Yo, marinero en tierra

Son las 4:15 de la tarde. Ya he dormido la siesta, he visto que mi hijo enfilaba el tramo final a Palma, y he podido dormir. Mi hijo, que se ha trasladado desde Benalmádena (Málaga) a Palma (Islas Baleares) me despierta con una llamada a videoconferencia. Ha llegado, después de tres días pegado al timón, es la primera vez que le veo sentado, comiendo, en el interior del camarote. Me cuenta el viaje, alguna situación límite superada. Ahora está fondeado en una cala de Mallorca, podrá recuperarse. Pasado mañana cargan el barco para llevárselo a Florida, USA. De allí, otro barco se lo llevará a Ensenada, Mexico, donde lo recogerá y, navegando, se lo llevará a San Diego, USA. Cruzar en solitario el Atlántico, el Pacífico o cualquier océano será para otra ocasión, después de reparar algunos elemento fundamentales para la navegación que le hicieron abortar el primer intento de cruzar el Atlántico.

Yo, absolutamente nada marinero, he vivido con angustia algunos momentos. Me devuelve la tranquilidad cuando le veo sonriente, como si nada hubiese alterado su ánimo. Le pregunto cómo ha conseguido mantenerse al timón dos noches, lloviendo, con viento, el barco a merced de las olas. Me dice: «papá, ya he pasado por situaciones así y peores, se acostumbra uno; agarrado al timón, cierro los ojos, el sueño aparece y desaparece después de unos minutos, el barco me avisa que me está necesitando despierto, y yo, que me debo a él en cuerpo y alma, me aferro al timón, corrijo el rumbo, hago lo que se debe hacer para paliar las envestidas del mar, y vuelvo a cerrar los ojos. Cuando amanece, ya puedo decir que he dormido toda la noche. Miro a mi alrededor y no veo barcos como el mío, todos son cargueros, el virus ha dejado en cuarentena a los veleros o yates deportivos amarrados a puerto». Mi hijo ha dispuesto de una excepción: era un traslado de puerto a carguero, sin tocar puerto: como él, otros barcos harán lo mismo hasta completar la carga del buque.

Y si no narro esto, qué otra cosa puedo narrar. Mi mente, debilitada, tanto o más que mi cuerpo, después de cuatro meses de hurgar en mis órganos, hasta me exige el esfuerzo. Pero sólo el mínimo esfuerzo, porque el cansancio me pide que dé por terminada esta crónica aquí. Que Alberti cante el resto.

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