por que soy como soy

¿Por qué soy como soy, cuando todo parece estar contra mí? Nada me consuela, nada me restituye la normalidad. ¿Qué puedo hacer para que los abrojos se vuelvan flores, los caminos transitables en paseos reparadores, las otras almas latan a mi lado sus penas y alegrías? ¿Qué puedo hacer que no me sienta abandonado a mi suerte, la suerte del miserable? Si alguien me dice ¡vive!, yo sólo siento que muero. Si alguien me ofrece flores, temo por las espinas de sus tallos. Si alguien me muestra un camino de sosiego, yo temo a los precipicios que acechan. Si alguien me muestra su alma, yo la confundo con un corazón enfermo. Cuando me veo miserable, me aferro a ese destino incontingente.
Así, y hasta el infinito, languidecía en parecidos monólogos Manuel. Pero, lejos de revelarse contra ese destino que él consideraba inevitable, Manuel sólo deseaba morir y así llegar a término sus desdichas. Un día, después de parecida tanda de salmodias que acompañaban a su levantarse, no había dado dos pasos en su dormitorio, cuando advirtió que una cucaracha se cruzaba en su camino. Manuel no intentó cazarla y menos aplastarla; en su lugar, se paró a observarla en su rápido caminar en busca de refugio seguro. Cuando la cucaracha desapareció de su vista porque se metió bajo la cama, Manuel levantó los faldones de la colcha y vio que la cucaracha, en la semioscuridad, estaba inmóvil. Manuel no la importunó, se sentó en la cama y se hablo así:
Esta cucaracha, tan miserable como yo, tiene al menos deseos de vivir; hace lo que su instinto le dice que debe hacer, ocultarse del peligro que le supondría perder la vida. Cuando haya considerado que el peligro ha pasado, saldrá de su escondite y buscará todo aquello que su naturaleza le demande: comida, apareamiento, qué se yo. En cambio yo, languidezco en la oscuridad, sin otros peligros que los que yo me invento. ¿Cómo voy yo a disuadirme de que el peligro ha pasado si soy yo mismo el que crea los peligros? Me he estado siempre preguntado por qué esto y aquello que me atenazaba en la sombra y ahora creo tener la respuesta: esta cucaracha sólo tiene instinto, en cambio yo tengo deseos de morir y mi pesadumbre es el veneno que me mata, ¿por qué habría de prescindir de él?

manuel se fue de su pueblo

Manuel se fue un día de su pueblo. Este irse de su pueblo englobaba otros muchos irse. Dejaba atrás sus tierras de labor, pero habría que especificar, porque Manuel tenía muchas, aunque sólo una era su preferida, a la que amaba casi con pasión; era, por supuesto, la que más cuidaba, a la que más esfuerzos dedicaba. Otro irse particular, fue abandonar a su familia. Pero al igual que con las tierras, también aquí Manuel tenía sus preferencias. La esposa ya era un hábito; los hijos, todos se habían ido del hogar, y aunque permanecían en el pueblo, tenían sus vidas ajenas casi completamente a la suya. Pero tenía un nieto y una nieta que ocupaban por completo su corazón. Aun así, todos quedaron atrás. Y otro irse fue de una joven de la deseaba perdidamente su cuerpo. Distingo entre estar en su corazón, como sus nietecillos, y estar enamorado perdidamente, si ésta es otra forma de calificar el deseo. En este caso, Manuel no tenía a la joven en su corazón, pues ella no había querido entrar aún, y probablemente tampoco Manuel deseaba esto; era para Manuel una esperanza mientras la cultivaba en sus sueños, y muy posible que hubiese dado el fruto apetecido, fruto para degustar, se entiende, de haber perseberado en la espera. También se fue de los amigos, de las partidas de dómino, que le entusiasmaban. Y de otras muchas cosas Manuel se fue cuando decidió irse del pueblo.
Quién hasta aquí haya leído esta historia, sin duda está esperando que se diga por qué razón, si la había, Manuel decidió irse del pueblo. Una persona con tantos lazos afectivos, sin necesidad de emigrar por razones económicas, no se va del lugar donde aparentemente se alimenta su espíritu y promete a su cuerpo lo que desea.
Manuel, no se ha dicho, era una persona poco convencional. Tampoco era una persona normal en el sentido de racionalizar sus actos, de acuerdo con el medio en el que vivía.
Manuel se fue del pueblo y con todos los irse adjuntos, porque, así lo cuentan, estaba loco. Pero, así como irse del pueblo suponía englobar muchos otros “irse de”, la locura de Manuel también englobaba otras locuras.
Manuel tenía la locura, o más bien manía, de intentar sacar tres cosechas a su tierra preferida; esto era una obsesión imposible, ya que en aquel pueblo y comarca lo habitual era obtener una, como mucho dos. Él aseguraba a todo el mundo que un día lo conseguiría, pero lo cierto es que ni se había acercado y la gente se burlaba de su pretensión. Otra locura, si así puede calificarse, era que se bañaba, afeitaba y cambiaba de muda todos los días del año, cuando en aquella comarca, por lo general, esto se hacía los domingos. Para la gente de aquel lugar, pasaba por ser una locura más de Manuel, el tener una biblioteca en su casa con más de mil volúmenes, todos leídos. Y el colmo de la locura, para los lugareños, incluida su familia, lo suponía el hecho de que Manuel escribía poemas que luego intentaba recitar en cualquier acontecimiento, familiar o festivo, con las consiguientes risas por parte de todos, cuando no volverle la espalda e irse.
Manuel era un poeta, un soñador, y no podía vivir en un lugar donde se le consideraba un loco por ser tal cosa.
Yo no sé si era un motivo suficiente, pero esto sólo es un cuento, única forma de hacerlo verosímil, aunque sólo sea para poetas y soñadores.

