El cabrero y yo

Salí al monte a hacer ejercicio de piernas y de la mente. Dejé el coche en un saliente de la carretera y penetré en la fronda colindante. Pronto encontré un sendero que me indicaba que por allí ya habían pasado personas y quizá animales. Lo tomé pensando que me llevaría a alguna parte. Habría andado una hora cuando el monte pareció abrirse y dejar al descubierto una pradera , terreno cubierto de yerba fresca y algún árbol disperso. Aquel lugar estaba casi lleno de cabras, cabras domésticas, porque sobre una piedra que nacía del suelo, estaba sentado un hombre; era el cabrero, sin duda. Me pareció una buena ocasión para hablar con una persona de la que no tenía referencias sobre su manera de pensar. Esperaba no importunarle, así que me propuse tratarlo de igual a igual, que él me diera las pautas por las que podíamos conversar y yo callarme las mías por si estaban a otra altura que le intimidara.

–Buenos días, amigo. Supongo que es usted el que cuida de estos animales.

–Sí, buenos días, aquí no hay nadie más que yo. ¿Qué le trae por aquí, si puedo saber?

–Pues paseaba para hacer algo de ejercicio y respirar aire puro. Seguí el sendero y me trajo hasta aquí. ¿Es duro el trabajo?

–Más duro de lo que pueda pensar, viéndome aquí sentado. Casi siempre pare alguna cabra, o dos, y vuelvo con los cabritos acuestas hasta la tenada donde guardo las cabras. Luego tengo que limpiar el suelo, no todo, sólo donde dejo que las cabras por un tiempo, allí mean y cagan, luego pasan a otra parte en la que hay heno en el suelo y unas pilas con agua. Los cabritos recién nacidos con sus madres para que les den de mamar. Las cabrás paridas las tengo que ordeñar para llevar la leche a una fabrica de queso. Luego se tumban para dormir, y hasta el día siguiente, que son ellas las que me llaman para que las saque al monte. Sólo dejo en casa lasrecién paridas, hasta que los cabritos las puedan seguir allí donde vayamos.

Me quedé sorprendido de lo locuaz que era aquel hombre que, seguramente, pocas veces había tenido la ocasión de serlo. Ya que me había dado la pauta, quise saber algo más de él. No me importaba si tenía familia o no, si tenía con quién hablar que no fuese con sus cabras. Quería, ante todo, hacerle una pregunta:

–En todo este tiempo que pasa solo con las cabras, ¿en qué le da por pensar?

El cabrero bajó la cabeza y se quedó callado. La pregunta era fácil, seguro que tenía una respuesta, y, para mi sorpresa, quizá fuese hasta trascendente. Con curiosidad esperé. Llegué a pensar que mi pregunta le podía haber parecido inoportuna. No se trataba ya de su su quehacer diario, sino de sus íntimos pensamientos, y yo acababa de aparecer en su vida. ¿Quién era yo para inmiscuirme en su vida, esa otra vida que nace y muere en nosotros mismos? Después de unos segundos que me resultaron embarazosos, aquel hombre levantó la cabeza, la volvió hacia mí y vi en sus ojos un brillo especial que no llegó a ser producto de unas incipientes lágrimas. Le costó articular palabras, movía, sí, los labios pero sin conseguir el sonido que transmite los pensamientos. Sentía que debía decir algo que le tranquilizara.

–Disculpe, creo que no debí hacerle esa pregunta. No tiene por qué responderme.

No había terminado de hablar, cuando al fin él habló.

–Sí, es mucho tiempo el que paso solo y puedo pensar si no me requieren mis cabras por algún motivo. Casi siempre pienso en lo mismo, debe ser porque para mí es lo más importante. MI esposa murió, sólo teníamos un hijo. Como muchos jóvenes del pueblo, también mi hijo se fue buscando un porvenir mejor. No he vuelto a saber de él desde hace cinco años, no sé si está vivo o muerto, no sé porque no quiere contacto conmigo, no sé si me odia o me quiere, nada, es como si no existiera. Pero yo no dejo de pensar en él y sólo por un motivo: cuando yo muera, quién cuidará de mis cabras.

