Estar bien o estar mal

Hola, ¿cómo estáis? No necesito que me respondáis, en realidad no me interesa saberlo. Normal, vosotros tampoco estáis interesados en saber cómo estoy yo. Es así, para qué engañarnos. Porque, vamos a ver, es que ni siquiera sé cómo estoy  yo, si me preguntárais,  estar bien o mal es algo relativo.

Probemos si estoy en lo cierto. “Hola, José, ¿cómo estás”?. Perdón, ¿quién me pregunta? ¿He escuchado mal? ¿Por qué te interesa saber cómo estoy? No respondes, no sabes por qué me preguntas. Ah!, es una fórmula cortés. No estoy, pues, obligado a contestarte. O sí, puedo responderte con un “bien” lácónico, y me ahorro ser más explícito. No tengo interés en decirte que en realidad estoy asquerosamente bien, hasta te podría molestar, a quedarte sin salida para seguir conversando sobre lo que significa estar bien. Tú no me preguntarías por qué estoy bien. En cambio, te daría una buena ocasión si te dijera que estoy mal, ya que tú me preguntarías, sin dudarlo, “¿qué te pasa?”. Y como acabo de venir del médico, te traslado su diagnóstico, literal: “tienes un feo grano en el culo, que seguro te hace ver las estrellas, muy doloroso, sí, pero puedes alegrarte, porque no es grave”. Y tú añadirías, “entonces no estás mal, digamos que tienes un grano en el culo que no es grave” Yo me encogeria de hombros, impotente para contradecirte. Tú, el medico y yo tenemos una percepcion diferente del significado de estar bien o estar mal, te diria. Y pasaríamos a otra cosa, salvo que quisieras darme el remedio de tu abuela para granos en el culo.

Imagina, ahora que te digo que estoy bien, y sin que me preguntes, porque no me preguntarias,  me pongo a desarrollar en qué me baso para afirmar tal cosa,  diciendo que vengo del medico, que le llevé dos prescripciones, una ecografia de abdomen y una analitica de marcadores tumorales, y que de ambas pruebas se deduce que estoy como una  fresca rosa, ni rastros de cancer. Y tu repetirias parecido que el medico, “puedes alegrarte, porque a tu edad es raro no tener alguna cosilla, ni siquiera un grano en el culo”. Para mis adentros mascullaria. Cabrón, podias haber dicho “me alegro”, pero, no, sólo yo debo alegrarme de estar bien por una especie de suerte, que lo normal es que a mi edad estuviera para echarme a los leones.

Y aqui lo dejo, solo queria reflexionar sobre la soledad con la que nuestro bienestar o padecimiento es un motivo de indiferencia para los demas, todo lo más una ocasion para expresar un cumplido cortés, y si no, haz la prueba. Bueno, tendría que hacer una salvedad, la de la persona que te quiere.

Nuestro futuro

El texto entrecomillado que adjunto es la transcripción literal de la declaración de uno de los personajes de la serie Halt and Catch Fire. Un informático que salió del torbellino brutal de las redes emergentes, suicidándose. Su mente clarividente no pudo soportar la responsabilidad de ser parte cualificada de  la asombrosa ténica naciente y las consecuencias para el ser humano, inerme para encauzarla, y prefirió no ser testigo de su poder destuctivo. Inútil advertencia, pues la ciencia cuando descubre un camino nuevo, lo transita hasta agotar su horizonte. No obstante, me pareció clarificador para todos los que celebramos los avances de la ciencia,  pensando que estaremos mejor y seremos mejor en el futuro. Si la advertencia de este joven no cae en saco roto, quizá podamos realizar un nuevo trabajo de Hércules y poner puertas al campo.