miguel y la imaginacion

A Miguel le gustaba pensar en futuribles. Probablemente ni él mismo los creía realizables, pero, ¿quién se priva de tener ensoñaciones que además de gratuitas pueden producirte cierto placer? Todo el mundo recurrimos a nuestra imaginación para romper las amarras que nos atan a la realidad previsible.
Miguel, por razones de su oficio y vocación, soñaba con visitar aquellas tierras ubérrimas situadas más allá del Océano. Quería comprobar por sí mismo si era verdad que allí se encontraría con plantas que sólo su imaginación había configurado.
Pero esto era un subterfugio que ocultaba un deseo inconfesable. Miguel, escaso de emociones fuertes, quería participar, realmente, en un juego erótico que él había propiciado, virtualmente, en la pantalla de su ordenador. Se trataba de hacer el amor a tres o más al mismo tiempo. Si era como lo hacía a través de Internet, él se conformaría con hacerlo de una en una y añadirle el morbo de sentirse observado por las demás, incluso, quién sabe si se le abrirían las carnes de placer imaginando que era él el que observaba cómo lo hacían entre ellas.
Si parece aconsejable no hacer juicios de intenciones, lo que era cierto es que Miguel, metido como estaba en hacer realidad lo que era probable, un día se fue allá.
Pero su imaginación había idealizado tanto las situaciones que se encontraría, que fue todo un desencanto el que debió sufrir ante una realidad muy diferente.
Miguel volvió, y esta vez para siempre, a su realidad previsible, después de quemar las naves en las que viajan los sueños.

Miguel, de ese bosque encantado que formaba su hábitat cotidiano, entreveía alguna planta exótica que le llamaba la atención. La cultivaba para que no se secara o se marchitara. Había aprendido que las plantas son muy agradecidas –o se muestran agradecidas- si escuchan una música suave o se les susurra cerca algo así como “eres mi planta favorita”. Miguel, la única música que tenía a la mano era una partitura, ellegro ma non tropo, que tocaba con su flauta, cometiendo errores, naturalmente, pues su flauta era como la de Bartolo, con un agujero sólo. El conseguía algunos acordes a base de modular con sus labios –entiéndase labios, no labia-, ora poniéndolos hacia fuera, como los monos, ora hacia dentro, como los viejos cuando se quitan la dentadura postiza para ir a dormir. La planta que recibía tales delicias, hasta por la hojas le chorreaban perlas de gusto. Bueno, quizá lo de gusto sea un exceso, y lo que sucedía es que lloraban lágrimas. Cuando esto sucedía, Miguel se mostraba enternecido, y era, entonces, que le susurraba lo de “Pero cómo, ¿no te das cuenta que sólo a ti y nada más que a ti quiero complacer con mi flauta…?” A la planta se el estiraban las hojas lacias y expelía aromas que a Miguel le parecían conocidos de otras plantas, pero ya para él no era cuestión de fragancias el seguir cultivando una planta más y mejor que otras. Miguel la catalogaba, acariciaba de pasada sus hojas, y se iba a atender a otra que pedía su atención. Días había que terminaba agotado, pero él creía que era la única forma que tenía para llegar a ser un experto en botánica.

caoticas paginas sobre Miguel

Estas caóticas estampas sobre el personaje Miguel, que el autor está pergeñando, muy a su pesar parecen llevar a la confusión a más de un lector o lectora que me honran con su habitual visita a mi página. Mi experiencia, aunque pequeña, me lleva a concluir que, aunque el dicho “nunca llueve a gusto de todos” podría tener una aplicación universal, no lo creo válido para este caso. Y no lo creo, porque si en la parodia de un Miguel histriónico hay elementos que pudiesen identificarse con hechos reales, en cuyo caso el dicho se convertiría en “todos están descontentos con esta lluvia”, y lo sería con razón sobrada, en este caso al autor le gustaría –aunque supone imposible- que sus escritos fuesen siempre interpretados en clave literaria, sin buscarle otras connotaciones como denuncia, mofa, intento de ridiculización a personas de cuya amistad el autor se complace. Porque si hay otras personas que se sienten aludidas, ahí nada puede hacer, ya que el mimetismo de los lectores con los personajes de las obras literarias es libre y espontáneo, sin que se le pueda achacar responsabilidad al autor.
Pero el autor, que ha encontrado en Miguel un personaje con carácter dramático, rico en matices escénicos, no puede resignarse a que desparezca para no causar malhumor en algunas de sus amistades. Deberían entenderlo y elevar a sonrisa su mueca de disgusto. Y para que vean que sus sentimientos de verse identificadas divergen completamente de un incoherente Miguel, las invito a que lean lo que sigue.

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juan y su hermano antonio

Yo me llamo Juan y soy hermano mayor de Antonio. Nada de lo que voy a contar sería digno de ser contado si no fuese uno de esos relatos que parecen más bien cuentos; lo digo por el ingrediente fantástico que destila. Yo soy periodista y escribo como periodista; es decir, que lo mío es relatar acontecimientos ajustándome a los hechos ciertos, y aunque pueda, en mis ratos de ocio, escribir otras cosas puramente literarias, en este caso no puedo menos de recurrir al medio oficio de escritor de fantasías, que también soy, para poder contar un hecho real pero fantástico, muy a mi pesar, pues tratándose de mi hermano, bien quisiera que su caso no fuese tachado de cuento. El lector, por supuesto, podrá, si así lo desea, elegir entre considerarlo un relato o un cuento, sin tener en cuenta cuál sería mi deseo.

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la mitomana

Era una mitómana de las que los sicólogos, siquiatras y demás especies ocupadas en el estudio de lo raro que acontece en el cerebro del ser humano, hubiesen dicho que su tendencia a fabular la impulsaba luego a creerse ella misma uno de los personajes de sus fábulas. Y sucedía que, cuando no le quedaban personajes que mantener vivos en sus fabulaciones, se veía tan sola, que condenaba a todos por haberles mentido o haberla utilizado. No valía que estos se mostraran reales; eso era pecata minuta y ejercicio de evasión. Ella, para sentirse mito, necesitaba ser primus inter. pares en los círculos exquisitos de los que se rodeaba en su imaginación. No soportaba que alguien le dijera: mira, chica, pon los pies en la tierra y procura que no te muerdan las culebras, que los hombres suelen avisar o, al menos, se les ve venir en sus intenciones. No, ella, viviendo en tierra mítica, creía que sus elegidos nunca la traicionarían. Sucedía que la traición, para ella, era dejar de ser mito, pues entonces lo equiparaba a una culebra imprevisible. Y como los mitos son como humo que se desvanece cual fantasma que no consigue perpetuarse, ella, ahora, siente que se desvanece como mito de sus propias fábulas. Y sufre del síndrome de la levedad del ser, algo que, si le dura, la convertirá en pura evanescencia. Pero, aunque esto sólo describe un síntoma, quiero añadir que parecía buena persona.

