sueños y realidad

“Que toda la vida es sueño, y los sueños sueños son” . (Calderón)
A veces no identifico sueños y realidad. Que tenga a mi hijo cruzando el Atlántico o que lo tenga en casa, a mi lado, forma parte de esa nebulosa en la que parezco flotar. Que no tenga amigos y los tenga de probada fidelidad, me causa inquietud permanente. Que ame profundamente e igual sea amado o me vea rodeado de desamor, hace que esté en la ansiedad por alcanzar el sosiego. Que escriba para los demás o sólo para mí, me deja vacío de objetivos. Porque yo puedo escribir y describir un sueño, en un sentido u otro, pero nunca consigo hacerlo realidad. Yo quisiera que las cosas fueran como son y no como quiero que sean. Si las cosas fueran como son, me aferraría a ellas y las encontraría, al menos, consistentes. Pero no es el caso. Si las cosas son como yo quiero que sean, necesariamente debo pensar en los sueños permanentes, y es, entonces, cuando todo me parece bailar alrededor de mí, y hasta siento que se burlan de mí cuando intento atraparlas. Y si esto es la vida, si todo está en el dominio de los sueños, ¿existirá algún medio por el que pudiera despertar? Y una vez despierto, ¿qué realidad me encontraría esperándo?

miguel y sus virtuales amigas

Estas caóticas estampas sobre el personaje Miguel, que el autor está pergeñando, muy a su pesar parecen llevar a la confusión a más de un lector o lectora que me honran con su habitual visita a mi página. Mi experiencia, aunque pequeña, me lleva a concluir que, aunque el dicho “nunca llueve a gusto de todos” podría tener una aplicación universal, no lo creo válido para este caso. Y no lo creo, porque si en la parodia de un Miguel histriónico hay elementos que pudiesen identificarse con hechos reales, en cuyo caso el dicho se convertiría en “todos están descontentos con esta lluvia”, y lo sería con razón sobrada, en este caso al autor le gustaría –aunque supone imposible- que sus escritos fuesen siempre interpretados en clave literaria, sin buscarle otras connotaciones como denuncia, mofa, intento de ridiculización a personas de cuya amistad el autor se complace. Porque si hay otras personas que se sienten aludidas, ahí nada puede hacer, ya que el mimetismo de los lectores con los personajes de las obras literarias es libre y espontáneo, sin que se le pueda achacar responsabilidad al autor.
Pero el autor, que ha encontrado en Miguel un personaje con carácter dramático, rico en matices escénicos, no puede resignarse a que desparezca para no causar malhumor en algunas de sus amistades. Deberían entenderlo y elevar a sonrisa su mueca de disgusto. Y para que vean que sus sentimientos de verse identificadas divergen completamente de un incoherente Miguel, las invito a que lean lo que sigue. 
Se trata de una mini escena del género chico teatral, tipo sainete.
Miguel, frente a la pantalla de sus dos ordenadores, debidamente conectados, abre dos “messenger” diferentes, uno en cada pantalla. Por defecto, ambos declaran estar disponibles para quién quiera “chatear” con él. No es una sorpresa para Miguel que, no habiendo pasado unos segundos, aparezcan como por arte de magia dos ventanas, algo mas tarde una tercera y ya al final de la “sesión” una cuarta. Miguel está acostumbrado a esta predisposición expectante de sus amigas y a todas trata de complacer, aunque como se verá, no siempre lo consigue. Miguel podría atenderlas de una en una, pero ¿qué puede decir Miguel a las demás para que esperen? Él, que es muy caballeroso, piensa que lo interpretarían como el establecimiento de una prioridad, en la que ellas se sentirías relegadas al papel de secundarias. Podría invitar a todas a una charla en grupo, pero cada una de ellas ignora la existencia de las otras, así que jamás se le ocurrió afrentarlas con una proposición semejante Para evitar celos y suspicacias, se pasa un pañuelo por la frente sudorosa y se dispone a complacer a todas a la vez. He aquí una muestra de lo que acontece habitualmente en la vida cibernética, virtual, interactiva de Miguel.
Pantalla (en lo sucesivo P) 1.- Hola
Miguel (en lo sucesivo M) .- Hola, divina.
P 2 .- Estoy muy enojada contigo
M.- ¿Y eso? 
P 1.- ¿Divina? Creo que hoy estás irónico
P 2.- Lo último que has escrito… Me ridiculizas y no estoy dispuesta a consentirlo.
M.- No lo entiendo, ¿por qué te ridiculizo, dónde te sientes aludida?
P1.- ¿Estás ocupado? Tardas mucho en responder.
M.- No me has hecho una pregunta. Ah, si, ¿te sorprende que te diga divina? Bueno, tú eres lo mas parecido a una diosa menor griega.
P2.- Yo no soy una planta.
M.- Yo no le he puesto tu nombre a ninguna planta
P1.- Si sigues mofándote de mí, ¡chau!
M.- Espera, no me mofo de ti, lo de diosa griega tiene su explicación. (Miguel se enjuga el sudor)
P2.- No hace falta, intuyo que una de esas plantas soy yo, y siento que te burlas.
M.- Mujer, eso es una fábula vegetariana; si hubiese sido Esopo, hubiese utilizado zorras en lugar de plantas. Me habrías condenado a los infiernos.
P1.- Si estás ocupado, me lo dices y vuelvo en otra ocasión.
M.- No estoy ocupado más que contigo, pero pensaba qué explicación podía darte. Si te quedas, te la doy.
Aparece otra ventana, la P3. Miguel suda copiosamente.
P3. ¡Magnífico! Eres un cabrón único, aplausos y más aplausos.
M.- Hola, mi reina, tú si que me comprendes. Pero, ¿por qué soy un cabrón magnífico? Eso es una contradicción.
P3.- Porque pones a parir con elegancia y buen hacer a todas tus admiradoras?
M.- Disculpa, ahora estoy contigo, voy a beber algo, que estoy seco.
Miguel no se va a beber, aunque quisiera. Tiene que responder a P1 y P2, que siguen allí con nuevas preguntas.
P2.- Ahora, además de cínico, grosero. ¿Qué insinúas con eso de zorra?
P1.- Tardas mucho en explicarte, seguro que quieres mortificarme aún más. Además, ¿por qué menor?
Miguel se queda un instante en blanco. Mira las tres pantallas como un zombi. Recupera la sensibilidad, acomoda su culo en el sillón y trata de establecer la prioridad de su respuesta. A P2 parece necesario no hacerla esperar.
M.- Nada, no insinúo nada. Dije zorra, como podía haber dicho otro animal de los que usa Esopo en sus fábulas.
M.- Mira, te dije diosa menor porque son las más humanas del Olimpo.
P1.- Sí, soy humana, pero no diosa, y mucho menos diosa menor. Te burlas.
P2.- No me compares con ninguna planta ni con ningún animal. 
Miguel percibe un “¿Y?” en la P3. Es toda una manifestación de impaciencia. Debe responder, si no quiere otra mahumorada más.
M.- Ya. ¿De qué hablábamos? Ah, sí, de tus elogios un tanto raros. Creo que eres injusta, tú podrías estar entre las aludidas. Claro, juegas con ventaja al saber que tú eres tú, la única, la irrepetible. Lo que insinúas sólo es una obsesión tuya. Nadie más ocupa mi teclado.
Miguel abandona P3 y vuelve a las P1 y P2.
M.- Mujer, si leyeses sobre la mitología griega, verías que todas esas diosas menores fueron el paradigma de lo que la mujer sueña ser.
M.-Repito que no hacía alusión ninguna a tu apreciada persona; sólo escribo lo que me viene a la cabeza.
P2.- Pues tienes una forma rara de decir las cosas
P1.- Yo no quiero ser otra mujer que la que soy, y estoy satisfecha; no me líes más.
Miguel cree que P1 y P2 pueden esperar y pasa a atender a P3, que ya se ha manifestado.
P3.- No me importa. Disfruto si veo que tu disfrutas.
M.- Eres un cielo, pero me cuesta creerte. Creo que intentas que te confirme tus sospechas para luego, ¡zas! Si no lo hicieras, creo que me defraudarías, porque significaría que te importo un pito.
Miguel piensa que P3 se tomará algún tiempo para contestar a tan comprometido dilema que le plantea y aprovecha para ver qué sucede en las ventanas.
M.- Tranqui, que no quiero liarte. ¿Cómo puedes ser tan perra conmigo con esa cara de ángel que dios te ha dado?
M.- Mira, debes comprender que un escritor, además de botánico, mezcle sus dos pasiones. Repito que no pensé en ti al escribir eso.