“Yo, (omito el nombre para no hacer spoiler). liberé el código fuente de M. U. Actué solo, nadie me ayudó y nadie me dijo que lo hiciese, lo hice porque la seguridad es un mito. Contrariamente a lo que hayáis oído, amigos, no estáis a salvo. La seguridad es un cuento chino, es algo que enseñamos a los niños para que puedan dormir por las noches, pero sabemos que no es real. Tened cuidado, desconcertados humanos. Cuidado con los falsos profetas que os venderán un futuro lleno de promesas. Falsos mundos con líderes profetas, malos profesores y empresas turbias. Cuidado con los policías y ladrones, de esos que roban vuestros sueños. Pero, sobre todo, tened cuidado con los demás, porque todo está a punto de cambiar. El mundo se abrirá de par en par. Hay algo en el horizonte, una conectividad enorme. Las barreras entre nosotros desaparecerán, y no estamos preparados para ello. Nos haremos daño de formas nuevas. Venderemos y seremos vendidos. Expondremos nuestro yo mas sensible únicamente para que nos ridiculicen y humillen. Seremos vulnerables y pagaremos las consecuencias. No podremos seguir fnigiendo que podemos protegernos a nosotros mismos. Es un peligro enorme, un riesgo gigantesco. Pero valdría la pena si, ojala, pudiésemos aprender a cuidar unos de otros. De ese modo, esa asombrosa y destructiva conductividad no nos aislaría, no haria que al final nos sintiésemos totalmente solos”.

Nota.

La palabra conductividad ( no confundir con conectividad) se refiere, en su acepción más general, a la capacidad de los materiales para transmitir la electricidad o el calor. El personaje, no sé si por culpa del doblaje, usa esa expresión en su declaración. Tengo mis dudas. No sé si refiere a la posibilidad, casi sin límite, de transmitir datos vía cable telefónico, ondas hertzianas u otras por descubrir. En cualquier caso, hoy 35 años después, ya lo estamos viendo. A nadie se le escapa este prodigio que permite la comunicación, para bien o para mal, de los humanos. Del uso que hacemos de esta técnica, bien parece que el autor de la anterior reflexión no iba desencaminado. Sólo los que viven a espaldas de ella están a salvo, y no son muchos, probablemente ninguno en el futuro. Mirad cómo  esos seres humanos de hoy, casi de forma unánime, llevan pegado al cuerpo  un artilugio mecánico que los acerca a un cyborg: cascos, teléfono móvil, tableta pc,  etc., y cómo en cualquier lugar en el que se encuentren se los ve desaforados comunicándose con familia, con amigos, con desconocidos, llevando sus perfiles a cualquier lugar del mundo, sin preocuparse de que esa información pueda ser utilizada para fines bastardos. Luego se quejan, sin aceptar que en el pecado llevan la penitencia.

No sé si estoy en disposición de ser un ejemplo. No soy miembro de ninguna de estas doce redes sociales ni de otras de rango inferior, Trabajo me ha costado vencer la tentación. Aún así, en muchas ocasiones me siento desnudo e inerme, sin otro recurso que ignorar que pueda ser utilizado.

Testamento vital de Antonio

El cuarteto habitual de jubilados que se reunía en el club para jugar a cartas, tomar café y hablar de todo y de nada, sacó a colación eso tan siniestro como el testamento vital, o declaración vital de voluntad anticipada. Uno de los presentes lo había hecho, explicó en qué consistía y cómo hacerlo.

A Antonio le pareció no sólo interesante, sino una buena decisión. Y la puso en práctica.

Antonio cayó enfermo de gravedad y fue internado en el hospital hasta que falleció.

En  momentos aún de lucidez, le había confesado a su médico habitual que había hecho testamento vital y que le hacía depositario único y confidencial del mismo, confiando en él para que se cumpliera Íntegramente. El médico aceptó la confidencia.

Ya de cuerpo presente, el médico y una enfermera se reunieron con la esposa para comunicarle la circunstancia. La esposa desconocía que su marido hubiese hecho aquello, que le sonó a chino, y preguntó.

—Doctor, ¿no le habrá dejado nada a alguien que no sea su esposa, ya que hijos no tenemos?