miguel es un fantasma

Miguel es un fantasma, un desgraciado subproducto de esa trituradora que llaman Internet. Él antes era un hombre normal, sin otras pretensiones que las de ser un hombre corriente, ocupado íntegramente en sacar adelante a su familia.
Fue cuando creyó que ese capítulo estaba cerrado y bien cerrado, con todos los números hechos, y que podía sobrevivir en condiciones básicas, que le dio por escribir y cuidar sus plantas como medio de evadirse de una realidad que no se cierra sino con la muerte.
Ahora, Miguel, va de la imaginación a los sueños como el que transita por las nubes que crean la fantasía. Es una especie de místico sin sustento divino; una especie de asceta con el cuerpo en estado vegetativo. No así su mente, que, como la de Don Quijote, delira soñando con los mundos fantásticos que él mismo crea. Tal es su propensión a desfigurar la realidad, que todos sus personajes son máscaras de un carnaval negro, a veces deleznable, caricatura de un mundo en el que no todas las cosas son malas.
Miguel lo manipula todo con su imaginación destructiva de cánones establecidos. Parece soñar con el caos total.
Miguel ya no es recuperable, y es un peligro para todo aquel que caiga en su mundo de palabras. Es un peligro porque les impide pensar por sí mismos; en su lugar, rellena su cerebro con las secreciones paralizantes de sus fantasías, sin posibilidad de retorno, o, al menos, un retorno sin abismos.
Pero Miguel no es culpable. El también es víctima. Una persona que sufre una tal transformación, tiene en su exculpación el haber caído, sin saberlo ni pretenderlo, en ese aquelarre en el que todos buscan sus propios paraísos. Una vez allí, unos se convierten en arañas y otros en moscas, en partenogénesis continua. Unos y otros terminarán destruidos por sus insaciables apetitos.
A Miguel le espera la hartura infinita que terminará bloqueando su alma. Cuando esto suceda, su cuerpo y su alma serán sólo un desecho de ese caos que todos contribuyeron a crear sin pretenderlo.

rompia el espejo

Rompía el único espejo que tenía cada vez que se miraba desnuda. Era un impulso incontenible. No soportaba que el espejo la viera tal y como era y se lo dijera sin ningún detalle gentil, considerado, por su parte.. Ella, luego que se calmaba, decidía comprar otro espejo y probar con él tener mejor suerte.

Eran ya muchos los espejos rotos Con el nuevo, ahora dudaba desenvolverlo del papel que le habían puesto en la tienda. Al final decidía colgarlo sin retirar el envoltorio. Luego se desnudaba para observarse, y como no distinguía ninguna figura, tímidamente se acercaba al espejo y con sus uñas rasgaba una tira de papel, de arriba abajo.

Estando cerca del espejo, éste parecía ver sólo una franja de su cuerpo que a ella le parecía insuficiente, pues no lo reconocía como suyo, por lo que procedía a rasgar otra tira de papel. En esta ocasión, ya distinguía algún rasgo que le era familiar, pero no como para sentirse ofendida por el espejo.

Animada por la experiencia, procedía a rasgar otra tira de papel. Miraba la imagen que le devolvía la sección ampliada del espejo, y torcía el gesto; el espejo, groseramente, le mostraba alguno de sus defectos. Ella se movía a izquierda y a derecha y comprobaba que el defecto desaparecía, para, en un instante, volver a aparecer. Era como si el espejo le quisiera recordar que no viviera de la ilusión de creerse perfecta y que se aceptase como él le decía que era.

Ella no soportaba esas insinuaciones y comenzaba a enojarse con el espejo. El espejo, pacientemente, se limitaba a mostrarle la figura que ella quería ver, fuese la que le complacía o la que le disgustaba; era un espejo fiel a sus principios de no engañar a su dueña.

Cuando ella consideraba que aquellas imágenes parciales de su cuerpo podían no ser suyas, se ayudaba con las dos manos y terminaba de quitar el papel que aún cubría el espejo. Lo hacía con los ojos cerrados, temiendo que el espejo la desnudara por completo. Intermitentemente los abría y cerraba quedándose con la imagen fugaz de su cuerpo. Creía, mientras permanecía con los ojos cerrados, que en esa ocasión el espejo había sido justo con ella, nada ofensivo, veraz.

Pero el proceso se repetía y poco a poco iba perdiendo la fe en aquel espejo. En la misma medida, ella se iba enojando más y más, porque el espejo se había vuelto recalcitrante en mostrarle sus defectos. Hasta que no pudiendo resistir más, enfurecida insultaba al espejo, lo descolgaba y lo estrellaba contra el suelo.

Por un momento miraba los trozos esparcidos por doquier, los mismos que repetían su imagen. rota. Luego los barría, los tiraba a la basura, y como no quería creerse lo que el espejo le había dicho, salía de casa a comprarse otro.

Esta historia no cuenta si ella, finalmente, aceptó su imagen y hubo un último espejo que no rompió, pero bien pudo suceder que con el último espejo ella no decidiera desnudarse más frente a él. Era una de esas personas que viven de espaldas a su realidad y sólo quieren un espejo que .las mienta. Pero, ¿quién dijo que los espejos nunca mienten?.

dialogos sordos con mi perro

Mi perro se llama Blacky. Es un perro especial. Junto con Chupi, mi pájaro, son todo mi mundo social. Digo social, a sabiendas de que muchos dirán que lo social siempre se refirió a las relaciones entre los seres humanos. Bueno, pues aunque sea así, mi perro y mi pájaro son casi humanos, al menos esa es la percepción que yo tengo. Cuando les hablo, sé que me escuchan, pues cambian de actitud. Mi perro me mira expectante, y mi pájaro, pía de una forma diferente a cuando está solo. Y yo sé que cuando les hablo, ellos se expresan a su manera. Y son ellos mis únicos interlocutores, encerrado como estoy en esta especie de burbuja que yo me he creado para no contaminarme de las perniciosas influencias externas. Porque yo estoy enfermo, de una enfermedad rara. Cuando me descuido y me incursiono en el exterior de mi burbuja, siento que flaquea mi ánimo, que siento repulsión por mis semejantes, y que todo mi ser se siente extraño en ese ambiente que yo percibo como hostil, sin apenas excepción.
Sin quererlo, los ecos de lo que sucede en el exterior traspasan las débiles paredes de mi burbuja. Son como ruidos causados por una jauría de perros callejeros, asilvestrados, que han tomado posesión de las calles. Sólo son ruidos, ya que no me atrevo a asomar la cabeza para comprobar qué hacen, además de hacer un ruido infernal. Percibo en mí cuerpo un escalofrío y me oculto asustado en mi interior más íntimo. Mi perro, cuando no hago nada, cuando me ve con la mirada perdida, inmóvil sentado en un sofá, se acerca a mí. Antes de importunarme con sus zalameros roces y lamidos de mis manos, pronuncia unos guau cortos, intermitentes, espaciados. Sé que de todas mis posturas, esa es la que más le debe preocupar. Sé que quiere que le atienda, que hable con él, que salga de ese trance que él interpreta como un momento especialmente malo para mí y que le cuente. Y al tercer o cuarto guau lo consigue. Salgo de mi trance y le miro. Menea la cola y espera sin dejar de mirarme a los ojos. Yo, entonces, sólo le digo: “¿Qué?”. El da un salto y se sitúa encima de mis piernas, y comienza a serpentear sobre mi pecho, progresivamente, hasta alcanzar mi barbilla, y cuando la tiene a distancia, me da un lametazo tímido, como esperando no molestarme demasiado. Si yo, entonces, continuo hablándole, él se sienta sobre mis piernas, me mira a la distancia de dos palmos y escucha, siempre escucha muy atento cada palabra que salé de mi boca, mirándome de frente. A veces balancea su cabeza, como hacemos los humanos cuando escuchamos algo sorprendente o que no comprendemos por parecernos anormal; también, y según el tono de mi voz, él parpadea dejando ver unos ojos tristes, opacos, o, por lo contrario, brillantes, expresivos en la manifestación de la alegría que siente. Interpreta perfectamente mi estado de ánimo y se mimetiza de inmediato de solidaridad, tanto para compartir mi alegría como mi pena.
Poco antes de ponerme a escribir sobre esto, estaba en uno de esos trances en los que con frecuencia me sumo. Había estado oyendo, que no escuchando, la radio y a los comentaristas profesionales de la situación sociopolítica de mi país. Era fácil establecer el contraste en los comportamientos de esas personas, a las que oyes reiteradamente a lo largo del año. Los sucesos últimos habían sido históricos, como ellos gustan llamarlos, y ellos estaban ahí, como siempre, para interpretarlos. Pero sus interpretaciones no eran asépticas, coherentes con sus posicionamientos diferentes pocas horas antes. Todos, veladamente o de forma clara, parecían subidos al carro del vencedor; todos, veladamente o a las claras, hacían leña del perdedor. Era así, que oí que mi perro dijo ¡guau! Abandoné mi trance y le miré. Mi perro esta vez no movió la cola ni esperó a que le hablara. Por primera vez, mi perro, con aspecto cansado, se acostó sobre mis pies y adoptó la postura de dormitar.
Pensando en su extraño comportamiento, yo volví a caer en trance.