Cuando tomé el sendero de regreso, pensé en las palabras de aquel hombre. No pude sacar una conclusión clara. Podía vender las cabras y que otros se ocuparan de ellas. ¿Y si aquel hombre amaba a sus cabras tanto que su vida estaba íntimamente ligada a ellas? ¿No era lo mismo que cuando amamos profundamente a alguien, si fallece quisiéramos morir también? Pero aquella especie de silogismo no parecía aplicable en este caso. No hasta emocionarse pensándolo. Su conclusión final tenía algo de mágico, no habría un caso similar con el que se pudiese comparar. Iba a subir al coche para regresar, cuando me percaté de haberme quedado mudo ante su respuesta. ¿Qué podría haberle dicho en coherencia con sus palabras? Si me encogí de hombros, el pudo entender que me importaba un pimiento lo que me había dicho. Y no fue así, si me callé, le saludé con la mano y me fui, fue porque aquel hombre me pareció excepcional. Cualquier respuesta por mi parte habría sido inútil para consolarle, cuando no estúpida.

Creo en Dios

Dirán los que me conocen: «José se ha vuelto loco, si siempre presumió de ateo». Si Einstein , dicen, que creía en Dios, ¿cómo voy yo a atreverme a decir lo contrario, que dios no existe. Pero Einstein no es que creyera en el dios de los teistas ortodoxos, Estaba más bien con Spínoza. Einstein se creó una figura de dios que cabía en su cerebro sin provocarle epilepsia o productos de desecho. Observaba la Naturaleza, todo le parecía ser posible reducirlo a formulas matemáticas, y como a ese fenómeno que le fascinaba tenía que llamarlo de alguna forma, lo llamó dios. Claro, los que creían en el dios creador de la naturaleza, dueño y señor de la misma y no en la naturaleza misma, le aplaudieron con las orejas. «Einstein es deista, cree en Dios». Pero eran otros tiempos los que corrían, cuando el Universo se creía inmutable. Hoy, para desolación de muchos, el Universo sigue un proceso de destrucción imparable, si sigue vigente la segunda ley de la termodinámica. Serán muuuuuchos años para que se convierta en una caca, por lo que, tranquilos, mientras eso sucede, todo el mundo y sus ideas tienen cabida. Las religiones por un lado y los materialistas ateos de la peor especie, podrán convivir sin otras armas arrojadizas que las palabras.

¿En qué dios creo yo? (según el contexto, escribo dios y Dios). Por lo visto y conocido hoy en día, desde luego no creo en un dios que premia, castiga o te hace ver visiones. Ese dios sólo es una posición, no un estado de gracia, ni lo pongo por testigo. Ese dios en el que creo es el que yo utilizo para nombrar cómo están las cosas en este momento: mal, muy mal. La Naturaleza, o sea Dios sí parece que juega a los dados, al contrario de lo que opinaba Einstein. Stephen Hawking vino luego a decir que «sí juega a los dados y que a veces los tira donde no podamos verlos». Me quedo con «a veces los tira donde no podamos verlos», un jugador que hace trampas, vamos. Esta frase, sin mencionar a su jugador, dice claramente cuál es la situación, o la posición que mantengo: como yo ya no he de verlo, algún día el hombre habrá definido a Dios como un juego intelectual del pasado. Los dados pasarán a ser un antiguo juego de niños. Y la gente ya no se cuestionará si Dios existe o no, sólo intentarán sobrevivir por su cuenta.

¿Y Si en Marte hubo o hay vida?

Hoy la NASA espera poner un artefacto en Marte con la única misión de averiguar si allí alguna vez hubo vida o la hay en cualquiera de las formas.

El robot se llama Perseverance, que dice suficiente del empeño humano por saber más allá de lo que nos han dicho. Si la misión es un éxito, lo será en dos aspectos: uno, que consigan llegar y posar el Perseverance en el lugar elegido, y dos, que sea operativo respondiendo a lo que se espera de él. Habría que añadir un tercer aspecto: que claramente nos diga si allí hubo vida o la hay. Pero este aspecto, que podría ser fundamental, no lo es tanto. Sólo estamos en el principio de averiguar muchas incógnitas del Cosmos, es cuestión de tiempo. Supongamos que la máquina esa descubre restos de vida fósil, eso no nos dirá que no estamos solos. Si descubre organismos muy elementales y primarios vivos, tampoco nos asegurará que somos unos privilegiados únicos en el Universo, sólo que en condiciones muy adversas, aún la vida es posible en otros lugares distintos a la Tierra. Encontrar otras civilizaciones en desarrollo cercano a nosotros, eso ya comenzaría a darnos una respuesta definitiva. Superiores a nosotros sería imposible, porque ya ellos nos habrían visitado antes que nosotros a ellos. En definitiva, que hubo, haya vida en Marte, los épigonos tendrán algo que decir, y resultará curioso oír lo que dicen.