P1.- Mira, Miguel, no te entiendo. Ahora me dices perra, ¿crees que puedo soportar tus insultos de forma impasible? Y no te paras ahí, ¿debo suponer que yo te causé decepción en tu visita a este continente? Habla claro.
A Miguel ya se le ha puesto cara de gilipollas, pero aún tiene la certeza de reconducir la situación. No es la primera vez que se ve en parecido trance. P3 espera. 
P3.- Te comprendo, pero compréndeme tú a mí. Soy una persona adaptable a cualquier situación, y la tuya la contemplo como un regalo para mis ojos. Si le preguntas a otra aparte de mi cuerpo, quizá protestara, pero “mon petit”, sólo soy ojos para ti, y eres todo un espectáculo.
Miguel mira la ventana P2. Sigue sin modificarse y le preocupa.
M.- ¿No dices nada? ¿Estás satisfecha con mi explicación?
Miguel espera impaciente sin apartar la mirada de la ventana P2. Se mueve, algo hay nuevo.
P2.- Dime una cosa, Miguel: ¿por qué te intereso?
M.- Déjame que lo piense… ¡Ya! Un hombre siempre se interesa por la mujer que se interesa por él. Me siento muy halagado.
Mientras P2 digiere el sofisma, Miguel pasa a ver qué hay de nuevo en la P1. No, espera que Miguel le hable claro.
M.- Aunque te hable claro, tú siempre lo interpretarás turbio. ¿Qué te hace suponer que me decepcionarías? Conozco tu cara y me pareces atractiva. Se dice que la cara es el espejo del alma, así qué… De lo que desconozco, ¿qué puede importarme?, no soy un marchante de carne argentina.
Miguel ha dado casi un porrazo violento a la tecla enviar. Está comenzando a sentir fatiga. Son las doce de la noche para él y quiere cerrar, de la mejor forma, pero cerrar por ese día. Mira detenidamente cada una de las ventanas y piensa un instante antes de responder a cada una. Empieza por P1, la más conflictiva.
P1.- No contestas a mi pregunta, ¡farsante!
M.- Disculpa, fui a beber algo. ¿Que hable claro, dices? Eres mi amiga, si no fueses, no perdería un segundo contigo. Al margen de mis escritos, que tanto parecen afectarte, te recuerdo que siempre por aquí te he tratado con corrección. Mira, es tarde y estoy cansado. Mañana continuamos a la búsqueda de la convergencia.
P1.- Sigues pareciéndome un mentiroso con mil caras. Que descanses, si puedes con tu conciencia.
Miguel cierra rápido la ventana P1 y mira la ventana P2.
P2.- Bueno, cuando empiezas a filosofar, me exasperas. Eso que has dicho no tiene por qué complacerme como respuesta.
M.- No hay otra. Si bien lo piensas, yo sólo puedo interesarte por lo que has leído de mi, no hay otra razón. Quizá tengas razón si esa frase mía la sacamos de contexto, pero el contexto en el que interactuamos es ese. Si se diera otro, puede que tuviese que replantearme el por qué me interesas, mientras tanto, querida, dejémoslo así. Es tarde, mañana seguimos, si quieres.
Miguel espera, quiere ir cerrando ventanas.
P2.- Siempre siento un vacío cuando hablo contigo, debo ser un pozo sin fondo. Sí, mañana.
Miguel cierra la ventana P2. Y observa la P3.
P3.- ¿No te ha gustado lo que te he dicho? Si estás en otra cosa, te dejo. Estimo que tu tiempo es oro. Hasta mañana, querido.
M.- Remansas mi alma alborotada, cielo. Eres tan comprensible… Estaba escuchando música mientras te imaginaba. No sabes lo que daría por tener tu imagen. Que tengas un buen día.
Miguel cierra la ventana P3, cree haber dejado, al menos, abierta la puerta de su intimidad a las tres. Se olvida de cerrar los “Messenger” y mira el correo. Sólo mensajes publicitarios. Lo cierra y cuando va a apagar los ordenadores, súbitamente aparece una ventana de “Messenger”. Duda si mirar, pero Miguel es un caballero y mira. Es una nueva ventana. Enseguida conoce quién está detrás. 
P4.- Hola, corazón, sé que es tarde para ti y no quiero restar un minuto a tus sueños. Mañana me cuentas si yo estaba en ellos, ¡zaz!.
Miguel no responde, cierra la ventana, cierra los “messenger”, cierra los ordenadores y levanta su culo pegado al sillón. Sabe que tardará en conciliar el sueño y sale al jardín. Las estrellas brillan en el cielo, y por un momento le parecen otras tantas ventanas que esperan respuesta.
Seguirá, o eso pienso.