cinco cartas para miguel

No es que Miguel fuera un donjuan; le faltaba el porte caballeresco, bravucón y embaucador de los hombres de lance y espada. Tampoco era ese tipo de hombres con luz propia que tanto gustan a las mujeres; le faltaba proyección social, esa forma de estar en todas partes. Mucho menos era un mujeriego en el sentido clásico de aficionado a las faldas levantadas; le faltaba la condición de libertino mínimo. Miguel era un hombre normal que sólo tenía un encanto: sabía escuchar a las mujeres y conversar con ella. Saber escuchar a las mujeres es decisivo para un hombre normal si quiere comerse alguna rosca. Las mujeres, siempre en guardia ante los hombres por un complejo atávico de inferioridad -algunas lo han superado- se sienten interesadas por un hombre que las escucha, y las escucha como un melómano escucha la ejecución de una partitura, con cara de transpuesto. La mujer, ante un hombre así, se siente penetrada, penetrada en el sentido de comprendida u objeto de curiosidad e interés. Una mujer que se encuentra un tal hombre no puede prescindir de él.
Miguel era ese tipo de hombre que no sólo las escuchaba, sino que convertía en importantes todas las palabras que la mujer le dirigía. A veces sus observaciones o respuestas estaban, dialécticamente, por encima de los pensamientos de la mujer, y no porque fuese más inteligente, sino porque estaba más entrenado. Las mujeres, lejos de apreciar tal asimetría, sentían que sus palabras eran importantes, cuando merecían replicas tan sustanciosas, aún más cuando eran incomprensibles para ellas.
Cinco mujeres se bebían los vientos por Miguel, buscando, hasta con ansiedad, sentirse escuchadas por él. Y nunca se sentían defraudadas, a pesar de no recibir de Miguel la más mínima concesión a la lisonja o beneplácito si no lo merecían. Miguel, a veces, las trataba con dureza, según el caso. Pero una mujer prefiere siempre la dureza a la indiferencia.
Se podría decir que Miguel había llegado a “coleccionar” cinco mujeres habituales de su verbo. Esto no es nada normal. Difícil es para un hombre recabar la atención de, no ya de cinco, sino una sola mujer a la que sólo le presta sus oídos y sus consideraciones con alta apariencia de profundidad. Quizá ese alto número de “adictas” lo había conseguido después de ser menospreciado por ciento. Pero no por este motivo, que sólo él conocía, Miguel se sentía afortunado-desafortunado, halagado-humillado. Miguel consideraba este hecho una carga liviana que, como un vestido, tapaba y abrigaba su soledad, sus carencias objetivas. De no tener a esas cinco mujeres, probablemente, Miguel se habría sentido el ser más inútil y despreciable de la creación.
Pero, a Miguel, también esas cinco mujeres le causaban algún quebranto. Escucharlas le terminaba produciendo jaqueca, mal sueño, nerviosismo. Era, ciertamente, agotador conversar con aquellas cinco mujeres muy diferentes entre sí, con temperamentos tan dispares como los que van desde lo meloso o melifluo hasta lo áspero o escabroso. Pero aún peor cuando alguna de aquellas mujeres intercambiaba los papeles que representaba. Miguel, a pesar de su entrenamiento, se sentía incapaz de contemporizar con aquella especie de guirigay de gallinas alborotadas o esperando sumisas que las pise el gallo. A veces se enfadaba tanto, que las cinco mujeres se ocultaban por un tiempo, para luego volver recelosas a su habitual querer conversar con él. Miguel las atendía como si nada hubiese pasado, y vuelta a empezar.
Un día, Miguel creyó conveniente convocar a la vez a las cinco a una charla de grupo. Pensaba Miguel que ellas mismas advertirían que era un hombre contradictorio y sacarían la consecuencia de que era un farsante. Con esto no pretendía Miguel quitárselas de encima, más bien comprobar hasta qué punto aquellas mujeres estaban “colgadas” de él, al margen de su capacidad para complacerlas a todas a la vez, algo que él suponía no entiende ninguna mujer.
Ninguna asistió a su convocatoria. Miguel, entonces, se sintió un juguete exclusivo de aquellas mujeres, como esos que los niños malos nunca comparten.
A partir de esa experiencia, Miguel cambió de proceder: a las dulces hasta el empalago, las trató con severidad y mala educación, viniese o no a cuento; a las ásperas, con dulzura casi angelical, igualmente sin merecerlo.
Hoy, Miguel, tiene una legión de mujeres que le buscan, deseosas de escucharle. Miguel es el hombre más popular de Internet, eso sí, exclusivo para cada una de ellas. Miguel, pacientemente, sigue sin comerse una rosca, pero acumula tal entrenamiento, que confía le sirva algún día para batir alguna marca y sentirse, de verdad, importante.