Vida después de la MUERTE? Sí, claro que la hay

Todo se vuelve oscuro partiendo de evanescente. Morir, dicen, es la consecuencia de vivir. Para el que muere, la vida carece de sentido; para el que vive, la muerte sólo le inquieta.

Hay quien afirma, con absoluta convicción, que la muerte no debe inquietarnos, que en ese preciso momento, el Yo se libera de la materia y se proyecta en el Universo en pos de una nueva dimensión asistencial. Esta formulación,  ¿qué tiene de real o, si se quiere, de mínimamente empírica? Lo real es probado, lo empírico  es probable. Ese Yo sólo existe en nuestro pensamiento, no hay ninguna constancia, y no dejo de tener en cuenta investigaciones, cuestionablemente científicas, como las que proliferan en Internet a la pregunta “¿existe vida después de la MUERTE?” Muchas personas leen estos alegatos en los que se prueba  esa existencia con “casos verídicos” que lo “demuestran”, terminando por creer o, por lo menos, dudar sobre lo que antes no estaban dispuestos a admitir.

¿Qué posición al respecto ha tomado mi yo material, el único que por ahora se manifiesta? Si dijera que me gustaría que esa hipótesis se confirmara un instante después de que la materia dejase de existir organizada, estaría utilizando mi cuerpo vivo para quitarme la angustia, o simple preocupación, por la desaparición absoluta de mi yo tras mi muerte. ¿Y esto que significa? Sólo veo una explicación: si el cuerpo es evidente y probado que va a dejar de existir, ¿qué le puede importar ese Yo que se escapa de la destrucción del continente? La conclusión no admite reservas: ese yo sólo lo proyecta la materia organizada, no es algo que se aloja en una cápsula que se abre tras su muerte. Si así fuese, deberíamos admitir que ese yo ya existía en la preconcepción de nuestro ser material, o que llegó y se instaló en él. Demasiadas conjeturas, ¿no?

Pero mientras esto escribo, mi yo me está diciendo: tampoco es para ponerse así, espera a morir para comprobarlo. También esto me relaja.

Un recuerdo, de cuando yo era un  niño, viene a mi memoria. Yo asistía, con pesadumbre fingida, al rosario que en un redondel de mujeres sentadas, todas vestidas de negro, rezaban, y así durante nueve días, por el alma de mi abuelo.No tenia, entonces, duda de que mi abuelo -su alma- debía estar esperando que aquellas preces y letanías le abrieran las puertas del cielo. Si aquellas mujeres lo creían, ¿por qué no habría de creerlo yo?

Pero el tiempo termina quitándonos la razón y en su lugar nos da otra. ¿Cuál se la verdadera? Si soy honesto conmigo mismo, no tengo respuesta. Creer o no creer no es lo sustancial; lo que importa es dejar que las cosas unas veces se nos aparezcan como son y otras como quisiéramos que fuesen. Sólo así conseguiríamos eliminar el vacio de nuestras vidas abocadas a desaparecer.

Aquí termina mi reflexión. Y termino diciendo que no me ha aportado nada nuevo.

JDD