¿Quién dijo que la vejez era bella?

Ayer me quedé enganchado a un documental que daban por la tele. El tema era conocido, reiterado infinitas veces, trataba sobre el golpe de estado que intentaron unos militares en España el 23 de febrero de 1981. Hoy se cumplen 40 años de aquel suceso. No esperaba nada nuevo y me disponía a cambiar de canal.

Por la pantalla comenzaron a desfilar los personajes, protagonistas pasivos, que aquel día se encontraban en el hemiciclo del Congreso, diputados y funcionarios. El documental discriminaba, por razón de espacio, y sólo mostraba el testimonio de aquellos más relevantes, caras conocidas, hacía tiempo alejadas de la política. Sucede lo mismo que con aquellas personas que se cruzaron en nuestras vidas por diversos motivos y circunstancias, que no hemos vuelto a ver desde hace mucho tiempo y que de ellas guardamos la foto fija de por entonces, no actualizada, y no podríamos ni por aproximación imaginar los cambios que se habrían producido en sus figuras. No los reconoceríamos si nos topáramos con ellos.

Ir viendo aquellos rostros con el correspondiente nombre al que pertenecían, sobradamente conocidos, me hizo recordar la reflexión que había escuchado y que venía a decir que la vejez era bella.

Si ese axioma se refiriese a su espíritu, quizá yo no tendría nada que decir ni demostrar en su contra. No era el caso. Eran sus rostros desnudos, sus cuerpos vestidos permanecían doblemente ocultos. Calvos o con escaso pelo blanco, ojos sin luz en las blanquecinas pupilas, empequeñecidos y sostenidos por bolsas de unos párpados abolsados, caras hirsutas, con mentones flácidos, hiperplasia en las orejas, cuellos estriados, sin ninguna musculatura, narices crecidas o aguileñas, cejas y pestañas esbozadas o inexistentes. Irreconocibles incluso prestándoles atención sostenida y buscando similitud, rasgo a rasgo, con el recuerdo que habías congelado de aquellos personajes.

Mantuve la atención tanto cuanto pude, el espectáculo era deprimente porque, inevitablemente, no pude evitar extrapolar aquella visión a mi realidad personal. Hasta ese instante, acostumbrado a los cambios paulatinos que yo había sufrido, nunca había pensado si mi vejez era bella o fea. En lugar de no reconocerme, como no reconocí aquellos personajes, sucedía algo paradójico: no recordaba qué aspecto tenía yo 40 años atrás.

Cerré la tele, cerré los ojos y concluí: la vejez no es bella ni fea, está, como en los alimentos y otros artículos de consumo, impresa en nuestros cuerpos, es la fecha de caducidad.

En clave de mono

Viendo esta fotografía, lo primero que sugiere es que estás ante un ser que piensa no como un animal. No es un ser humano y, sin embargo, podría serlo. Sólo porque puede serlo, esa expresión de su rostro tendría explicación. Analicemos en clave humana. Frente despejada, la ciencia concluye que dentro hay un cerebro con similitudes y diferencias con el humano, pocas. Pero, ¿es que no las hay entre los cerebros humanos? ¿Qué define al genio del hombre vulgar y torpe? Sus ojos, esa mirada inquisitiva: “tú, fotógrafo, ¿qué vas a decir de mí, me vas a sacar en Instagram junto a la foto de tu esposa?” Y esa boca que no dice “patata” porque no le apetece sonreír, rictus apropiado en una sesión fotográfica forzada: “mira, tú, fotógrafo, ya me estás cansando, ¿vas a poner a pie de foto que soy un mono para distinguirme de ti? Pues sí, soy un mono y tú un humano, la única diferencia es que tú eres un peligro para la vida y yo sólo quiero vivir”. En su aspecto general, nos está diciendo: “Estoy cansado de que me llaméis vuestro ancestro, si así fuese, me arrepiento de no haber abortado, el mundo no correría peligro de extinguirse.

Y yo, después de esta reflexión, sólo me queda decir: lástima, hermano, que no puedas hablar y salir en televisión en prime time o en hora de máxima audiencia, seguro que tendrías muchas cosas que decirnos a estos tus descendientes que nos consideramos superiores.

Y si el demonio te acosa

Me llamaste, niña, en mi condición de escritor. Debiste creer que sólo yo podría enfrentarme al demonio y conocer sus intenciones. A veces las palabras son estiletes capaces de parar los súcubos con apariencia de madres protectoras, el mayor de los peligros para una niña como tú. Dicen que te quieren, pero no te protegen. Huye de las manifestaciones de cariño que no van acompañadas de la protección.

