suerte, la suerte del miserable? Si alguien me dice ¡vive!, yo sólo siento que muero. Si alguien me ofrece flores, temo por las espinas de sus tallos. Si alguien me muestra un camino de sosiego, yo temo a los precipicios que acechan. Si alguien me muestra su alma, yo la confundo con un corazón enfermo. Cuando me veo miserable, me aferro a ese destino incontingente. No puedo evitarlo

No estoy hablando de mí.

Así, y hasta el infinito, languidecía en parecidos monólogos Manuel. Pero, lejos de revelarse contra ese destino que él consideraba inevitable, Manuel sólo deseaba morir y así llegar a término sus desdichas. Un día, después de parecida tanda de salmodias que acompañaban a su diario despertar, no había dado dos pasos en su dormitorio, cuando advirtió que una cucaracha se cruzaba en su camino. Manuel no intentó cazarla y menos aplastarla; en su lugar, se paró a observarla en su rápido caminar en busca de refugio seguro. Cuando la cucaracha desapareció de su vista porque se metió bajo la cama, Manuel levantó los faldones de la colcha y vio que la cucaracha, en la semioscuridad, estaba inmóvil. Manuel no la importunó, se sentó en la cama y se habló así:

Esta cucaracha, tan miserable como yo, tiene, al menos, deseos de vivir; hace lo que su instinto le dice que debe hacer y se oculta del peligro que le supondría perder la vida. Cuando haya considerado que el peligro ha pasado, saldrá de su escondite y buscará todo aquello que su naturaleza le demande: comida, apareamiento, qué sé yo. En cambio, yo languidezco en la oscuridad porque yo mismo he apagado todas las luces, sin otros peligros que los que yo me invento. ¿Cómo voy yo a disuadirme de que el peligro ha pasado si soy yo mismo el que crea los peligros? Me he estado siempre preguntado por qué esto y aquello que me atenazaba en la sombra y ahora creo tener la respuesta: esta cucaracha sólo tiene instinto, en cambio yo tengo pensamiento, y  es el veneno el que me mata. ¿Y por qué habría de prescindir de él, si con él consigo el fin que persigo? ¿Pero cuándo, cómo, si también soy un cobarde… para hacer algo tan sencillo como quitarme la vida?

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *