Del estado anímico… por el suelo

Hoy recibo tu carta, la abro y veo las sombras que te afligen. Como tales sombras, no acierto a  imaginar los perfiles, lo que me impide tomar conciencia exacta de tu situación. Sea como sea, querida, tu confesión me hace sentir mal. Si algo deseo vivamente es que las personas a las que amo, quiero o estimo, nunca se vean envueltas  en ningún tipo de sombras. Por experiencia propia sé que cuando ellas se ciernen sobre uno, la vida deja de merecer la pena, eso nos parece. Pero en situaciones así, sólo nosotros, en actitud individual, seremos capaces de superarlas. Y consiste, de forma general, no en buscar salidas fuera como, equivocadamente, muchos hacen. Yo no hago eso, y me da resultado. Tampoco le pregunto a Google cuáles son las soluciones que proponen los cuaranderos de almas que pululan por alli.  Seguirlas es como seguir una receta de cocina complicada.

La cosa es sencilla. En primer lugar has de sopesar si esa situación es por tu culpa o culpa de los demás. Si es por tu culpa, piensa si por ello te quieres o no suicidar. Si es por culpa de los demás, determina si la solución es acabar con su vida. Hazlo, y cuando lo tengas claro, verás que tu problema se ha solucionado como por arte de magia.

P.S. No es una  broma, hablo en serio. Una vez solucionado, no tendrás que matar ni suicidarte. Amén

Día de Reyes Magos

Todos los anocheceres, cuando el sol apaga su luz, y como si la oscuridad fuese la aliada perfecta, algunos seres aparcan la timidez o el sonrojo que le produce ser vistos, descubiertas sus debilidades, en ciertos casos sus miserias, y se se sienten todo lo seguros de ser lo que son. Ya no se ocultan, sus deseos sólo los mueve el instinto de supervivencia, nunca son festivos, placenteros, alegres de sentirse vivos. Se aprovechan de ese estado perfecto que les da el anonimato para hacer aquello a que el instinto les impulsa. Existen otros seres que en la noche sorprenden a los que no se aperciben de su presencia y terminan en sus estómagos. No hablo de estos, hablo de los seres humanos, concretamente de uno que se me apareció en mi insomnio esta mañana, día de Reyes.

Y su visión fue nítida, tanto, que excedió a la imagen, a la memoria, al flash-back forzado en ausencia de presente y futuro.

Se trataba de un niño. Tampoco él había podido dormir. Sus padres dormían en una cama contigua en la misma habitación, alquilada con derecho a cocina. Pepito, creía en Los Reyes Magos, y las experiencias frustrantes de años anteriores, no habían, aún, conseguido convertir su ilusión en la realidad brutal a la que se veía sometido.

Impaciente, sólo vestido con una camiseta de felpa y calzoncillos , largos hasta la rodilla, saltó de la cama. Era una noche, además de oscura, fría, de esas que el frío quiebra los huesos. Pronto perdió el calor de la cama y las tres mantas con la que su madre le protegía. Tiritando, con los pies cubiertos por calcetines de lana, se dirigió al pasillo, zona común del piso compartido. Y en el pasillo, a tientas, buscó la puerta. Una vez que la sitió en sus dedos, se agachó, y con las dos manos, separándolas y juntándolas, recorrió el suelo. Cuando estuvo seguro de que allí no había nada, ningún paquete, ningún objeto que él pudiera identificar con un juguete, recorrió el camino inverso y se sumergió en la cama. ya era imposible que la cruda realidad le permitiera dormir y esperar a que los sueños repararan lo que él había esperado de los Reyes Magos. Repasó mentalmente si había sido un niño bueno, aplicado en los estudios, cualquier detalle que le explicara por qué él, al día siguiente, no podría presumir de sus reyes con los chicos de la calle. No lo encontró, y comenzó a sentir vergüenza. Vergüenza que fue creciendo a medida que las luces del amanece entraban por las rendijas de la ventana. Qué explicación podría dar a los otros niños, ufanos con sus juguetes, que no querrían compartirlos con él, por ese instinto de pertenencia, exclusiva de lo niños?

Pero Pepito era un niño al que, la ausencia de realidades placenteras, se le había despertado una imaginación casi prodigiosa. Dejó a un lado los sentimientos y comenzó a exprimir las diversas alternativas que le ofrecía su mente. Al final, creyó encontrar la mejor.

En un clavo en la pared de la habitación, su padre, policía, colgaba de la correa la pistola de reglamento. La luz ya difuminaba la estancia y Pepito, desde la cama se quedó, observándola. El padre aquel día de Reyes libraba. Pepito lo sabia porque le había prometido llevarlo a un pequeño huerto alquilado, que cultivaba para complementar el exiguo sueldo que percibía, al menos así no pasaban hambre. Seguro que su padre y su madre dormirían hasta bien entrada la mañana.

Era el momento. Pepito se levantó y se dirigió cauteloso hasta la pistola. la sacó de su funda, sin descolgarla, y volvió con ella a la cama. Era impresionante, cómo pesaba!, y estaba fría como un témpano. La acarició,  y sin haberlo visto antes, sintió que la parte superior de desplazaba hasta atrás. Pepito procedió a llevarla hasta que se detuvo. Era la corredera que permitía montarla, Una bala se alojaba en la recámara y la dejaba lista para disparar. Pepito siguió jugando con ella, apuntaba a la pared sin apretar el gatillo, con la boca imitaba el sonido de un disparo. Apuntaba a todo lo que se movía reflejado en la pared, sombras chinescas que proyectaban gentes o animales en movimiento que pasaban por la calle y se colaban por las rendijas de la ventana. Aquel era el juguete, ahora en sus manos, que Los Reyes le habían dejado. A los otros niños les diría que a él le habían traído un pistola, pero que su padre no se la dejaba sacar a la calle. Los niños no insistieran en querer verla, tampoco se burlarían.

Y, Pepito, no consciente del peligro, como cualquier niño, en uno de esos movimientos de apuntar e imitar un disparo, puso la boca del cañón sobre el parietal derecho de su cabeza, y esta vez, sí, el dedo índice de su mano derecha apretó el gatillo.

Hoy lo puedo contar. Los Reyes Magos no podían ser tan crueles.

 

El calendario

En algún lugar me regalan un calendario. No es un alamanaque de 365 hojas, una por cada dia del año. Tampoco  éste tiene pasatiempos, frases célebres, ni pronósticos del tiempo. Son doce hojas de papel, cosidas por la parte superior. El presupuesto no debía dar para más y se han suprimido las bellas fotografias de paisajes, de animales y, por supuesto, de bellas señoritas que servían para dar toque machista salido a las cabinas de los camioneros. En una franja superior, por debajo del grapeado, el anuncio de la empresa o producto que lo patrocinaba. De mi niñez, recuerdo que mi madre con las primeras  confeccionaba cuadros, un cristal encima y una cinta adhesiva cantoneando los bordes a guisa de marco. El resultado no podía ser más humilde. Luego, mi madre, los colgaba de la pared y, así, la casa parecía otra cosa,  a pesar de la austeridad del mobiliario.

Este calendario sólo cumple con la función de señalar los dias del mes, el día de la semana, las fiestas de guardar, las fiestas nacionales y, si acaso, te premite adivinar los puentes para que hagas proyectos de escapada con tiempo. Ni siquiera las fases de la luna, ausencia impensable en los almanaques y otros calendarios antiguos. Lo de las fases de la luna debía ser algo importante en tiempos pasados, quizá también ahora. No se borra de un plumazo de la conciencia del hombre, ni de los animales, la influencia que se atribuye a la luna. Todas las culturas la utilizan para predecir de sus fases los más diversos acontecimientos, de las mayores venturas a las mayores desgracias. En algunos casos, la luna y sus fases sí parece que salen del ámbito esotérico y tienen una explicación científica, v.g, las mareas.

Pero no estoy en ese calendario. En el que ahora tengo, ya colgando de una pared de la cocina, es el cutre de doce hojas, una por cada mes, sin más información que los dias coloreados señalando el día de la semana, los festivos y la correspondiente leyenda:  Navidad, La Constitución, etc. Bien mirado, esos días deberían alegrar más que cualquier otro aditamiento gráfico, son días de asueto, de dormir a pierna suelta, de hacer lo que te da la gana.