Acepto protegerte, mi querida niña. Ya le he dicho al demonio que envío Lucifer para que te llevara con él y hacerte su concubina, que si por ventura quedara de él algo del ángel que fue, pídole a nuestro Señor que llore lágrimas de arena, que el mar las llevará a otra orilla donde algún niño como tú construya un castillo con ellas. Luego, inevitablemente, subirá la marea y destruirá el castillo, y de vos sólo quedará una lágrima, esta de amor, pero se diluirá en el mar hasta que se convierta en fértil lluvia. Mientras tanto, niña, sigue mi consejo, no sueñes con demonios, ni ángeles, ni dioses, todo es falso, todo es mentira, querida. Y si estuviese equivocado, que sepa que yo te protejo. Lo haré construyendo un muro de palabras que destruyan todos los mitos, los que te contaron y los que tú misma creaste en tus sueños.


Claudia

Claudia abría el ordenador nada más levantarse. Mientras se configuraba, iba a la cocina, se preparaba un café soluble y volvía a reunirse con su máquina, buscaba en las aplicaciones la Word y la abría con resolución. En Word habría Documento Nuevo y permanecía atenta unos segundos al cursor que parpadeaba, invitando con su guiño a que comenzara a teclear letras.

Al cabo de un par de horas, Claudia releía lo que había escrito, le daba a Guardar Como, y era entonces cuando le ponía título al documento. El siguiente paso era Dónde, que en principio elegía Escritorio. Cerraba Word y buscaba en Escritorio el icono de su escrito. En ese mismo escritorio Claudia tenía una Carpeta con el nombre Claudia. Arrastraba el icono recién incorporado a esa carpeta y cerraba el ordenador. La carpeta donde Claudia guardaba sus escritos estaba plagada de títulos, y sin razón explicable, esa carpeta sólo se abría con una clave encriptada. No había razón que explicara esa actitud, porque Claudia vivía sola y no se daba el caso de que alguien no autorizado pudiese, sin su permiso, acceder a lo que ella misma había convertido en misterioso.

Esa mañana, Claudia, por primera vez, cambió su rutina. Hasta depositar su escrito en formato Word en el escritorio todo fue igual. En el escritorio apareció un icono con un título nunca utilizado ni por aproximación por ningún autor, una interrogante de apertura, tres puntos e interrogante de cierre. Pareciera que Claudia no tenía claro el título para su último escrito y lo dejaba en interrogante por el momento.

Claudia, esa mañana, no dio por terminada la ruta que seguían sus escritos hasta desaparecer en la carpeta cerrada con la llave de una contraseña. Tenía reservado un enlace a un foro literario que le había llamado la atención por su aparente gran difusión. En alguna ocasión Claudia se había parado a leer alguna de las aportaciones, y todas le parecieron de un alto nivel literario. Con la duda que atenaza a cualquier escritor novel cuando se decide a publicar algún trabajo, Claudia permaneció largo tiempo con su último escrito abierto, releyendo entre lineas. Añadió alguna coma para hacer la lectura más cómoda y no quedar al lector sin aliento con frases interminables.

Claudia, ya sin vacilar, abrió el enlace del foro, buscó Aportaciones, la abrió y siguió las indicaciones de la ventana. Nombre, ciudad, un teléfono de contacto y adjunte su escrito aquí, aclaraba que sólo se hiciese en formato Word o PDF. Claudia cumplió con los requisitos de identificación y arrastró el icono .word al lugar indicado, le dio a remitir. Claudia se secó de la frente un sudor incipiente, producto del estrés que aquel heroico acto le había producido, cerró el ordenador y se fue al dormitorio, se tumbó en la cama y miró al techo. Pensamientos pesimistas, vergüenza al sentirse desnuda ante críticos exigentes, pensó que hubiese sido más coherente encerrar aquel escrito donde sólo ella pudiese leerlo, su timidez, su falta de autoestima no daba para exposiciones a tumba abierta.

Los días que siguieron, Claudia no escribió nada, estaba bloqueada, sólo abría el ordenador para ver el foro que debería sentenciar el mérito o demérito de su escrito enviado. Su frustración e inquietud crecían cada vez que el foro no se daba por enterado, su escrito no aparecía y, por tanto, no había lugar a juzgarlo.