Si yo tengo que dar una opinión, no sé qué argumentos emplear que tengan algún fundamento. Si parto de la creencia de que la vida es física y química, puedo encogerme de hombros y seguir pensando que alguna razón tengo, ni inferior ni superior, sólo una razón que no me altera ni desazona. Es seguro que eso sí sucederá a otros, pero lo tienen fácil: que más que creer, esperen, que las respuestas están por llegar.

Es sólo una animación

El vacío que llena una vida

Esta noche pasada tuve un sueño que trato de encontrarle un significado coherente, si es que existen sueños coherentes. Una voz, que no identifiqué su origen, me decía: «José, entra en esa habitación, en ella encontrarás todo el contenido de tu vida». De pronto me encontré en una habitación que en una primera impresión encontré vacía. ¿Era esa la respuesta que la vida tenía para mí? Pero no estaba enteramente vacía, si a muebles se refiere; de las paredes colgaban cuadros de diversos tamaños, aunque más que cuadros eran marcos, todos con un fondo blanco. «Aquí no hay nada que se refiera a mi vida, me dije». Pero, en lugar de abandonar la habitación con la sensación de que el mensajero me había tomado el pelo, me quedé en el centro de la amplia estancia, y dando vueltas sobre mí mismo, fui observando aquellos cuadros. «¿Por qué no aparecen imágenes como recuerdos de mi pasado? ¿Qué significado le puedo dar a que todos esos cuadros estén en blanco? Si la vida no me da otra opción, seré yo el que los llene de imágenes o recuerdos. Pero serían subjetivos, y quizá no se correspondieran con la realidad de mi vida. ¿Los aspectos desagradables tendrían también su marco? ¿Y para qué me habrían de servir esos recuerdos, buenos o malos?» Con las incoherencias de los sueños, fui viendo imágenes que podían ser reales. Y así, en un cuadro pequeño vi un bebé recién nacido, en otro algo mayor, me pareció reconocer a un joven que ya había visto en una foto real, en otro me vi con alguna cara conocida, amigos, sin duda, y ya en los más grandes, las imágenes reflejaban diversos aspectos de mi vida según fue pasando el tiempo. Pero aún quedaban cuadros en blanco. Pensé que estaban allí para llenarlos de vida, sin tener idea de cómo había de ser. La sensación fue de placidez. No me habían mostrado grandes acontecimientos de los que debiera estar orgulloso. De algunos no tan buenos, tampoco sentí frustración, pena o arrepentimiento. Era en verdad una película de mi vida que yo había tenido que filmar con mis recuerdos.

Me desperté con la sensación de haber vuelto a vivir desde mi nacimiento. La vida, me dije, sólo son recuerdos, nada es presente. El tiempo que me quede tampoco tiene futuro, todo será pasado y, como tal, prometo aprovecharlo, ya no me queda otra.

El todo y la Nada

A veces me sorprendo cuando, navegando por Internet, me encuentro con verdaderas joyas de información, puestas a mi disposición gratuitamente. En esta ocasión, y han sido muchas, dos videos que con la duda de encontrar trigo entre tanta paja, me dispongo a verlos y comprobar si las casi tres horas que dura el visionado valen la pena. El título ya me llama la atención. ¿Son dos conceptos antagónicos? Yo diría que no. Ya glosé hace unos días el significado de todo. Ahora, ¿qué decir de nada? Nada es la total inasistencia de algo, generalmente identificado como material. Pero nada puede referirse a otros muchos significados, no necesariamente materiales. Si yo digo: «no sé nada» , sin referirme a algo concreto, lo que estoy expresando es una generalización de cualquier cosa. «El solo sé que no sé nada», que pronunciara Sócrates, debía referirse al desconocimiento general que tenía sobre los fundamentos de su pensamiento. Todo es todo y nada es nada. Veamos qué nos dicen los videos que adjunto referidos al Universo. Son, para mí, dos joyas casi insuperables. Es verdad que después de haberlos visto tres veces, todavía no tengo claro qué es «todo y nada» en el Universo, pero me conformo con la rendija de luz que ha abierto en mi cerebro, antes totalmente a oscuras. Os invito a verlos. Lástima que estén subtitulados en español. Puedo transmitiros una experiencia: en un primer visionado dejad en segundo plano las imágenes y no os perdáis los subtítulos aquellos que no domináis el inglés. En visionados posteriores, ya podéis gozar de las imágenes mientras leéis rápidamente los subtítulos.; captaréis el significado.

Aquí os dejo, con muchísimo más valor que mis palabras, los dos videos referidos.

William James Sidis

El hombre que muestra la foto dicen que fue el ser humano con el coeficiente intelectual más alto de la historia. No sólo el más alto, sino mucho más alto si se compara con otros genios; Einstein dicen tenía 160 de CI. Si sería alto el de Williams, que un psicólogo, según su hermana, lo llegó a marcar en 300. Me limito a esta breve reseña, porque en Google se habla extensamente de sus prodigiosas facultades, y casi resulta difícil aceptarlas como auténticas, por considerarlas espectaculares. Lo demos por cierto.

El tema para mí no es repetir sus hazañas, quisiera enfocarlo de una forma original, si mi pobre CI me lo permite.

Todos lo seres humanos tenemos un mismo origen, discutible o no. Todos estamos constituidos de forma parecida, si no igual. Nuestros cerebros, groso modo, se parecen como dos gotas de agua. La neuronas que trabajan dentro de nuestro cerebro mantienen unos esquemas parecidos. El resto del cuerpo, sus órganos, no difieren unos de los otros. Pero, es evidente que no somos todos igual de listos. Como con el Espacio, aún no se ha descubierto ese secreto que nos hace diferentes; se especula que un componente genético es el principal causante de la inteligencia. Dudosa afirmación, por las contradicciones evidentes que se pueden observar en los familiares. Pero yo no estoy capacitado para discutir sobre supuestos más o menos aleatorios. Lo que sí digo (afirmo) es que todo en el Universo es una paradoja constante, que no hay forma de plasmarlo en una definición única o en una formula matemática y, por tanto, vano el empeño que nos induce a creer en algo como incontrovertible, porque alguien vendrá con un CI alto a decirnos que de eso nada, que estamos errados. William James Sidis dicen que era ateo.

Un pájaro y yo, nada más

El pájaro yacía inmóvil en el jardín, parecía que estaba muerto. Era un gorrión, un pájaro de lo más vulgar, que dicen está en extinción. Desde luego llevaba tiempo sin ver uno, creo que el último fue estando sentado en una terraza de un bar, al aire libre. Correteaba a saltos entre las mesas recogiendo aquello que le servia de comida. Pero nunca los vi en los arboles, o en los lugares en los que solían estar.

Me acerqué con la idea de recogerlo y enterrarlo. Al tocarlo se revolvió sobre sí mismo; no estaba muerto, quizá sólo herido. Con cuidado lo cogí en mi mano, lo sujeté dejando sólo libre la cabeza. El pájaro la movía rotándola, intentando, a mi parecer, zafarse de mi mano. Pude liberarlo, no tenía intención que no fuera esperar a que sobreviviera. Con cuidado fui abriendo la mano hasta que aparecieron sus patas. Una de ella estaba rota por la articulación mediana, entre el tarso y el metatarso. Ahora ya sabía por qué el pájaro permanecía inmóvil en el suelo; los pájaros emprenden su vuelo ayudados por sus patas, que actúan como muelle impulsor. Lo llevé a casa, mientras esto hacía, iba pensando qué podía hacer por él. Quizá si lo entablillaba podía lograr que su articulación soldara. En la cocina cogí un palillo plano, usado para, en la mayoría de los casos, limpiarse los dientes. En el cuarto de baño y del botiquín saqué un rollito de esparadrapo fino, como de papel. También, un frasco de antiséptico. Con todo eso y el pájaro en una de mis manos, me senté en el sofá del salón, frente a la mesa de té. Iba tratar de curarle la pata rota, pero necesitaba las dos manos. Por allí vi una caja de un tamaño apropiado para contener dentro el pájaro. Pensando, se me ocurrió hacer un agujero en la tapadera del tamaño de una moneda de un euro. Metí el pájaro en la caja y procuré sacar sus dos patas por el agujero de la tapa. Cerré la caja y ya tenía las dos patas del pájaro . Observé la pata sana y su disposición. Partí el palillo en dos mitades despuntándolo y los dejé encima de la mesa. Igual hice con una tira de esparadrapo de un 5 centímetros y el desinfectante. Algo faltaba: antes de colocar los palillos y desinfectar, debía poner alrededor de la zona a curar, o una tela o un un poco de algodón. Como el pájaro metido en la caja no se iría, fui al botiquín, y lo que encontré fue un rollo de gasa impregnada de antibiótico. Me pareció todo un hallazgo. Me la llevé al salón y comencé la operación quirúrgica sin dejar de pensar si daría resultado. No usé el desinfectante, pues la gasa me pareció suficiente, dado que tampoco parecía tener una lesión abierta. Envolví la zona afectada con un trozo de gasa, coloqué los dos trozos de palillo paralelos, manteniendo la pata recta, los sujeté con el esparadrapo y moví la pata en buen estado para comprobar si podía llegar a estar igualmente recta; lo dudaba porque siempre los había observado con las patas flexionadas. No parecía que el mantener la pata dañada derecha pudiese crearle luego un problema al pájaro; si podía apoyarla en el suelo o donde estuviese, el impulso podía ser suficiente para emprender el vuelo o para desplazarse. Terminada que di la operación, abrí la caja, liberé las patas y el pájaro se revolvió, quizá asustado, pero la pata entablillada permaneció derecha. Hasta después de unos minutos, que el pájaro había cambiado de posición, ahora boca abajo. ¿Y ahora qué?, me pregunté. «El pájaro tendrá sed, y hambre». Lo que pasó después se puede resumir: con una jeringa le di de beber. Con un palillo le introduje en la boca migas de pan mojadas en leche. El pájaro no ponía resistencia a ambas manipulaciones, hasta que se saciaba. Mientras estaba convaleciente, lo acomodé como mejor pude, usando una caja de plástico mayor que la utilizada para operarlo, y a la que le hice agujeros en la tapa para que pudiese respirar. En el fondo de la caja puse un paño suave y mullido para que se sintiera a gusto. El pájaro parecía haber superado el paso por mi improvisado quirófano. A los diez días ya se movía dentro de la caja usando las dos patas, y resultaba hasta gracioso observar que el pájaro se movía balanceándose buscando apoyo , ora en la pata sana, ora en la pata entablillada. Aunque indagué en Google cuánto tiempo debería estar el pájaro con ese artilugio, no encontré nada; un veterinario me lo habría dicho, pero me decidí a llevar a término la operación por mi cuenta. El pájaro ya comía y bebía solo de lo que le ponía en la caja, así que me pareció que nada impedía tenerlo así un tiempo más para asegurarme del éxito de la operación. Habían pasado unos veinte días, que me decidí a liberar la pata de todo lo que le había puesto. Lo volví a meter en la caja del agujero donde lo había operado, las patas fuera, le quité el esparadrapo, los palillos y la gasa, y con miedo de haber fracasado, observe la pata curada. Tenía buen aspecto, no había infección ni inflamación. Por unos instantes, la pata permaneció derecha, sin flexión alguna. «Quizá ha soldado mal», me dije. Pero también me tranquilizó comprobar que no era ya una pata rota. Con cuidado intenté flexionarla y luego de dejarla volvía su posición enderezada. Pasados algunos días, durante los que le apliqué sesiones de flexión, el pájaro comenzó a andar por la caja sin apenas cojera. «Está curado», pensé. Aún así, lo dejé en la caja, ahora sin la tapadera. Le seguí poniendo agua y comida, ya propia para pájaros enjaulados, y de vez en cuando lo observaba. El pájaro, al verme, no parecía asustado.