Me pongo transcendente y levanto las once hojas primeras. Deseo vivamente que mi fecha de nacimiento, día 19 de diciembre, esté señalado en este calendario como día festivo. No es posible, el día más importante de mi vida es un miércoles cualquiera, no está coloreado, no tiene la leyenda que señale el acontecimiento. ¿Soy yo menos que Jesús de Nazaret? ¿No fui yo hecho también a imagen y semejanza de Díos? Esta falta de consideración está en mis manos subsanarla, hacerme justicia. Y dicho y hecho, con un bolígrafo pinto de rojo ese anodino cuadro con el número 19. No pongo leyenda, doy por sobreentendido que es mí día.

Sólo estamos en enero, cuando vayan pasando los días, las semanas y los meses, quizá, espero, deseo vehemntemente que mi fecha de nacimento luzca como merezco, la fiesta correrá de mi parte. O, quien sabe, alguien lo hará por mí.

Será el principio formar parte de una estrella?

Siento  percibir de mí un perfil difuso

que me hace dudar que existo,

toco mi sombra y no la siento,

palmo mi cuerpo y estoy confuso,

si lo miro y no me miento,

no creo antes haberlo visto.

Quizá  estoy ya en el otro lado

formando parte de la materia oscura

ya sólo estoy esperanzado

en ser parte de una estrella

no me resigno a estar acabado.

 

 

Minicuento de Navidad

–Cómo está, señora? –preguntó el viandante a una mujer ya entrada en años, o gastada prematuramente por la vida, que, sentada en un banco público, parecía ausente, de mirada perdida en los pensamientos, sin parecer interesada en el bullicio de la calle, llena de apresurados compradores para la cercana Navidad.

–Por qué me pregunta, caballero? –respondio la mujer, sin dirigirle la mirada, aparentemente congelada.

–La veo muy sola, nada parece interesarle de lo que le rodea. Si necesita que alguien la escuche, yo puedo hacerlo.

–No podría entenderme ni darme una solución.

–Podía probar. Quizá ya no confía en nadie, incluída usted misma. Hable, y le daré la razón si la tiene.

–Siéntese en esa esquina del banco, si lo desea, quizá me decida a hablar con usted.

El hombre, de edad aproximada a la mujer, se sentó sin dudarlo. Y sin girar su cabeza al lado donde se encontraba , entrelazó sus manos entre sus piernas y adoptó parecida actitud . Por un momento ambos permanecieron callados. La situación al hombre comenzó a parecerle embarazosa, no tenía nada nuevo que decirle ni preguntarle. Era una de esas situaciones en la que ninguno parece interesarse por el otro, a pesar de compartir el mismo banco.

Al fin, y utilizando el comodín obvio de presentrase,  el hombre le dijo:

–Me llamo Jesus, y soy, según dicen, el hijo de Dios Padre. En teoría yo debería tener la posibilidad de dar solución a cualquier problema que tengas, también consuelo. Desgraciadamente, y aunque ningún creyente lo entienda, tengo mis limitaciones. Si fuesen ilimitadas, nadie tendría que padecer, porque yo tendía remedio para todo lo que aflige a la humanidad. Estoy aquí de casualidad. El Padre me pidio que viniera y viera si podía hacer algo por alguien que lo necesitase. No es que tú hayas sido elegida entre todos los que padecen, en realidad ha sido una casualidad el encontrarme contigo.

La mujer, lejos de reaccionar ante aquella sorprendente presentación, siguió en su actitud de mutismo e indiferencia. El que había terminado de hablar, tambíén adoptó la misma postura, esperando que fuese la mujer la que hablase. Pasados unos minutos, que ninguno decía nada, alguien se acercó llevando un carrito de bebé con un supuesto bebé dentro. Era una joven, no muy agraciada, casi recién superada la pubertad. Su semblante parecía desencajado. Cuando se paró delante de la mujer sentada, musitó una casi inaudible frase.

–Madre, ya está, creo que mi bebé tendrá con esa familia más suerte que con nostros. No han querido el carrito, ellos le comprarán otro mejor.

El hombre sentado al lado pudo escuchar y entender la tragedia de aquella joven madre y la de la abuela. Se levantó y siguió su camino sin decir nada. No tenía ninguna solución para ellas.