El médico, que no se extrañaba de la ignorancia de la la esposa, le explico que un testamento vital no era un testamento normal, que se refería a cómo deseaba morir y, si acaso, a la donación de sus órganos para transplantes  y otros menesteres que la ciencia pudiese aprovechar. La esposa se quedó más tranquila, aunque siguió preguntando.

—Doctor, y cuando ustedes se queden con lo que valga, ¿qué hacen con el resto?

El doctor, condescendiente, le dijo que también eso lo habría dispuesto el finado, y que le entregarían los restos para darle sepultura o se incinerarían y le entregarían las cenizas.

—Yo prefiero que le incineren, que hoy cuesta mucho dinero enterrar y, total, para nada.

—Señora, deberemos cumplir todos con su voluntad,—le dijo el doctor.

La viuda no cejaba, y apuntó.

—Doctor, si puede, quisiera que me entregara las coronas de oro de varios implantes que le hicieron a mi marido. Ah, y el anillo de nuestra boda, que también es de oro, y no pude extrarelo porque le había engordado el dedo.

El doctor ya se impacientaba. La enfermera que estaba a su lado, conteniendo la risa, se acerca más al médico y le susurra.

—Alfredo, pregúntale qué quiere que hagamos con los genitales.

El doctor le dio un codazo que la enfermera entendió como que cerrara la boca, y se dirigió a la señora.

—Lo tendremos en cuenta, señora, pero sólo si es factible. Aunque  le repito que deberemos cumplir estrictamente con la voluntad de su marido.

Doctor y enfermera se fueron. Antonio había muerto de parada cardiaca, le retiraron el vial y el tubo de oxigeno, únicos instrumentos de supervivencia utilizados, y el cuerpo  fue llevado a la sala de transplantes de órganos, donde le examinarían según el protocolo establecido para el caso. El doctor, responsable de que se cumpliera la voluntad de Antonio, pasaría por allí para dar cuenta a sus colegas sobre lo dispuesto.

No era un testamento formal al uso. Quizá Antonio no había interpretado bien su finalidad y se dejó llevar del instinto. El Doctor depositario abrió el sobre y leyó a sus dos colegas

“Quiero que de mi cuerpo utilicen sólo el corazón. Si puede ser para que se lo trasplanten a una mujer joven que tenga el suyo en mal estado. Habré muerto sin haber confesado a nadie que mi corazón era el de una mujer en un cuerpo de hombre, y habré muerto con esa frustración y pena. Así lo firmo, para que se haga cumplir, en pleno uso de mis facultades mentales”.

El doctor cerró la hoja de papel y los doctores de trasplantes se miraron. No podían creer lo que habían oído.

Desgraciadamente, y muy pesarosos, no pudieron cumplir con la voluntad de Antonio, su corazón, según el historial médico, había tenido dos infartos que le le hacían inservible.

El anillo de boda se lo extrajeron fácilmente, pasada la primera hora después del fallecimiento, el dedo se había desinflamado. Se lo entregaron a la esposa, que preguntó

—¿Y las coronas de oro?

—Señora, no hemos conseguido que su difunto marido abriera la boca. Su cuerpo se incinerará según usted manifestó preferir, ya que en su testamento vital nada se decía al respecto.

Aquel testamento vital corrió como la pólvora de boca en boca por el hospital, sin decir, claro, quién lo había suscrito. Era igual, el contenido de aquel testamento suponía un grandioso monumento a la soledad con la que algunos seres humanos viven su vida. Más de uno y una empañaron sus ojos de lágrimas cuando se enteraron de lo dispuesto por alguien anónimo, que hubiesen querido conocer, quizá para mirarse en su espejo.

Debo confesar que…

No se me había ocurrido. Hoy me levanté con un pensamiento que no habia tenido antes. Quizá fue movido por haber observado el día anterior la estadística de visitas a mi blog. Ella me daba cuenta de una aceptación no “trending topic”, pero suficiente para justificar lo que escribo. A fin de cuentas, ya no pretendo el Nobel, ni siquiera un best seller, si estos pensamientos pasaron por mi cabeza en algún momento del pasado, que probablemente no.

Recuerdo mi vieja página, hoy desaparecida. Se movía al compas de la efervescente actividad de mi participación en los foros, más o menos literarios, de la época. No era díficil que mi “page counter” alcanzara las 50.000 vistas, si cada foro podía tener de cincuenta miembros participantes. No le daba importancia, pues los curiosos entran en las páginas de todo tipo a ver qué hay, para cerrarlas después de leer el primer titular. Ahora, en este nuevo blog, el número de vistas es más modesto, aunque presumo que son de más calidad. Dos reclamos deben ser los que impulsan  a abrir mi blog. Uno es el que yo fuerzo con el envío del enlace a un nuevo escrito a unas 30 personas, amigos y familia, que sé no se van a enfadar por invadir sus correos con publicidad no deseada. Los envío CCO, con copia oculta. Esto quiere decir que nadie conoce las direcciones de correo de los demás. Hasta aquí correcto. Donde hoy pensé que no estaba siendo políticamente correcto, era que enviaba esos enlaces sin un saludo de cabecera y final; era como si le tirara migas de pan a las palomas.

Queridos amig@s y familia. Primero gracias por vuestra generosidad, segundo disculpas que os ofrezco sinceras.  A partir de ahora voy a seguir lo mismo, pues no creo procedente saludar a mis 30 incondicionales con esa modalidad de copia oculta. Y cuando recibáis uno de  mis escritos, cada uno pensad que os saludo de forma individual y con mi mayor afecto.

Josë

La Cabra.

Eran tiempos de postguerra civil española, universal para escritores universales que encontraron su universalidad escribiendo sobre una guerra fraticida, romántica, incomprensible hasta que se desencadenó, pocos años más tarde, la gran guerra en el viejo continente con la participación, cómo no, de los norteamericanos, siempre prestos a entrar en todos los fregados. Pero sus plumas no apuntaron a hechos cotidianos, aquellos que el hambre daba covertura y razón de ser en una  España devastada y bloqueada por tierra mar y aire, sin más recursos que los propios de un un solar cercado por las potencias antifascistas.

Yo viví uno de los episodios que hoy me atrevo  a  considerar ingénuo, en la circunstancia actual de un consumo gratis de porno duro que ya parece insuperable en su degradación.

Tendría esos pocos años que marcan una edad entre la niñez ingénua y la conflictiva de una pubertad sin salidas. Mi padre era guardia civil, y con mi madre vivíamos en la casa cuartel, habilitado para alojar a los civiles y a sus familias. La curiosidad propia de mi edad, que se alimentaba de todo aquello que le parecía extraño, me impulsaba a tener los ojos y oídos abiertos para captar los que sucedía en el cuartel.

Y como en una película en blanco y negro, hoy pasan las imágenes y hasta los sonidos de escenas que viví, permaneciendo cerca de la habitación en la que el sargento, máximo grado en aquel cuartel, investigaba aquellos actos   presuntamente delictivos que le traían los guardias.

No es que tenga una mente sucia, capaz de elucubrar hechos que sólo la imaginación lleve al teclado donde escribo. Lo que relato no es producto de mi imaginación, sucedieron, y sólo lamento que no disponga de todos los detalles, aunque la historia, descrita a grandes pinceladas, da como resultado un cuadro que merece ser contemplado. Por eso lo presento.

Era frecuente que a los pueblos se acercaran saltimbanquis que se ganaban la mísera vida dando espectáculos que a la buena y analfabeta gente atraían como ahora lo haría un musical, un espectáculo de luz y sonido, un concierto. No había otra cosa, ni siquiera un cine donde contemplar escenas que se salieran de la cutre rutina de sus vidas.

¿Y por qué traigo yo a colación esta historia que voy a contar? Pues porque adicto de Google, me topo con la foto que adjunto en este relato. Se trata de un foto que me ha hecho regresar 75 años, y a como si lo estuviera viendo, que se dice.

Un tirititero o saltimbanqui, siempre gitano aunque fuese payo muerto de hambre, fue llevado al cuartel por una pareja de la guardia civil. Según pude oir y entender, iba a ser acusado de ofrecer su cabra a un vecino, el más rico del pueblo, para que su hijo, algo tontorrón o retraido mental, se follara a la cabra y puediese, así, alcanzar la categoría de hombre hecho y derecho. El delito, al parecer, estaba tipificado como corrupción de menores, y era por eso que el tirititero había sido conducido a declarar. El dueño de la cabra, o su proxeneta, al parecer ya tenía antecedentes de prácticas mercantiles parecidas, pero ahora interesaba a la autoridad saber quién había sido el cliente que le había utilizado para desvirgar a su hijo, a la zazón menor  de dad, pues tenía 20 años, a punto de cumplir la mayoría fijada entonces en los 21. Quizá el padre debió pensar que era la ocasión, ya que el tirititero no volvería por allí en mucho tiempo y no soportaba la idea de tener un hijo que sólo llevándole de putas a la capital, podría hacer de él un hombre. También porque el tirititero y la cabra nunca hablarían de ello, así la ocasión la pintaban calva, y la aprovechó. ¿Que cómo trascendió para llegar a la guardia civil? Pues porque un vecino del  padre celestino pudo verlos en el corral desde una ventana que daba al mismo, y que temeroso del poder de su vecino, sólo le dijo a los guardias que el tirititero comerciaba carnalmente con la cabra, y que eran menores en ese caso. Los guadias, como primera providencia, llamaron al tirititero, luego al vecino, luego al padre, luego pidieron traer la cabra para que la examinara el veterinario.

Y ya no recuerdo más, sólo que a partir de entonces, y dados en los pueblos a poner motes, al joven tontorrón, lo llamaron follacabras, y seguro que murió  de viejo sin quitarse la cabra de encima.

 

San Valentin

Pues eso, que hoy es el día de San Valentin, y al decir de los enamorados, su patrón. Pobres enamorados que necesitan de un empuje para manifestar que se aman. Menos mal que sólo es un día al año y no no hay mal que cien años dure, porque no quiero imaginar que dos enamorados se tuviesen que intercambiar flores, libros, una cena romántica cada día, y qué digo cada día, cada vez que se encontraran en el salón, en el pasillo, en la cocina de la casa. “Amor, toma esto en prueba de mi amor”. “Y tú, mi cielo, toma esto en prueba del mío”. Y luego se besaran, con mayor o menor pasión. Qué dependencia, señor! Y sin mencionar la noche, en la que ambos estarían obligados a cumplir.

Vale, San Valentín es un santo que hizo cosas para ser santo, y aunque han pasado muchos años para tenerlo como el patrón de los enamorados que necesitan, por lo menos una vez al año para renovar sus votos, ya las firmas comerciales se encargan de recordárselo. En ocasiones, a algún despistado como yo, le llega un correo con un “Hoy es San Valentín, José…”,  y yo dejo todo para ir a comprarle un huesecito a mi perrita Lola, a la que amo. No soy tan escéptico como parezco.

Iba a terminar ahí, que al releerlo por si faltara alguna coma, recordé a los que un día como hoy el amor es un recordar amargo.  Y para ellos este poemilla mío que no dice nada y lo dice todo, según para quien lo lea.

Golondrina,

¿Dónde has estado?

¿Qué otros nidos visitado?

¿Qué otros cantos escuchado?

Dejaste mi corazón enamorado,

¿Lo sabías?

(JDD. 2000)

Pues nada, San Valentín proveerá.

Mario

 

Hoy voy a escribir de Mario

Mario no es un personajes de ficción, aunque, por sus características, cualquiera que no sea yo podría muy bien considerarlo. Mario es tan especial, que muchas veces pienso que no es de este mundo. Sí, porque acostumbrados estamos al prototipo del hombre perfecto, modelo de virtud y también prototipo de hombre cúmulo de imperfecciones, de vicios. Prototipo no es aplicable a Mario, a una cualidad de Mario, que de serlo, sería cambiante según qué circunstancias. En cambio, estereotipo sí podría ser una buena definición, por cuanto se refiere a algo inmutable. ¿Pero inmutable en qué, a qué condición tendría que referirse, a que es perfecto, un modelo de virtud, un cúmulo insuperable de vicios? Llego aquí con la duda de que exista una palabra que defina sin ambages a Mario. ¿Y eso importa? Aunque existan muchas personas que le conocen y surja de sus bocas espontáneamente una definición, cada una de ellas escogerá la que más le acomode. Será, en definitiva, mejor que muchos y peor que algunos pocos. La esencia de Mario es indefinible por principio, Mario está muy por encima de poder ser catalogado. O quizá sí, pero no podré hacerlo yo, que soy su padre.

Mario, mañana cumples medio siglo de vida, y lo que sí quiero y puedo decirte es que te quiero como eres. No cambies, sólo podría ser para peor.

Que tengas un buen día, hijo.

Del asombro a la infinita tristeza

Las fotos aquí mostradas corresponden a otros momentos de la historia de una niña, sí, una niña que tenía sólo, digo bien, sólo 5 años cuando dio a luz a su hijo. Un buen tema para un escritor de ficciones, salvo que éste lo sería de un ser real. Ya están otros que lo están intentando,  por seguro  que mientras se frotan las manos pensando en el botín de lo que suponen sería un best seller.

Quiero creer que las fotos son reales y no un fotomontaje. El artículo periodístico de donde las he extraído parece verosímil, “Lina Medina, una madre a los 5 años, autor Martín Mucha”, que se esfuerza en darnos pruebas de no ser una invención. Como le creo, y aunque sólo sea porque se añade a otras historias igualmente reales e igualmente inverosímiles, rescato aquí un poema que escribí hace 16 años. No recuerdo si fue inspirado por algo similar. Debió serlo, porque mi mente no es tan sucia como la del dios que lo permitió

Maldita sea tu mano todopoderosa,
Que no libera a tu hija predilecta…!
Incestuoso intento de gozarla…
Si yo poseyera toda la palabra del Universo,
Te sentenciaría a escucharme eternamente…
Hasta que te durmieras en la matriz de una loba…
Hasta que todos tus sueños fueran las pesadillas de los hombres…

Hasta que gritaras “¡Basta!, me rindo!”.

Escapa, niña, a sus intentos.
Vuélvete arena entre sus dedos.
Llena el mar hasta que surja una isla.
Deja que de ella tomen posesión las mariposas.

Préndete de sus patas y… ¡vuela!
No es un grito lo que escuchas;
Es mi alma que repta hasta mi boca
Y araña mis entrañas;
Es el dolor de no sentirte.
(JDD 2001)

Lina      

actualmente, con 84 años recordando

Todo cambia, nada permanece

Me despierto, son la cuatro de la madrugada. Abro el ordenador.  Leo en los medios digitales  que el cometa  McNaught, de 90 kms. de diámetro, ha chocado con un cuerpo errante y había desplazado su trayectoria de la calculada con margen de error cero    por los astrónomos. Dejo el ordenador y conecto la televisión.  Un solo tema. No han verificado aún la nueva trayectoria, tomará tiempo, pero avanzan que podría dirigirse a la Tierra. Se consultan otras fuentes que están implicadas en el seguimiento y todas silencian  lo que se intuye como el fin de este mundo. Presidentes, primeros ministros de los países con tecnologías avanzadas, se dirigen con urgencia  por televisión a sus ciudadanos. Intentan tranquilizarlos. Hoy estos países disponen de cohetes con carga nuclear capaces de destruir cualquier objeto intruso que amenace la Tierra, y así se hará si el cometa llega a suponer el peligro que se le atribuye. Otros, en cambio, no parecen tener interés en minimizar la catástrofe y auguran, cuanto menos, una destrucción masiva del 90%. Más, incluso, que el precedente de los dinosaurios.   Pasa el tiempo y con él la actividad frenética de la información. Por un momento pienso que debo estar soñando con esa película que ya he visto. Pero no, no estoy soñando, porque miro el reloj  y compruebo que marca los segundos. Porque me acerco a un jarrón con flores, y percibo su perfume. Una mosca revolotea cerca de mí y oigo el aleteo de sus alas. Todas las cosas están en su sitio, los muebles, los cuadros, mis libros… En los sueños no existe la precisión porque todo parece cambiante .