Como acostumbraba, al levantarme miraba la caja donde el pájaro se reponía. Sucedió que una mañana la caja estaba vacía. ¿Dónde había ido? Lo busqué por toda la casa, no lo hallé, pero ya pude tener una intuición: había dejado la ventana del cuarto de baño abierta y quizá un gato habría dado buena o mala cuenta a de él. Me embargó la tristeza. Todo lo había hecho bien y sólo un descuido había hecho fracasar el empeño y esfuerzo. No dejé de pensar en el pájaro todo el día. Al atardecer, pasé casualmente por donde había dejado la caja de cuidados intensivos. La alegría fue enorme: el pájaro había vuelto, comía plácidamente. Al verme, dejó de comer, tomó un impulso y se subió a mi hombro. Desde allí se acercó a mi cara, me la picoteo sin hacerme daño y lo tomé en mis manos. Parecía sentirse a gusto, movía la cabeza mientras me miraba, posiblemente agradecido. Cuando la ceremonia dio a su fin, el pájaro tomo impulso sobre mi mano y salió volando por la ventana. Ya nunca más volvió.

Esto que cuento no sucedió, pero bien pudo haber sucedido, salvo que me haya dejado llevar por exceso de la imaginación.

«Totus»: todo entero

Todo. Esta palabra implica que nada existe fuera de ella. Pero no siempre se usa en su su sentido estricto. En ocasiones lo que queremos decir es es que de un asunto cualquiera al referirnos a todo, siempre habrá flecos que no se contemplan. Tomo frases para explicar esto último:

Leyó todos los artículos. Es evidente que no pudo leer todos los artículos, tendría que referirse a un caso concreto, autor, etc.

Se leyó todo ese libro. Aquí la palabra todo podría evitarse, pues con ella pareciera que el sujeto hizo el esfuerzo de leerse todo el libro.

Fue todo un acontecimiento. En esta frase, todo podría significar dos cosas: que todo (lo sucedido) fue un acontecimiento, y que el suceso (particular) fue un acontecimiento.

Creo suficiente, pues no pretendo entrar en lecciones de grámática, para que se entienda lo que sigue.

Un joven enamorado quiere demostrar su amor a su amada y le dice:

Te quiero con todo mi corazón; todo lo que tengo es tuyo; todo en ti me vuelve loco; haré todo lo que me pidas.

Bien, el joven que así se expresa utiliza la palabra todo para decirle a su amada que nada hay fuera de esa palabra. La joven, sin duda, se siente halagada, es una declaración de amor con contenido inequívoco. Pero… se equivoca; se equivoca él y se equivoca ella. ¿Y por qué? Porque si ella y él no entienden los límites de la expresión todo, ambos son unos auténticos idiotas.

Disculpen todos mis lectores; digo todos, porque no habrá ninguno que acepte ser idiota.

El que escribe y el que lee

En algún diccionario ideo constructivo o de frases de las llamadas felices, tres o cuatro autores coincidían en suponer que la lectura nos permite conocer los  mejores pensamientos del autor, y los autores que esto decían, que no recuerdo sus nombres, eran de los llamados indiscutibles. A mi juicio se equivocaban, o su candor era notable. Según yo creo, al escritor no se le pasa por la cabeza, mientras escribe, dejar en el papel el testimonio de lo que piensa; lo que hace es pensar luego en lo que escribe. De esta forma, el escritor es el primer lector de lo por él escrito. Sólo así se entiende que para un escritor equis, lo que escribe está bien escrito, y lo que dice va a misa. Es la prepotencia del escritor frente al papel (ahora la computadora), que pocas veces tiene presente al lector al que van a caer sus escritos. La frase de aquí abajo,

“Los intereses del escritor y los de sus lectores nunca coinciden, y cuando lo hacen no es sino un afortunado accidente”,

podría suscribirla, pero no. Y digo que no, porque escribir y leer no es una confluencia de intereses. Sería confluencia de intereses (luego se vería si afortunada o no) si el escritor escribiera bajo demanda acordada. Pero por lo que digo antes, el escritor sólo confluye consigo mismo en una primera instancia. Es como el equipo que diseña lavadoras en una firma de lavadoras: concluyen que el producto es bueno y que se venderá solo. Los artistas, en general, hacen lo mismo: se gustan a sí mismos y creen —o les importa un carajo— que deberán gustar a los demás que tengan la suerte de participar de su arte. En definitiva, lo que sucede es lo que dijo Ionesco,  sin creérselo del todo, supongo:  «Sólo valen las palabras, el resto es charlatanería» Ah, y a través de los libros no se puede entender nada, y menos el Universo,  como dice el autor (1); menos mal que deja aparte el amor, para que los poetas sigan divagando.

(1)

Hoy, en el año de gracia 2021, aún se sigue especulando con el «origen del Universo». Líbreme Dios de entrar al trapo de las especulaciones más recientes. Si acaso, recomendar un libro fácil de leer y comprender del autor Iván Agulló «Más allá del Big Bang». Escribo una reseña del libro copiada al azar:

«Una provocación al intelecto que nos embarca en un viaje fascinante a través del tejido cósmico. ¿Qué fue el Big Bang realmente? ¿El universo es eterno o tuvo un comienzo? ¿Tendrá un final? El lector tiene entre manos una obra que pone las grandes cuestiones del universo al alcance de todos. Con la capacidad de presentar con sencillez temas tan sumamente complejos como la Teoría de Cuerdas y la Gravedad Cuántica de Lazos, Iván Agulló aporta algo de orden al caos infinito de interrogantes que la cosmología enfrenta en la actualidad. Lo hace mediante esta breve historia del universo y de los brillantes teóricos que han revolucionado por completo los cimientos de la ciencia y de nuestro entendimiento de todo cuanto nos rodea. Con una gran profundidad intelectual y filosófica, este libro logrará expandir el universo de ideas que cualquier mente curiosa alberga».

Y me quedo con una pregunta sin respuesta, aunque ya se hayan inventado la física cuántica para no quedarse con cara de bobos.

Se dice que el Universo se expande a partir del Big Bang, ergo el Universo antes del Big Bang era como una infinita caja vacía; no es, pues, el Universo el que se expande, sino las cosas que contiene.

Concusión: Yo con Ionesco, he dejado de leer libros que traten sobre el Universo. Por una razón: porque aunque las palabras pueden crear magia, detrás de la magia siempre hay un montaje.

¿Vivimos de paso?

«La muerte sólo es la puerta que se abre a otra vida». Es esta una frase que se oye con frecuencia pronunciada por personas cuerdas. Se le nota seguridad al pronunciarla, nunca dicen «quizá». No pidas más explicaciones, si no quieres que el dicente tuerza el gesto. A partir de ahí, apenas si queda camino que recorrer, no te esfuerces en contradecir tal aseveración o serás considerado un negacionista sin fundamento. Y tienen razón, porque si yo pretendiera negarle, tendría dificultades, las mismas, que él para afirmar lo contrario. «No está probado», puedes decir con cara de idiota. «Tampoco lo que tú niegas», dirá él otro con la seguridad de saber que no se le puede discutir. El tema queda en tablas, aunque siempre hay alguien que se considera ganador en su íntima consideración, pues no lanza ninguna campana la viento de la victoria.

Digo lo anterior porque tengo que reconocer que mi contrincante tiene muchas posibilidades de estar en lo cierto. El se apoya en testimonios más o menos apócrifos que aseguran otra vida después de la muerte. Y tú, que no dispones de ninguno para poder negarlo, has de admitir que puede tener razón. Sea como sea, me dará la oportunidad de tener una ligera esperanza en un momento de mi vida que le veo las orejas al lobo, como se suele decir cuando esperas que el lobo puede estar cerca. Pero también quiero que quede claro que no me bajo del burro y sigo creyendo que lo que que me queda es lo que me me quede, y a otra cosa, mariposa. Con la humildad propia del que no piensa en otra cosas que al recordar la frase bíblica que al parecer Dios le dijo a Adan cuando lo creo: «»RECUERDA QUE POLVO ERES Y EN POLVO TE CONVERTIRÁS” (Génesis, Cap. 3, Vers. 19), lo único que yo pudiera decir es que eso es lo que parece que ha de suceder, y a lo que añaden los exegetas de las «Sagradas escrituras», que se adjudican el don de interpretar a Dios, que eso nada tiene que ver con el alma inmortal, pues yo me encojo de hombros preguntando o preguntándome: » qué es el alma». Todavía no encontrado una respuesta.