Rebeca , o la maleta vacía

En mi suicida actitud de irme aligerando de equipaje, libros, música, no podía soslayar algo que vamos acumulando en el tiempo: la amistad. Pero como vengo diciendo, la amistad es para mí un ente abstracto, y debo acotar lo que es el afecto, tangible, de la amistad abstracta, medible con la medida del aprecio recíproco.

De lo que estoy escribiendo tendré que aceptar que donde sería que había afecto, sólo era amistad. Paquita, Elsa ya están acotadas, aligeradas de sobrecarga emocional. Espero que agradezcan que ser sincero es más valioso que ser un caballero.

Me dispongo a escribir de Rebeca.

Por sus obras la conocí, utilizando una frase bíblica similar. No por sus escritos, que algo también, sino por su actitud, una actitud conmigo que se fue cimentando como se cimenta una obra bien hecha. Pero hasta ese conocimiento careció de algo tangible.

Para empezar, aclaro el título de este escrito. Un equipaje con una maleta vacía puede ser ligero pero no un equipaje; sería algo superfluo, si a donde me encamino no hubiera esperanza de llenarla, como no creo que la haya. ¿Por qué, entonces, asocio a Rebeca con una maleta vacía? La razón es sencilla de comprender: porque Rebeca es para mí un ente abstracto, no es tangible, mis sentidos nunca  la llegaron a ver, escuchar, olfatear, saborear ni tocar. Difícil sentir afecto siendo así. El afecto puede ser indestructible, la amistad  es fácil.

Que Rebeca ha estado presente en mi vida no lo puedo negar; siempre relacionada con las letras, incluidas las personales sobre diversos asuntos. Pero a Rebeca nunca la vi, no sé cómo es su rostro, su cuerpo, en tantos años de relación ella siempre se ocultó. Alguna foto de calidad ínfima apuntalaba más mi creencia de que se quería ocultar de mí. Si no la vi, ni con la imaginación pude tocarla y sentir su piel, no pude gustarla como al niño que se le hace la boca agua cuando mira un pastel tras un escaparate, no recibí un audio que me hablara de la calidez de su voz, no percibí su olor como se percibe la visión de una rosa porque tuviste otra rosa cerca. Es lo que es, no puedo llamarme a engaño.

Rebeca, sin embargo, sí puede ser un ser soñado. Rebeca puede ser, y digo puede ser, todo aquello que me ha faltado de ella, y así, sueño que algún día, antes de coger el tren que me lleve a ninguna parte, pueda verla, tocarla, oírla, olerla, saborearla. Decirla: Rebeca. entra en esta maleta vacía que lleva tu nombre. Pero de los sueños es raro que quede algo cuando se despierta.

Y siendo esta la fría realidad, sólo me queda decir: Rebeca, cuento contigo, aunque, por ahora, no formes parte de mi equipaje final. Mantengo mi promesa de que heredes mi legado literario para lo único que te puede servir: para que te  dé ideas que te permitan mejorarlo y hacerlo tuyo, en la seguridad que tengo de que sólo tú podrás hacerlo. Dicho queda, forma parte de mis últimas voluntades.

José

2 respuesta a “Rebeca , o la maleta vacía”

  1. Lei de madrugada y leo ahora: yo admiro a los audaces. No podría cultivar una frecuencia epistolar con quien no he cruzado mirada, palabra, o alguna cercanía. Me imaginaria una incógnita total: hombre, mujer, qué habrá detrás, qué edad, carácter, intención. Al menos el indicio de una voz y una charla que me confirmase una pista. En resumidas, me costaría trabajo hablar en confianza. Te digo que los audaces (tu caso) tienen recompensa.

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