 

 

The Deuce

Tengo que escribir, no tengo excusa, escribir era una necesidad, si no vital, si complementaria con otras manifestaciones que comportan mi vida. Ahora, hoy, no me apetece, es como algo superfluo de todo lo superfluo de lo que trato de huir. Pero en esto soy cobarde, y aquí estoy, aporrenado teclas queriendo decir algo insustancial, sin la pretensión de que sea transcendente.

Estoy viendo una serie americana, The Deuce. Trata de un tema escabroso: La prostitución, el porno, los proxenetas, la droga, la corrupción policial en Times Square, años 70 a 80. Es, en momentos, explícito sin llegar a pornográfico. Necesidad justificada de unos guionistas, que habrán pretendido hacer de la serie un documento lo más cercano a una realidad informativa de lo que allí sucedió. También una denuncia de la pasividad de una sociedad que ni lo veía ni lo sentía cercano. Para los que allí vivían, cualesquiera que fuese su modo de vida, aquel era su mundo, no había otro. La miseria y la indignidad de sus vidas no tenía alternativas. Para los que venían del confort, de la aparente dignidad, en sus coches con lunas tintadas, aquel lugar les proporcionaba el desahogo a sus bajos instintos y quién sabe si a sus frustraciones personales o de pareja. Luego que alcanzaban el objetivo, regresaban a sus habituales vidas de personas. Digo de personas, porque en el lugar que dejaban atrás, ni ellos ni los demás lo eran., por más que algunos personajes nos muevan a la compasión.

Como no hay mal que por bien no venga, El SIDA vino curar aquel mal , y el resultaado fue que los beneficios para todos bajaron hasta el punto de desaparecer el escalofriante escaparate callejero, para dar lugar a los asépticos burdeles, sanitariamente controlados. Si las prostitutas ganaron con ello y su oficio pasó de la esclavitud a la actividad laboral regulada, no lo sé. Quiero imaginar que desaparecieron los chulos con sus rolex, pulseras y collares de oro, con sus coches de marcas míticas, con sus vestimentas que chorreaban prepotencia. Por lo demás, no seré yo el que juzgue lo que libremente quiera hacer cualquier hombre o mujer con sus vidas. Si algo denuncio como humanamente indigno, es aquello que carece de estética. Es la diferencia entre una sociedad estructurada en la convivencia respetuosa con las formas y otra que no le importa mostrar la mugre más abyecta como el único lugar donde poder sentirse a gusto.

Tendré que dejar de ver la serie si quiero ser consecuente. No espero ese final feliz de los cuentos de hadas. Los productores sabrán qué les movió a crear esta serie, yo me temo que fue más por interés económico, que por buscar un rechazo social a los guetos que aún existen.

 

Vivir feliz y afortunado

Desde que tienes uso de razón, piensas en la vida que tienes por delante. Cuando alcanzas los cincuenta, comienzas a especular sobre la vida que te queda. Si llegas a los setenta, tu pensamiento cambia sustancialmente, y ya sólo te preocupa el día a día de tu estado de salud, que como cualquier cosa fungible, y el cuerpo humano lo es, lo vas manteniendo de achaques sobrevenidos, unos reales, otros de etiología sobrevalorada o hipocondriaca. Vas con frecuencia a consultas médicas y, cuando es necesario, con el tratameinto que te proponga el doctor de turno, sientes haber hecho lo que debías. Un estudio en varios centros de prestigio, concluyó que de los pertenecientes a la llamada tercera edad, obtuvo el resultado de 362 sujetos (83,8%, extrapolandolo a la población de hecho), que fue considerado significativo. El 83,1% de ellos utilizaba uno o más medicamentos a diario. No hago cálculos de lo que ese porcentaje supone, pero las empresas de los medicamentos deberían llevarle un ramo de flores a cada persona que alcanza esa tercera edad, al parecer la definitiva, pués nunca escuché de que existiera una cuarta.

De lo que aceptamos como habitual y normal, traigo aquí la historia de un hombre  singular que ha nacido de mi imaginación, quizá porque existe en mi subconsciente como un nexo entre la eternidad y el instinto de supervivencia impreso en nuestro genes.

Por llamarlo de alguna forma, lo llamaré Félix, que por venir del latín,  significa «Aquel que se considera feliz o afortunado».

Félix tiene ochenta años, recien cumplidos. La pregunta subsiguiente sería: ¿puede Félix, en buena razón, considerarse un ser feliz y afortunado? Puede, esa es la respuesta que elabora mi subconsciente. Y me propone más: tú eres otro Félix, debes considerarte un ser feliz y afortunado.

Pero Félix también es consciencia, y sacudiendo levemente su cabeza a un lado y otro, analiza su situación real. Soy feliz y afortunado porque podía estar peor, utilizando el aforismo optimista del vaso medio lleno. Félix, pues, no es pesimista, para él la vida no es un tema impreso en un calendario, ni siquiera en un futurible para uso propio. Su realidad está enmarcada en un comportamiento diario. Tiene achaqués, sí, y se toma alguna pastilla, pero esa circunstancia no le deprime, al contrario, para él entra en la rutina diaria y le da seguridad, no preocupación, por lo que otros considerarían dependencia.

Con esa buena, excelente predisposición, Félix se levanta temprano cada día. A esa edad, o elaboras un programa o te sientas en un sillón a dormitar o recordar efemérides. El programa de Félix es levantarse, hacer unos estiramientos para recolocar sus vértebras desplazadas, ir al baño e intentar evacuar los restos de la ingesta del día anterior. Generalmente no lo consigue, pero sabe que sucederá si se toma un laxante natural. Orina, el chorro lo tiene ya olvidado, ahora es a golpes de esfinter, pequeños chorritos que terminan por vaciar su vejiga. Se levanta del water, la larga postura allí sentado le causa algún dolor articular que se le pasa pronto. Se acerca al lavabo, un día sí y otro no se ducha, que no es cosa de exagerar, cuando los franceses lo hacen una vez a la semana, o más. Se lava cara y axilas. Enjuaga su boca con un elexir y toma la dentadura postiza que la noche anterior había dejado en un vaso con agua. Meticuloso, le pasa un cepillo, la lava y se la coloca con una pasta fijadora. Hoy no toca afeitarse, tiene un eczema en la cara y no es conveniente tocarla hasta que se cure. Se pone unas gotas de colirio en los ojos, peina sus escasos cabellos que amanecieron reveldes, y sale de nuevo a su dormitorio. He de decir que vive sólo, su esposa felleció hace un año, tiene dos hijos que según él no los necesita para valerse. Se viste con patalón y chaqueta a juego, camisa blanca y corbata. Se mira en el espejo y se da por satisfecho.

Mentalmente repasa el programa. Toca desayunar. Pan integral con aceite de oliva extra virgen y miel. Para beber, café descafeinado con leche descremada. No usa el azucar, pues tiene tendencia a tener alta la glucosa en sangre. En ocasiones se pone una inyección de insulina y el tema queda resuelto. Félix sabe que el mejor tratamiento para estar saludable es no abusar de nada, y de algunas cosas ni catarlas.

El día comienza para Félix cuando termina de desayunar, lo mismo que para la mayoría de las personas.

Hoy, Félix tiene por la mañana dos asuntos ineludibles que debe atender: reponer de alimentos su frigorífico y alacena, y como aún conduce su viejo coche, irá primero a la consulta programada del médico de la Seguridad Social para que le informe del resultado de una análitica ordenada con anterioridad. Luego irá a  un super y comprará lo que lleva anotado en una lista.

–Siento decirte, Felix–le dice el doctor–, que tu analítica no es muy positiva, nada positiva. Se pueden considerar algunas cosas surgidas nuevas desde la última que te hiciste. La glucemia ha subido y ya se puede considerar como diabetes B, eso supone el uso diario y en varias ocasiones de insulina. Tienes algo de anemia, y habrá que ver la causa. Tambien tienes el colesterol y los trigliceridos altos,  te pediré un analísis específico para comprobar el estado de tus coronarias. La elevada creatinina indica que algo no funciona bien en tus riñones. También veremos eso. De las heces hay un indicador tumoral que en principio no es definitorio, por lo que debes volver a hacerte una colonsocopia para segurarnos de la evolución de los pólipos detectados en la anterior. Hay algunas cosas más, pero prefiero asegurarme con nuevas pruebas. Si te parece, vamos a programar un exámen general de tu salud. No te preocupes, casi todo tiene solución.