Eran las diez de la mañana. Claudia limpiaba su apartamento. Sonó su teléfono móvil. Claudia dejó la tarea y escuchó. Apenas su piernas podían sostenerla de pie y se sentó en la silla más próxima. Siguió escuchando sin pronunciar palabra. Gracias, pudo articular como cierre de aquella llamada.

El foro había considerado extraordinario el escrito enviado por Claudia y le proponía presentarlo a un certamen literario prestigioso, con autores premiados que luego fueron primeras firmas en el mundo literario. El premio no era remunerado, sólo publicarían el título premiado.

¿…?. el título de la obra que Claudia envió al foro fue el que obtuvo el primer premio. La obra fue, consecuentemente, publicada. Su éxito fue tal, que a una edición siguió otra, agotada tan pronto salía a la venta. Una editora le ofreció publicar toda su obra. Claudia comenzó a creer en sí misma.

Lucía

Liviana, escuálida, inestable en su caminar sin rumbo,  Lucía parece la sombra de una representación artística de la miseria.  Tiene los ojos incrustados en la cara como dos esmeraldas sumidas en las cuencas de una calavera. Las greñas que cubren su cabeza caen ingrávidas y desordenadas. Los labios tienen una minima carnosidad y se repliegan sobre una dentadura ennegtecida y con múltiples pérdidas. Vestida con una camiseta sucia y una falda que. para que nada sea generoso en ella, le llega hasta la mitad  del femur, pues dicir muslos seria una ironía sarcastica. Lucía  no muestra nada que pueda perturbar a los ojos lascisvos de los hombres. Y ese cuerpo mínimo debe tener, sin embargo, un corazón que bombea  sangre como los arroyos que se forman en un desierto despues de una tempestad, sin fertilizarlo, un corazón que no sabe de amar y no haber sido amado. Su cerebro que no le pide acabar con su vida, quizá porque ni muerta devolveria a la tierra una minima recompensa. 

Un hombre de mediana edad la observa de cerca sin que Lucía se aperciba. El hombre ha determinado que ese despojo de mujer puede ser lo más importante que le haya sucedido en su vida.  Piensa que quizá sea irrecuperable, que los daños en su cuerpo sean irreversibles, pero está decidido a intentarlo. Se acerca más a ella yendo por detrás. Vacila. En un impulso heroico la toma del brazo, que se escurre entre su mano. Lucía no tiene la sensación de protección  que podia estar esperando, menos la de un intruso que quiera aprovecharse de ella. Lucía sólo siente que aquella mano le permite una mayor estabilidad en su erguida posición. El hombre la conduce hacia un automobil aparcado cerca. Le abre la puerta trasera, su olor no es muy gradable para llevarla de copiloto. Y parten con rumbo a un destino que ninguno tiene conciencia de que exista.

Lucia es hoy la esposa de Jaime. Es una de las mujeres mas bellas que cualquier hombre pudo soñar. Jaime no sólo esta enamorado de Lucia, su sentimiento va mas allá de lo puramente humano. Jaime cree que Dios fracasó donde él ha triunfado. 

Jose

En una tarde lluviosa, cuando la melancolía me envuelve y me pide que haga algo positivo o que llore

Esclavos o dependientes


¿Qué es esto?

¿Restos fósiles de animales prehistóricos?

Me apresuro a decir que no y, también, nada de lo que mis lectores puedan imaginar. ¿Tiene que ver con el título de esta entrada? No lo sé a ciencia cierta si habla de esclavitud o de dependencia.

Un esclavo es alguien que carece de libertad personal, que es propiedad de otra persona que dispone de su vida a su antojo. También se dice de alguien que es “dependiente” voluntario de alguien o algo, de lo que no puede sustraerse si ha de sentirse bien.

Una persona dependiente es alguien condicionado por algo o por alguien, pero no de forma esclavizante, puede disponer en todo o en parte sustraerse a esa dependencia.

Ambos términos tienen nexos comunes, voy a intentar separarlos en mi caso.

Si hay algo que me abruma, es descargar la cisterna del water y ver que no corre el agua, que no se lleva mis restos orgánicos normalmente a no sé dónde, que nunca me importó, luego parece resolverse por sí mismo. La sociedad me puso a mi ese servicio, servicio que pago, esa posibilidad impagable. Hasta aquí soy un hombre libre, no esclavo ni dependiente de mis detritus, salvo por causas propias, fisiológicas con solución.

Y sucedió. Esa mañana, y después de quedarme a gusto, pulsé el botón de la cisterna, Como siempre, me quedo observando el proceso. En esta ocasión desde el primer instante tuve la sensación de que aquello no iba como de costumbre. En lugar de tragarse el agua y lo demás con la fuerza de la succión, el nivel del agua comenzó a subir en la taza del water, el efecto Cariolis no apareció (El efecto Coriolis hace que un objeto se mueve sobre el radio de un disco en rotación, normalmente agua cuando se desagua), y aquello parecía una pequeña balsa emergente, perfecta para la flotación, perfecta para la observación permanente. Todo aquello que estaba acostumbrado a ver a diario y desaparecer, ahora parecía querer amargarme el día. Lo que veía era mío, sí, pero al apretar el botón de la cisterna le había dicho adiós.

Era un viernes. Un fontanero como mínimo podría venir el lunes siguiente. Yo no tenía otras ocupaciones y me dispuse a buscar la solución. En ese momento me sentí sólo dependiente, dependiente de un sistema que fallaba, sin experiencia previa para resolverlo. Pensé. Quizá metiendo una guía de fontanero que había utilizado antes para el fregadero de la cocina. Se tragó su longitud sin encontrar obstáculo. Algo más largo, concluí, y comencé a introducir un cable de telefonía con alma de acero. Metí y metí. Calculé que llevaba dentro más de diez metros y aún no había encontrado la resistencia esperada, aunque sí alguna. Lo saqué para comprobar si había topado con algo que podía aparecer en la punta, deduciría, así, que obstruía la tubería. Resultó un fiasco. El cable se había plegado, quizá en una curva, y la punta limpia. Se me ocurrió ir a la arqueta situada a treinta metros del water, fuera de la casa, allí descargaban los bajantes de las dos casas que luego usan un sistema común. Podía introducir una manguera hasta donde pudiera e inyectar agua a presión. Lo hice, pero sin resolver el problema en el primer intento. Pude meter una longitud de manguera algo superior al cable. Cuando ya no entraba más, la saqué con el mismo propósito, ver si me daba una pista del contenido del tapón. Y, efectivamente, el extremo de la manguera estaba impregnado de una sustancia indescriptible, parecida al jabón, de consistencia más sólida. Si era aquello lo que obstruía la cañería, sin acceso a ella por estar enterrada bajo la casa, el problema yo no lo podría resolver, quizá los fontaneros tuviesen máquinas para este tipo de problemas. Quizá el lunes pudiese quedar resuelto.

Me sentí dependiente de aquella “mierda” y acepté la esclavitud siguiente. Tenía todo el fin de semana para no sentirme un hombre libre , pero luchando por ganarme la libertad, que, al parecer, siempre te la debes estar ganando.

Lo que siguió fue una constante vejación. Cada intento por destruir aquel tapón era un fracaso. Podía, nunca mejor dicho, haber mandado a la mierda aquel asunto y esperar que el tiempo y alguien con medios lo resolviera. Pero no acostumbro a rendirme, amo la libertad hasta en los pequeños detalles, y durante horas seguí intentando destruir aquel tapón. Allí donde creía que la manguera topaba con él, yo la extraía y volvía a empujar de nuevo con más brío. Sólo al cabo de horas con ese procedimiento, en la arqueta sinfónica comenzó a aparecer unas cosas pequeñas, blanquecinas, que flotaban. Ya manchado de mierda hasta el codo, las saque con la mano para observarlas y pude confirmar que aquello bien podía ser el material que formaba el tapón. Aquella aparición y tener ya una clara evidencia, hizo que me animara. La manguera parecía la solución para destruir aquello que ahora me había convertido en esclavo. Y empujé y empujé. La libertad es un bien que ha de procurarse siempre, si no lo haces no tiene sentido tu vida.

Y como esperaba de mi denodado empeño, comenzaron a aparecer trozos más grandes cada vez de aquella materia, hasta que mi alegría fue la del ser que está prisionero contra su voluntad y de pronto consigue abrir la cerradura de la celda y poder, así, escapar a la libertad. Ahora ya aparecían trozos enormes, uno tras el otro que fui sacando. Había destruido el tapón. y el agua corría libremente. En la arqueta di la bien venida a todo lo que en la tubería se había acumulado, y puedo asegurar que aquella visión, lejos de de asquearme, me llenó de orgullo.

En la foto se puede apreciar la ingente materia extraída que me esclavizó durante horas. ¿La causa?, el jabón en polvo que se utiliza en las lavadoras de ropa.

La fama y la gloria

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Dice Frederick Forsyth en una entrevista: “No me interesan la fama ni la gloria, mi motivación literaria es vivir bien”

Al señor Forsyth le motiva sólo la buena vida que le permite la literatura. Menos mal que no es un filósofo, porque sería como para mandarlo a la mierda. El imagina sus historias como si fuesen productos de hacer dinero. Es consciente que sus lectores son algo taraos mentales, que compran lo que les echen. Me lo imagino ante su máquina de escribir analógica contando los billetes que van a producir cada párrafo. Borrando aquellos que no sean rentables. Sus libros se expondrán en stands colocados estratégicamente en los supermercados, lejos de la fruta, las verduras, la carne y el pescado, también en los escaparates de las librerías, ávidas de hacer caja, en las ferias de libros, al alcance de paletos, y todos los comprarán con la pretensión de parecer que compran cultura, pocos como un medio de esparcimiento, que para eso está la tele gratis. Son cuatrocientas, quinientas o más páginas que sólo ha costado treinta euros, una ganga, pensarán los que compran sus libros.


Frase o posición ante la vida que todos suscribiríamos. Especialmente si ya hubiésemos conseguido la fama y la gloria que, en vida, suele ir emparejada con el dinero. A partir de que la fama y la gloria se traduce en dinero, éstas dejan de tener sentido practico. La fama suele ser un coñazo que no te permite vivir en libertad, no tienes intimidad al aire libre, te persiguen los que te la otorgaron, un tropiezo personal en los estándares que te la dieron y la fama se esfuma. La gloria es una estupidez que comete aquel que cree haberla alcanzado; la gloria no se disfruta en vida, es algo que te reserva la muerte para que no estés muerto del todo.

Es envidia cochina, confieso que me gustaría tener la fama y la gloria de Frederick, y como él, sólo porque me permitiría vivir bien.

¡Ah! Soy un cateto, nunca compré un libro de este vende burras.

Confesión de una joven virgen

La joven siente la necesidad de decírselo a su madre, la tiene por su mejor amiga, es una madre moderna, abierta a las tendencias del momento, sin reparo a todas aquellas que rompen esquemas en las que ella fue educada y observó a la edad de su hija, anterior y posterior hasta que se fue agiornando a los nuevos tiempos.

La joven se dirige a su madre con la misma seguridad que para darle los buenos días.

–Mamá, quiero decirte algo.

Es la primera vez que su hija emplea ese críptico comienzo para hablar con ella. Debe ser algo importante, con cierta e implícita vacilación previa de su hija. Siempre fue directa, al grano, sin esperar la disposición de su madre a escucharla. La madre está de espalda a su hija, sentada ésta a la mesa de la cocina, preparando unas tostadas, unos huevos revueltos y bacon, amen de un batido de chocolate para su hija y un café con leche para ella. El padre y esposo se ha ido una hora antes al banco donde trabaja, con el tiempo medido para superar el tapón de tráfico que va a encontrarse. La joven va en el metro hasta una cierta parada y allí coge el autobús que la deja a las puertas de la universidad, donde acaba de comenzar el primer curso de psicología. La madre, sin volverse, algo inquieta por lo que pueda decirle su hija, le dice:

–Debe ser importante, querida, sabes que no necesitas ni permiso ni atraer mi atención, ¿qué quieres decirme?

No por la expectación lógica que ha despertado en su madre, ésta interrumpe el mismo ritmo preparando el desayuno. La joven guarda un silencio que parece una eternidad, el ambiente parece recargarse de presagios, la madre no se atreve a volverse para no tener que adivinar la tragedia en los ojos de su hija, si tiene que manifestar una emoción primera al escuchar a su hija, prefiere ocultársela, le dará tiempo a preparar la respuesta oportuna a la confesión que le haga. Al fin el silencio se rompe, la hija ya no tiene intención de andar con rodeos, y dice:

–Creo que Dios quiere que eche mi primer polvo.

Continuará, si Dios quiere.

Y Dios no quiso.

Este ensayo de atosigante naturalismo tiene una explicación. Los escritores que abusan de los textos naturalistas parecen creer que los lectores necesitan se les dé pelos y señales de las circunstancias que rodean a sus personajes. A veces he pensado que son algo idiotas al desestimar la capacidad del lector para imaginar lo sustancial que, para nada, modifica la trama principal. Es en un cínico ejercicio en el que he querido, de forma exagerada, poner ante el lector ante tamaño despropósito. Alguien me ha criticado, me parece bien, pero me hubiese gustado que el texto le pareciera lo que es.

