siento angustia

Siento angustia cuando, desde mi ventana, observo esas mujeres que hacen encaje de bolillos mientras se cuentan historias de otras tantas mujeres ausentes.
O aquella comunidad con tendederos comunes para secar la ropa. Las bragas haciéndose sitio en los abigarrados alambres, sin otro título de propiedad que el tamaño.
O aquella playa en horas punta, donde los pechos descubiertos de las mujeres sólo compiten con los castillos de arena que hacen los niños.
O la pasarela de la casa de lenocinio donde las mujeres ataviadas de lencería ofrecen su esperanza.
O las intuidas mujeres que se maquillan para tapar los senderos que hicieron al caminar.
O las que se acercan a la barra de un bar para pedir calor para sus entrañas.
O aquellas que, por la mañana, hacen la cama donde durmieron sus sueños.
O aquellas que se arrodillan ante el Crucificado espiando (digo espiando) sus pecados de pensamiento.
Siento angustia, sí, por todas esas mujeres que no fueron jamás deseadas.
Y por las que lo fueron y nunca sintieron el calor del deseo.
Y por las que, pasados los años, no renuevan la virginidad violentada.
Y por las que escriben fantasías en segunda persona.
Es mi angustia tan lacerante, que si hubiese quimioterapia para el alma me la aplicaría. Deberé aceptar que está en fase terminal, sin remedio posible.

anabel

Anabel hace honor a su apostrofado nombre; es una mujer bella. Une a su belleza la juventud; una juventud a la que apuntan ya más realidades que promesas. Además, ella asegura en sus círculos íntimos que es virgen, y nadie está allí para desmentirlo. Es inteligente, alegre e hija única de padres ricos. Todo puede ser explicable menos ser virgen. Pero lo es. ¿Cómo puede ser eso? Ella, con pocas ganas de hablar del tema, dice que preserva su virginidad para el hombre que acepte por esposo. Pero para que ella se case, el hombre también deberá ser virgen.
Los amigos y amigas se sonríen:. “¿Cómo podrás tener la certeza de que un hombre es virgen?”, le preguntan a la vez que le sugieren la imposibilidad. Creo que estás perdiendo el tiempo. Los hombres son capaces de mentir sin que se le note la mentira. La fisiología del hombre no manifiesta un estado de virginidad o la pérdida de la misma”, le dicen entre otros razonamientos. Anabel, en lugar de contrarreplicar con argumentos contrarios, se limita a encogerse de hombros. Este encogerse de hombros hace pensar a los escépticos que Anabel va por la vida de farol en ese asunto, pero nadie puede demostrarlo. Alguna amiga hasta se atreve a decirle: “Mira, Anabel, cuando creas estar ante el hombre virgen de tus sueños, lo que te sucederá es que preferirás creerte que es así” Anabel no responde y vuelve a encogerse de hombros. Un extraño comportamiento, ¿verdad?
Anabel tiene hombres en su entorno que la aman, se insinúan, la pretenden. Pero debe conocerlos bien, sabe de sus amoríos fallidos, de las mujeres con las que estuvieron antes y deducirá que ninguno es virgen como ella, a la que no se le reconoce ningún idilio previo. Naturalmente, a ninguno de esos hombre se les ocurre presentarle la credencial de ser virgen; lo más que hacen es tratar previamente de convencer a Anabel de que eso que mantiene es un anacronismo, una tontería. Pero Anabel debe darse cuenta. Como comprenderá el significado de las sonrisas de sus amigas, que no vienen sino a ocultar su sentimiento de considerarse agredidas por la “pretenciosa” postura de Anabel. Si, al menos, Anabel adujera razones morales… Anabel nuca mencionó estas razones; en realidad hace confesión de agnosticismo. Cuando, en alguna ocasión, alguién le preguntó: “Anabel, ¿por qué esto es tan importante para ti?” Ella, en lugar de encogerse de hombros, se decidió a responder: “No lo sé, supongo que es una fijación mía, como para otra mujer fijar otra condición para amar a alguien”. Esta respuesta podía ser entendible por cualquiera, pero no para el que la escuchaba, que, sin argumentos, se limitaba a encogerse de hombros también.
Un día, en una reunión de amigos con motivo de un cumpleaños, a Anabel le presentaron un joven desconocido para ella. Se lo presentó su mejor amiga. Previamente, esta amiga le dijo a Anabel: “ te voy a presentar a alguien como lo que tu buscas, además es guapo, inteligente y con una buena profesión”. Anabel, le preguntó a su vez: “¿Cómo sabes que es lo que busco?” La amiga le sonrió: “Porque yo estuve con él, no tuvo más que pedírmelo, incluso ni pedirlo, hacerlo, y me dijo las mismas idioteces que dices tú. Sois tal para cual, y con tu pan te lo comas”
¿ Fue convincente la amiga para Anabel?
Anabel debió tener sus dudas; podía ser una estratagema de su amiga para que dejara de ser ofensiva para las demás mujeres, en particular para ella, con su virginidad como mérito. No obstante, Anabel y aquel joven se conocieron en la fiesta y debieron sentir una atracción recíproca que se tradujo en una amistad primero y lo que para todos era un noviazgo después.
Pero algo sorprendente sucedió. Un día, ambos rompieron la relación. Los amigos y amigas de ambos se preguntaban qué había sucedido. Todos estaban persuadidos que había sido por algo relacionado con la virginidad, pero, ¿por parte de quién? Ambos, por separado, se encogían de hombros cuando alguien preguntaba, lo que exasperaba a los intrigantes curiosos. Alguno, más osado, cuando en ausencia de ambos se comentaba el tema, llegó a suponer que ambos habían sentido perder aquello, porque para cada uno era su bien más preciado, no objeto de trueque equilibrado. A lo que otro, en repuesta a lo anterior escuchado, quizá enfadado por tanta sandez, exclamó: ¡Serán maricones…!
Alguien más, afirmando con la cabeza, añadió: “Inconfesos”. Y todos se miraron boquiabiertos.

mi canario

Canta mi canario en su jaula que se la pela. Es como un telonero de la primavera que se acerca preparando líricos, amorosos, alérgicos encuentros. Mi canario debe tener un mecanismo que le impulsa a emitir esos trinos extenuantes, quizá como llamadas angustiadas a las hembras que revolotean libres en el campo próximo. Si yo me oculto, algunas, con recelosas aproximaciones, terminan posándose por el exterior de la jaula. Yo las observo y también a mi canario, para ver el efecto en ellos. Tan pronto una hembra está cerca, mi canario deja de cantar y salta de palito en palito, sin intentar evadirse. Nació enjaulado y no tiene percepción de la libertad. Para él, todo su espació vital se reduce a la jaula, y no por imposición sino por destino. ¿Qué hacen las hembras libres, le consuelan, tratan de penetrar, le incitan a ser seguidas en una evasión imposible? No aprecio tal cosa. Las hembras, silenciosas, ausentes de los probables ardores de mi canario, se dedican a recoger del suelo los pequeños granos de alpiste y a picotear el trozo de manzana pellizcado entre los alambres de la jaula. Luego, cuando ya han dado buena cuenta de aquella comida fácil, vuelan lejos. Yo las sigo con la mirada, y sucede que algún canario macho las espera, o las acompaña en el vuelo, y allí donde se detienen, las fecundan. Nunca los oí cantar, creo que mi telonero los vio sin sentir frustración y mucho menos celos; él siguió cantando, seguramente porque era la primavera.

Eso de más arriba lo escribí en el año que indica. Ayer murió mi canario. No murió de viejo, aunque en él ya habían muerto muchas de las características que hacían de él un pájaro notable. Y no voy a pasar por alto por qué murió, porque yo fui responsable de su muerte, por más que fue involuntario por mi parte. Colgué la jaula de la rama delgada de un árbol. Lo hice con la mejor de las intenciones: para que le diera el sol y porque allí revolotean otros pájaros. Con el peso de la jaula, la rama se desgajó y cayo al suelo. Cuando lo advertí, corrí allí y vi a mi canario conmocionado. Lo cogí y lo introduje en mi pecho para darle calor por ver si así se reanimaba. Pareció adquirir cierta viveza y lo deposité en su jaula envuelto en un paño suave. No se movió de allí en las horas siguientes. Le visitaba de tiempo en tiempo y no abrigaba esperanza de que se recuperara. Respiraba mal. Cuando me levanté, esa pequeña cosa que yo estimaba como a alguien de la familia, había muerto.
Lo enterré haciendo un hoyo al lado de un naranjo, mientras, en silencio, le decía: Chupi, no habrá vida eterna para ti, el cielo ya está lleno de ángeles.

la mujer que soñaba despierta

Ella se debate entre la edad en la que aún se sueña despierta y la edad en la que se comienzan a tener pesadillas; la edad en la que sólo se sueñan sueños y la edad en la que sólo se sueñan espejismos; en la edad en la que los sueños a veces gozosamente se cumplen y la edad en la que, casi siempre, se sufren los delirios.
Ella no quiere salir de la primera edad, pero ahí está, agazapada, esperando la pesadilla que comienza.
Ella, ahora que no tiene sueños, reclama, espera para sí los sueños primeros de un hombre. No todo estará irremisiblemente perdido en el mundo de los sueños, si algún hombre la llama para compartir sus propios sueños. Pero ese hombre no llega, no la llama, no le ofrece lo que ella anhela entre sueños y pesadillas, porque todos los hombres que se le acercan ya han cruzado la primera edad, y, como ella, reclaman para sí compartir los sueños de una mujer.
Están, ambos, en un infernal círculo que se cierra y se abre para exhumar anhelos convertidos en fantasmas, fantasmas que se apoderan de sus cuerpos para convertirlos en excrementos, después de una digestión en la que pocas veces escapan las almas.
Pero lo que, indefectiblemente, forma ese círculo en sus vidas, tiene una ventana que sólo se abre en el sosiego.
Una mujer, un hombre sosegados, pueden percibir, sentir a través de esa ventana, que al otro lado hay una oferta amable para ellos: compartir una vida diferente en la que no se sueña ni despierto ni dormido; compartir una realidad que, a veces, depara sorpresas, y, cuando lo hace, serán para ellos felices descubrimientos. Y los vivirán juntos, como hechos que enriquecerán sus vidas hasta que el final llegue para ambos.
No hay otra salida, ni otra ventana, ni volver a empezar. Porque aquella, aquel que pretendieran otra cosa, ni siquiera disfrutarán del sosiego. Y es importante el sosiego para unos cuerpos y almas que empiezan a estar cansados.

por que soy como soy

¿Por qué soy como soy, cuando todo parece estar contra mí? Nada me consuela, nada me restituye la normalidad. ¿Qué puedo hacer para que los abrojos se vuelvan flores, los caminos transitables en paseos reparadores, las otras almas latan a mi lado sus penas y alegrías? ¿Qué puedo hacer que no me sienta abandonado a mi suerte, la suerte del miserable? Si alguien me dice ¡vive!, yo sólo siento que muero. Si alguien me ofrece flores, temo por las espinas de sus tallos. Si alguien me muestra un camino de sosiego, yo temo a los precipicios que acechan. Si alguien me muestra su alma, yo la confundo con un corazón enfermo. Cuando me veo miserable, me aferro a ese destino incontingente.
Así, y hasta el infinito, languidecía en parecidos monólogos Manuel. Pero, lejos de revelarse contra ese destino que él consideraba inevitable, Manuel sólo deseaba morir y así llegar a término sus desdichas. Un día, después de parecida tanda de salmodias que acompañaban a su levantarse, no había dado dos pasos en su dormitorio, cuando advirtió que una cucaracha se cruzaba en su camino. Manuel no intentó cazarla y menos aplastarla; en su lugar, se paró a observarla en su rápido caminar en busca de refugio seguro. Cuando la cucaracha desapareció de su vista porque se metió bajo la cama, Manuel levantó los faldones de la colcha y vio que la cucaracha, en la semioscuridad, estaba inmóvil. Manuel no la importunó, se sentó en la cama y se hablo así:
Esta cucaracha, tan miserable como yo, tiene al menos deseos de vivir; hace lo que su instinto le dice que debe hacer, ocultarse del peligro que le supondría perder la vida. Cuando haya considerado que el peligro ha pasado, saldrá de su escondite y buscará todo aquello que su naturaleza le demande: comida, apareamiento, qué se yo. En cambio yo, languidezco en la oscuridad, sin otros peligros que los que yo me invento. ¿Cómo voy yo a disuadirme de que el peligro ha pasado si soy yo mismo el que crea los peligros? Me he estado siempre preguntado por qué esto y aquello que me atenazaba en la sombra y ahora creo tener la respuesta: esta cucaracha sólo tiene instinto, en cambio yo tengo deseos de morir y mi pesadumbre es el veneno que me mata, ¿por qué habría de prescindir de él?

manuel se fue de su pueblo

Manuel se fue un día de su pueblo. Este irse de su pueblo englobaba otros muchos irse. Dejaba atrás sus tierras de labor, pero habría que especificar, porque Manuel tenía muchas, aunque sólo una era su preferida, a la que amaba casi con pasión; era, por supuesto, la que más cuidaba, a la que más esfuerzos dedicaba. Otro irse particular, fue abandonar a su familia. Pero al igual que con las tierras, también aquí Manuel tenía sus preferencias. La esposa ya era un hábito; los hijos, todos se habían ido del hogar, y aunque permanecían en el pueblo, tenían sus vidas ajenas casi completamente a la suya. Pero tenía un nieto y una nieta que ocupaban por completo su corazón. Aun así, todos quedaron atrás. Y otro irse fue de una joven de la deseaba perdidamente su cuerpo. Distingo entre estar en su corazón, como sus nietecillos, y estar enamorado perdidamente, si ésta es otra forma de calificar el deseo. En este caso, Manuel no tenía a la joven en su corazón, pues ella no había querido entrar aún, y probablemente tampoco Manuel deseaba esto; era para Manuel una esperanza mientras la cultivaba en sus sueños, y muy posible que hubiese dado el fruto apetecido, fruto para degustar, se entiende, de haber perseberado en la espera. También se fue de los amigos, de las partidas de dómino, que le entusiasmaban. Y de otras muchas cosas Manuel se fue cuando decidió irse del pueblo.
Quién hasta aquí haya leído esta historia, sin duda está esperando que se diga por qué razón, si la había, Manuel decidió irse del pueblo. Una persona con tantos lazos afectivos, sin necesidad de emigrar por razones económicas, no se va del lugar donde aparentemente se alimenta su espíritu y promete a su cuerpo lo que desea.
Manuel, no se ha dicho, era una persona poco convencional. Tampoco era una persona normal en el sentido de racionalizar sus actos, de acuerdo con el medio en el que vivía.
Manuel se fue del pueblo y con todos los irse adjuntos, porque, así lo cuentan, estaba loco. Pero, así como irse del pueblo suponía englobar muchos otros “irse de”, la locura de Manuel también englobaba otras locuras.
Manuel tenía la locura, o más bien manía, de intentar sacar tres cosechas a su tierra preferida; esto era una obsesión imposible, ya que en aquel pueblo y comarca lo habitual era obtener una, como mucho dos. Él aseguraba a todo el mundo que un día lo conseguiría, pero lo cierto es que ni se había acercado y la gente se burlaba de su pretensión. Otra locura, si así puede calificarse, era que se bañaba, afeitaba y cambiaba de muda todos los días del año, cuando en aquella comarca, por lo general, esto se hacía los domingos. Para la gente de aquel lugar, pasaba por ser una locura más de Manuel, el tener una biblioteca en su casa con más de mil volúmenes, todos leídos. Y el colmo de la locura, para los lugareños, incluida su familia, lo suponía el hecho de que Manuel escribía poemas que luego intentaba recitar en cualquier acontecimiento, familiar o festivo, con las consiguientes risas por parte de todos, cuando no volverle la espalda e irse.
Manuel era un poeta, un soñador, y no podía vivir en un lugar donde se le consideraba un loco por ser tal cosa.
Yo no sé si era un motivo suficiente, pero esto sólo es un cuento, única forma de hacerlo verosímil, aunque sólo sea para poetas y soñadores.

miguel y la imaginacion

A Miguel le gustaba pensar en futuribles. Probablemente ni él mismo los creía realizables, pero, ¿quién se priva de tener ensoñaciones que además de gratuitas pueden producirte cierto placer? Todo el mundo recurrimos a nuestra imaginación para romper las amarras que nos atan a la realidad previsible.
Miguel, por razones de su oficio y vocación, soñaba con visitar aquellas tierras ubérrimas situadas más allá del Océano. Quería comprobar por sí mismo si era verdad que allí se encontraría con plantas que sólo su imaginación había configurado.
Pero esto era un subterfugio que ocultaba un deseo inconfesable. Miguel, escaso de emociones fuertes, quería participar, realmente, en un juego erótico que él había propiciado, virtualmente, en la pantalla de su ordenador. Se trataba de hacer el amor a tres o más al mismo tiempo. Si era como lo hacía a través de Internet, él se conformaría con hacerlo de una en una y añadirle el morbo de sentirse observado por las demás, incluso, quién sabe si se le abrirían las carnes de placer imaginando que era él el que observaba cómo lo hacían entre ellas.
Si parece aconsejable no hacer juicios de intenciones, lo que era cierto es que Miguel, metido como estaba en hacer realidad lo que era probable, un día se fue allá.
Pero su imaginación había idealizado tanto las situaciones que se encontraría, que fue todo un desencanto el que debió sufrir ante una realidad muy diferente.
Miguel volvió, y esta vez para siempre, a su realidad previsible, después de quemar las naves en las que viajan los sueños.

Miguel, de ese bosque encantado que formaba su hábitat cotidiano, entreveía alguna planta exótica que le llamaba la atención. La cultivaba para que no se secara o se marchitara. Había aprendido que las plantas son muy agradecidas –o se muestran agradecidas- si escuchan una música suave o se les susurra cerca algo así como “eres mi planta favorita”. Miguel, la única música que tenía a la mano era una partitura, ellegro ma non tropo, que tocaba con su flauta, cometiendo errores, naturalmente, pues su flauta era como la de Bartolo, con un agujero sólo. El conseguía algunos acordes a base de modular con sus labios –entiéndase labios, no labia-, ora poniéndolos hacia fuera, como los monos, ora hacia dentro, como los viejos cuando se quitan la dentadura postiza para ir a dormir. La planta que recibía tales delicias, hasta por la hojas le chorreaban perlas de gusto. Bueno, quizá lo de gusto sea un exceso, y lo que sucedía es que lloraban lágrimas. Cuando esto sucedía, Miguel se mostraba enternecido, y era, entonces, que le susurraba lo de “Pero cómo, ¿no te das cuenta que sólo a ti y nada más que a ti quiero complacer con mi flauta…?” A la planta se el estiraban las hojas lacias y expelía aromas que a Miguel le parecían conocidos de otras plantas, pero ya para él no era cuestión de fragancias el seguir cultivando una planta más y mejor que otras. Miguel la catalogaba, acariciaba de pasada sus hojas, y se iba a atender a otra que pedía su atención. Días había que terminaba agotado, pero él creía que era la única forma que tenía para llegar a ser un experto en botánica.

caoticas paginas sobre Miguel

Estas caóticas estampas sobre el personaje Miguel, que el autor está pergeñando, muy a su pesar parecen llevar a la confusión a más de un lector o lectora que me honran con su habitual visita a mi página. Mi experiencia, aunque pequeña, me lleva a concluir que, aunque el dicho “nunca llueve a gusto de todos” podría tener una aplicación universal, no lo creo válido para este caso. Y no lo creo, porque si en la parodia de un Miguel histriónico hay elementos que pudiesen identificarse con hechos reales, en cuyo caso el dicho se convertiría en “todos están descontentos con esta lluvia”, y lo sería con razón sobrada, en este caso al autor le gustaría –aunque supone imposible- que sus escritos fuesen siempre interpretados en clave literaria, sin buscarle otras connotaciones como denuncia, mofa, intento de ridiculización a personas de cuya amistad el autor se complace. Porque si hay otras personas que se sienten aludidas, ahí nada puede hacer, ya que el mimetismo de los lectores con los personajes de las obras literarias es libre y espontáneo, sin que se le pueda achacar responsabilidad al autor.
Pero el autor, que ha encontrado en Miguel un personaje con carácter dramático, rico en matices escénicos, no puede resignarse a que desparezca para no causar malhumor en algunas de sus amistades. Deberían entenderlo y elevar a sonrisa su mueca de disgusto. Y para que vean que sus sentimientos de verse identificadas divergen completamente de un incoherente Miguel, las invito a que lean lo que sigue.

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juan y su hermano antonio

Yo me llamo Juan y soy hermano mayor de Antonio. Nada de lo que voy a contar sería digno de ser contado si no fuese uno de esos relatos que parecen más bien cuentos; lo digo por el ingrediente fantástico que destila. Yo soy periodista y escribo como periodista; es decir, que lo mío es relatar acontecimientos ajustándome a los hechos ciertos, y aunque pueda, en mis ratos de ocio, escribir otras cosas puramente literarias, en este caso no puedo menos de recurrir al medio oficio de escritor de fantasías, que también soy, para poder contar un hecho real pero fantástico, muy a mi pesar, pues tratándose de mi hermano, bien quisiera que su caso no fuese tachado de cuento. El lector, por supuesto, podrá, si así lo desea, elegir entre considerarlo un relato o un cuento, sin tener en cuenta cuál sería mi deseo.

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la mitomana

Era una mitómana de las que los sicólogos, siquiatras y demás especies ocupadas en el estudio de lo raro que acontece en el cerebro del ser humano, hubiesen dicho que su tendencia a fabular la impulsaba luego a creerse ella misma uno de los personajes de sus fábulas. Y sucedía que, cuando no le quedaban personajes que mantener vivos en sus fabulaciones, se veía tan sola, que condenaba a todos por haberles mentido o haberla utilizado. No valía que estos se mostraran reales; eso era pecata minuta y ejercicio de evasión. Ella, para sentirse mito, necesitaba ser primus inter. pares en los círculos exquisitos de los que se rodeaba en su imaginación. No soportaba que alguien le dijera: mira, chica, pon los pies en la tierra y procura que no te muerdan las culebras, que los hombres suelen avisar o, al menos, se les ve venir en sus intenciones. No, ella, viviendo en tierra mítica, creía que sus elegidos nunca la traicionarían. Sucedía que la traición, para ella, era dejar de ser mito, pues entonces lo equiparaba a una culebra imprevisible. Y como los mitos son como humo que se desvanece cual fantasma que no consigue perpetuarse, ella, ahora, siente que se desvanece como mito de sus propias fábulas. Y sufre del síndrome de la levedad del ser, algo que, si le dura, la convertirá en pura evanescencia. Pero, aunque esto sólo describe un síntoma, quiero añadir que parecía buena persona.