Félix salió de la consulta con varios volantes para hacerse pruebas médicas y una hoja de instrucciones.

El el hall del hospital, y en la primera papelera que encontró, deposító todos los papeles que le había dado el médico.

Tomó su coche y se fue al super. Por el camino iba pensando: «No hay cabrón que me impida ser feliz y afortunado».

Por la tarde, después de la siesta, se acercó, como de costumbre, al club de jubilados. Allí le esperaba la habitual partida de mus con sus colegas y amigos. Hablaron de cosas, ninguna de los problemas de salud de cada uno.

Cenó ligero, vio la tele un rato, y se fue a la cama. Al día siguiente tenía un viaje con el Imserso, que no quería perderse por nada del mundo.

Felix, mientras vivió, poco importa cuánto, se sintió féliz y afortunado. Una muerte súbita impidió que cambiara de opinión.

Corolario: Sé feliz y afortunado mientras vives, no permitas que ningún cabrón te amargue la vida.

 

 

De biopsia y otras historias

Estaba impaciente. En algún archivo de un ordenador en el hospital estaba guardado esa especie de sentencia que nos condena o nos libera de la fatídica palabra: cancer. No podía esperar una semana a la consulta programada con el médico que me había operado. Tampoco tenía acceso a él por los medios habituales, teléfono, correo, whatsApp. Dubitativo, me acerqué al hospital, no tenía claro si esa actitud mía respondía a un gesto de valentía o de cobardía. Fue la inercia del desasosiego que me puso en camino.

Me identifiqué, pensé en lo impersonal de mi identidad. No era José, ni un cliente que hacía posible la existencia del hospital. La persona que me atendió tras el mostrador no debió tener suficiente con el documento de identificación que le había entregado y me preguntó por mi fecha de nacimiento. Figuraba en mi documento, pero debío considerar que si sabía mi fecha de nacimento era una persona mentalmente sana a la que se le podía confiar el preciado informe, cualesquiera que fuese el resultado.

Al fin me entregó un sobre. No lo abrí hasta encontrame sentado en un sillón del hall. Podía desmayarme.

Como todos los informes médicos, has de leer entre lineas o te pierdes entre siglas y términos sólo para el ámbito médico. Entre lineas pude fijar  vocablos que si me daban una pista: tumor de bajo grado, no sobrepasa la masa  muscular. A,B,C, libres de tumor. Ausencia de imágenes de D, E,F. Sin evidencia de   G en 10 ganglios aislados. No muestra de alteraciones H.

Podía darme por satisfecho? Cada letra que utilizo en el párrafo anterior responde a un término médico para mí desconocido. Siendo así, era muy aventurado reconocer que la biopsia era totalmente favorable.

Pero sí tenía a mi médico habitual para cosultarle y pedirle una traducción del informe que me fuera inteligible.

Un whatsApp enviado que fue respondido con celeridad. Mi médico sabe de angustias  ante incertidumbres serias de sus pacientes. Y con pocas palabras, aunque hubiese preferido todo un manual de uso, me dijo que el infome era muy positivo para mí, que tenía que cuidarme y hacerme revisiones periódica. Que la intervención quirúrgica estaba plenamente justificada. Y por si me quedaba alguna duda, terminó con un » Enhorabuena, José»

Y acaba esta historia, que he querido compartir con mis amigos por sus buenos deseos y la confianza que con buena inteción me transmitieron. Sigo viejo, pero vivo.

 

 

 

 

Elogio de la mierda


Usar la palabra mierda como argumento en algo escrito, se rechaza como políticamente incorrecto, chabacano, de mal gusto, impropio de un texto que se pretende elegante. No así, la expresión mierda es comodín habitual en el lenguaje hablado, diría que insustituible si queremos ser hiperclaros en una definición: esta novela es una mierda, mierda, perdí el tren!, qué mierda estás haciendo?, vete a la mierda!, y cien más de uso habitual, hasta por personas que se suponen educadas.

Teniendo por sabido que hablar de mi mierda puede parecer inadmisible para algún lector, por escatológico y cualquier otro calificativo sancionador que se le ocurra, le pido sustituya mentalmente la palabra mierda por el sinónimo que mas le acomode; apunto caca con cierto rubor, ya que su uso se circunscribe más bien a la mierda que defecan los bebés.