Ahora mis pensamientos están tratando de comprender la situación, el final de la vida, al menos la de este mundo, y que con suerte se salvará una pequeña porción no identificable con un ser humano. Si sucede lo que parece inevitable,  yo, mi familia, mis amigos no estaremos vivos después del impacto. No me detengo en pensamientos que podrían  aliviar mi inquietud del momento, como tomar prestados los que otros estarán considerando: la vida después de la muerte, el cielo prometido, la reencarnación y cualquier otro que relativice la muerte y con ella el fin . En cambio si me afirmo en la convicción de ser producto del azar, un azar que ahora no respeta lo que yo desearía, algo más de vida para mí y para los seres que amo, y también, por qué no, para el resto de la humanidad, que se estará preguntando para qué le dieron un poco de existencia, un destino absurdo, que sólo se justificaría si no fuésemos otra cosa que una consecuencia más del universo caótico en el que todo cambia y nada permanece.

Ya han pasado las horas, los días, siglos y aún el cometa no ha chocado con la tierra. Y yo, un ser atemporal, pronosticando que será en cualquier momento.

Amaia

Magia, apoteósica, sublile, alucinante, increible, dulzura, puereza, sentimiento puro, desgarro en el corazón, dolor, alegría, calor, hipnotiza, única, diosa, fantasía, maravilla….

Esos y otros muchos adjetivos de parecida expresión de admiración no son sinónimos de un diccionario de sinónimos, son las expresiones que Amaia ha provocado en los que han seguido su aparición en Operación Triunfo, un reality de laTelevisón Española. ¿Y quién es Amaia? Amaia es una concursante hasta ahora desconocida que hace tres meses se presentó a un casting esperando ser elegida. Tenía 18 años, ahora 19, y fue elegida con otros 16 chicos y chicas para pasarse 3 meses en una academia ad hoc, donde serían formados por un elenco de profesores de diversas disciplinas relacionadas con la interpretación musical. Amaia desde el principio destacó por esos calificativos, absolutame merecidos en cada una de sus actuaciones. ¿Y cómo era posible tal portento, y hasta milagro humano, que alcanzara la excelencia de un personaje literario de ficción? Porque no concivo que exista una persona real que pueda acaparar tantas bondades, imposible sin ninguna mácula que la acercara a un ser humano, que tiene que ser necesariamente imperfecto para no ser considerado un mito. No me gustan, no creo en los mitos, y para que Amaía fuese sólo un ser humano,  alguien tenía  que intentar romper esa cadena de elogios interminables. Y lo encontré. Ese alguien dijo de ella: “Es pura bazofia”.  Después del shock, me repuse al recordar una frase célebre de Voltaire: “Los prejuicios son la razón de los imbéciles¨. Pero en ese momento no tuve claro el significado de Prejuicio, y me fui a la RAE. La Real Academía de la Lengua define “Prejuicio” asi: “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”. Podía ser, y yo tenía que añadir algo más: y que pretende brillar por encima de los demás con luz que no tiene.

Pero gracias a ese imbécil había conseguido que Amaia fuese para mí un ser humano y no un mito, y como tal, hacer posible que, a partir de ahora, crea que no todo está perdido, que ocasionalmente un ser humano puede reivindicar el derecho a vivir, y con él todos los demás, aunque entre ellos haya algún imbécil.