Julen

Hoy me levanté pesimista. El pesimismo no es una patología. Tampoco un estado de ánimo. El pesimista razona sobre su existencia o sobre todo lo que le rodea que le afecta. Concluyes que algo está mal, que va a estar mal si no lo has constatado ya.

Ayer el rescate de Julen aún me permitía pensar que era posible rescatarlo con vida. Nadie del operativo del rescate hablaba de un final trágico, sólo decían que el niño Julen sería sacado del pozo, los mineros que nunca un compañero había sido dejado enterrado en la mina, y Julen era ahora su compañero. Los medios tampoco se atrevían a hacer pronóstico fatalistas, acostumbrados que están a llenar sus informativos o páginas de periódicos con el lado más oscuro de las noticias.

Hoy es ese día D que abrirá la luz a tanta oscuridad como ha envuelto este terrible suceso. Ya no ha lugar ser optimista, en horas se sabrá qué ha sido del niño Julen. En mi cabeza se agolpan imágenes de realidad aumentada. Análisis forenses para determinar todas las explicaciones posibles, sin margen de duda, del final, injusto en cualquier caso, inexplicable para la razón, del pequeño. Allí, en ese pozo de 70 metros no está el angel de la guarda de un niño de dos años infundiéndole aliento de vida; estará llorando su descuido, de paso mirará a Dios y le preguntará por qué el destino de los seres humanos no es de su incumbencia, a quién, entonces hay que pedirle cuentas.

Si por ventura no fuese lo que presiento, entonces tampoco creeré en ángeles de la guarda ni en el dios que proporciona la última esperanza; es demasiado cruel, simplemente, haber dejado que sucediera.

Y le respondí

La verdad que tu beso de despedida me supo a poco, pero con imaginación le saqué algo de partido. Tómalo como una broma, querida, no esperaba ese beso sin contenido explícito.

Ya casi no me acuerdo de tu “cuento”. Acostumbrado estoy a leer cosas de otros y otras en mi relación literaria con amigos en las letras, sólo analizo la calidad literaria de los escritos hot que me envían, luego, si te he leído no me acuerdo. Con lo tuyo me ha pasado igual. Después del shock que recibí en una primera lectura y en el que quise estar a tu altura en expresiones de igual tenor (algo menos), pasé a analizar literariamente el escrito. Me pareció notable para alguien a la que no le suponía inquietudes literarias sobre el amor y sus excesos. Quizá esa disposición  mía se debe a que en mi solitaria vida de vez en cuando veo porno para ver mi estado de forma, concluyendo siempre que estoy fatal, o que el porno no es la solución, quizá esto mío ya no lo levanta ni el gato de un coche. Sólo me queda la esperanza de que no sea así cuando tenga la ocasión de pasar de la imaginación a los hechos, pero no me planteo buscar esa posibilidad, me asusta la verdad. Así que tranquila, querida, que no me solazo, (solazo de a un a solas mayúsculo), con tu cuento, y lo siento, porque quizá pusiste al escribirlo buena intención de ayudarme. Así que nada de sentir vergüenza, si acaso porque crees que inevitablemente ibas a crear en mí un supuesto alcanzable, lo cuaL, YA DIGO, en mi caso no fue así. Tampoco lo tomes como un fracaso personal, repito que tu escrito me parece notable como literatura erótica. Si tienes algo más, me lo envías, ahora ya estoy vacunado, y en las comas y los puntos puedo enseñarte, en lo demás, seguramente aprenderé mucho de tu forma de estructurar los relatos calientes.
Otra cosa en la que sí me sorprendiste fue en tu declaración de lo que te sucedió hace mucho tiempo. Eso no fue literatura.  Casualmente por entonces yo también te “soñé” en alguna ocasión. Me gustaba tu pelo largo azabache, tu boca pintada con intención provocativa, tus piernas largas y de carnes firmes y, sobre todo, tu trasero, tu trasero, por dios, que imaginaba el centro del universo, y quizá lo siga siendo. Pero de aquel pasado ya sólo podemos lamentar que no aprovecháramos la ocasión, cuando, al menos yo, estaba en plena forma.
Un beso, como quieras sentirlo, querida.