Voy, en esta ocasión, a hacer un elogio de mi mierda.

Todos estamos habituados a convivir con nuestra mierda, unos a diario, otros cada dos, tres días o más si padecen de estreñimiento. Todos, o casi todos, cuando nos levantamos del water echamos una mirada furtiva al fondo del mismo para comprobar que nuestra mierda cumple con los requisitos normales de color, textura y cantidad, que nos deja tranquilos, o intranquilos si algún elemento extraño aparece que pueda significar una disfunción de nuestro organismo. Se podría decir que la convivencia con nuestra mierda forma parte de los hábitos obligados que, afortunadamente, hasta nos proporciona cierto placer. Qué a gusto!, decimos o pensamos.

Y qué pretendo decir en esta ocasión de mi mierda, que es mi deseo elevar a elogio, algo no habitual?

Mi última reflexión en este blog hablaba de una operación de colon a la que me iba a someter en breve. Operación que ahora, sin apelar a la imaginación, ya es real. De ella nada puedo añadir, pues lo allí imaginado casi se ha desarrollado al pie de la letra. Salvo la preocupación mayor que apuntaba, y era la colocación de una bolsa extra corpórea, que no fue necesaria.

El postoperatorio discurrió con entera normalidad, y que todos conocéis por referencias o experiencia propia, por lo que lo obvio en este escrito. Sólo apunto que debo rendir un agradecimiento especial al cirujano, anestesista, ayudantes de quirófano y las enfermeras, todos humana y profesionalmente insuperables.

Mientras mi dieta era líquida, no tenía por qué pensar en mi mierda. Cuando ya me dieron de comer algo sólido, tampoco en los primeros días fue motivo de preocupación el que mi mierda se negara a darme satisfacción de verla en el fondo del water; todo mi intestino partía de estar vacío, además de la normal atonía posterior a una intervención quirúrgica que le afectaba directamente.

Los médicos me tranquilizaban cuando, a partir del cuarto día, les manifesté mi preocupación. Lo consideraban normal. Me daban de comer dieta blanda o semi, y está no dejaba muchos residuos en el tracto intestinal.

Pero ya no me sentí seguro a partir del quinto, sexto, sétimo día. Comía con buen apetito y abundante comida normal. Ya no tenía excusa. Mi ahelada mierda seguía  sin abandonar mi cuerpo. Me dediqué a buscar remedios, farmacéuticos o caseros; de los farmacéuticos no me salí de los prescritos por mis médicos, de los caseros casi todos: Mis amigos en las letras me apuntaron los suyos,, hasta usar ramas de perejil para estimular mi ano, Google me aportó algunos más. Pero mi ano seguía sin mostrar otras señales que algunos esporádicos pedos, que yo trataba de entenderlos como buena señal, al menos el corte y pega practicado en mi colon parecía que tenía continuidad.

Hoy, por fin, volví a ver mi esperada mierda. Hasta quise hacerle una foto. Y era normal, sin ningún elemento estraño que me moviera a verla con suspicacia. A forma de elogio, estuve un buen rato contemplándola, sin decidirme a pulsar el dispositivo de la cisterna. Desde luego no llegué a pensar en guardarla en una caja, aunque merecía mejor destino que el sumidero.

Prueba, pues, superada. Ya sólo queda el resultado de la biopsia, que podría ser bueno o, por lo contrario, señalar que mi cuerpo estaba hecho una mierda. En fin.

P.S. Sin tratar de justificarme, puedo dar fe que la palabra mierda aparece en muchos textos literarios. García Márquez , por ejemplo, en Cien años de soledad utiliza ese denostado vocablo en 14 ocasiones, en divesos contextos, y, probablemente, no le quedó más remedio. Nadie se atrevería a sustituirla por un eufemismo o sinónimo, haría de esa gran obra un remedo cursi inaceptable.

Voy a añadir un poemilla que alguien escribio en el interior de una puerta del water. Viene a cuento, es anónimo, como todo lo que se escribe dentro de los waters pùblicos ,y que, en ocasiones. deberían formar parte de alguna antología literaria

El día de la Marmota

Tengo la sensación de estar viviendo secuencias parecidas a las que podemos ver en la película Atrapado en el tiempo, más conocida como El día de la Marmota. Cada día, al levantarme, a mí también me parece que todo lo que sucede a continuación se repite, que ya lo he vivido antes. Analizo el fenómeno, y llego a la conclusión de que no puede ser de otro modo. La vida, si no te proporciona nuevos acontecimientos, es una imagen fija, la puedes ver en tu interior o en un espejo reflejada. A veces uno fuerza que a esa imagen se añadan nuevos sucesos que te dan la impresión momentánea de que la imagen es distinta. Pero es tan fuerte la imagen precedente, que apenas el cambio es notable como para sentir que estas en la vida, en el movimiento y no en la quietud.

El viernes seré operado quirúrgicamente. Parto de un hecho ya sucedido. En el preparatorio que he tenido que realizar, la idoneidad de mi estado general de salud es de un aprobado muy justo. ¿Qué puede suponer esto?

El día de la marmota se impone. La imagen fija ya tiene un suceso de suficiente entidad para que, al levantarme, mi mente converja nítida en ese suceso, dejando difuminados los anteriores. El hecho de que esto se haya convertido en un monotema que se repite cada vez que se reinicia mi consciencia, hace buena la definición de Atrapado en el tiempo, o El día de  la Marmota.

Ya el cirujano que me ha de intervenir me informó del proceso quirúrgico y de sus posibles consecuencias colaterales. Me tranquilizó cuando me dijo que sólo un 8% se seguía de muerte. No me gustó tanto que con laparoscopia no sería suficiente, que sería preciso hacer una incisión de 6 cms. para extraer el intestino afectado. Y desde luego no me tranquilizó en absoluto cuando me habló de la posibilidad de verse obligado a una ostomía, o dicho en lenguaje inteligible, a colocar una bolsa fuera de mi cuerpo para sustituir al recto y ano en su función.

La espera de disponibilidad de quirófano en varios, demasiados, días para ser operado, ha supuesto que, obsesionado por todo lo que pudiese añadir al conocimiento exhaustivo del proceso, no quede página, video, testimonios, que no haya incorporado a esa ya imagen fija y recurrente que se alberga en mi mente.

Entro en el hospital un día antes, en la recepción me dirigen a una sala de espera. Un celador con una silla de ruedas me viene a buscar. Le digo que puedo prescindir de la silla. Acepta que le siga por mi propio pie. Entramos en una habitación. Me dice que seré atendido por enfermeros. No pasa mucho tiempo, y un joven de bata blanca me da las primeras instrucciones: que me desnude y me ponga una bata verde que encontraré en el lavabo. Me informa que hasta la operación al día siguiente debo observar un estricto ayuno, sólo agua o algún zumo de frutas que me traerán. En algún momento me hacen unos lavados de colon, similar a los ya efectuados para la colonoscopia.

Ya es el día siguiente. Temprano me trasladan al quirófano. Me impresiona, es más aparatoso que la sala de un dentista. Aunque me resulte familiar de haber visto otros en videos, este va a ser el mío. Mientras una enfermera me coloca una vía intravenosa, repaso con la vista todo lo que está a su alcance.

Se acerca el doctor que había evaluado la idoneidad de mi salud para ser operado, es el anestesista. Me saluda y trata de tranquilizarme. Lo que consigue es intranquilizarme, porque viene a mi pensamiento el 8% de fatal desenlace. Sé que a partir de unos minutos dejaré de ser el yo consciente, y lo habré de ser durante un tiempo que está entre una hora y la eternidad. Ya no puedo tomar una decisión contraria al discurrir de los acontecimientos previstos e imprevistos.

A partir de esa secuencia, mi mente ya sólo vive en el día de la Marmota. Cada mañana me despierto con la misma rutina. He dejado los deberes elementales que antes no descuidaba. No me comunico con mis amigos, no veo videos de la naturaleza, películas o series descargadas, no escribo correos en respuesta a los que recibo, no consulto más Google.

Si esto escribo y comunico a mis incondicionales amigos, es porque creo que les debo la imagen que, en estos momentos, conforma mi vida. Después de todo, sabrán que estoy vivo cuando me lean. Espero que no demoren la lectura más allá del próximo viernes; en un 8% podría estar fuera de contexto.

José