el ruiseñor y la seduccion

Un ruiseñor envejeció sin que nunca hubiese sido seducido. Él había oído hablar del extraño embrujo que suponía la seducción pero, como digo, nunca tuvo la ocasión de comprobarlo por sí mismo. Ya viejo, recordaba que sus amigos ruiseñores se burlaban de él como un fracasado cuando les miraba con envidia mientras escuchaba sus historias de seducción. “¿Podría ser seducido a mi edad, o debo resignarme a morir sin saber qué es eso de la seducción?”, se dijo un día en el que estaba haciendo repaso de su vida. Coincidió que mientras estaba sumido en estos y otros pensamientos, un pájaro muy extraño se posó en una rama contigua. El viejo ruiseñor le miró displicente y volvió a sus pensamientos. El extraño pájaro emitió unos sonidos extraños y el ruiseñor volvió a mirarle. Aquellos sonidos eran para él desconocidos y les prestó una mínima atención. El extraño pájaro aleteó con fuerza, levitando unos centímetros de la rama donde estaba posado. El nuevo ruido hizo que el ruiseñor volviese la cabeza, pero le pareció una estupidez lo que hacía aquel extraño pájaro y volvió a sus pensamientos. Finalmente, el extraño pájaro se fue de allí y el viejo ruiseñor vio cómo partía con su aleteo acompasado y uniforme, lo que embelesó al ruiseñor hasta que lo perdió de vista. El viejo ruiseñor nunca más volvió a pensar en la seducción. Lo que sí hizo fue fijarse en todo lo que hacían los pájaros, por muy extraños que le pareciesen.

la princesa preñada

Un príncipe se casó con una plebeya, y todo fueron rumores en la corte. Unos lo comparaban con un cuento de hadas y otros como un indecente braguetazo. La nueva princesa estaba triste. El pueblo pensaba: “No puede tener hijos”. Pasaba el tiempo, y todos susurraban: “Por razones de estado, se tendrán que divorciar”. Y cuando nadie lo esperaba, la Casa Real anunció que la princesa estaba preñada. Los del cuento de hadas se alborozaron; los del braguetazo se callaron. Sólo yo reflexioné. Una mujer preñada es más que una princesa. Se convierte en odre esotérico donde principia la vida. ¿Hay algo más precioso y que supera en mucho la pretensión de los alquimistas de convertir el plomo en oro? Trato de imaginarme a todas aquellas parejas que viven la incertidumbre angustiosa de la paternomaternidad. Y no me cuesta trabajo imaginar el júbilo de ambos cuando el doctor les dice: “Felicidades, vais a tener un hijo”. Pero en el caso de los príncipes de esta historia no debió ser así. La presión social es única en este caso. Pensarían, al recibir la noticia: él, “Te quiero, Princesa”, como renovando una confesión hasta entonces condicionada; y ella, “Ahora sí me siento princesa”, como haciendo valer sus méritos. Y es que un hijo iguala a los padres en algo que es muy superior a cualquier rango social diferencial; es tanto como ser reyes de la creación. ¿Se puede alcanzar mayor rango?

de sueños y pesadillas

Ella se debate entre la edad en la que aún se sueña despierta y la edad en la que se comienzan a tener pesadillas; la edad en la que sólo se sueñan sueños y la edad en la que sólo se sueñan espejismos; en la edad en la que los sueños a veces gozosamente se cumplen y la edad en la que, casi siempre, se sufren los delirios.
Ella no quiere salir de la primera edad, pero ahí está, agazapada, esperando la pesadilla que comienza.
Ella, ahora que no tiene sueños, reclama, espera para sí los sueños primeros de un hombre. No todo estará irremisiblemente perdido en el mundo de los sueños, si algún hombre la llama para compartir sus propios sueños. Pero ese hombre no llega, no la llama, no le ofrece lo que ella anhela entre sueños y pesadillas, porque todos los hombres que se le acercan ya han cruzado la primera edad, y, como ella, reclaman para sí compartir los sueños de una mujer.
Están, ambos, en un infernal círculo que se cierra y se abre para exhumar anhelos convertidos en fantasmas, fantasmas que se apoderan de sus cuerpos para convertirlos en excrementos, después de una digestión en la que pocas veces escapan las almas.
Pero lo que, indefectiblemente, forma ese círculo en sus vidas, tiene una ventana que sólo se abre en el sosiego.
Una mujer, un hombre sosegados, pueden percibir, sentir a través de esa ventana, que al otro lado hay una oferta amable para ellos: compartir una vida diferente en la que no se sueña ni despierto ni dormido; compartir una realidad que, a veces, depara sorpresas, y, cuando lo hace, serán para ellos felices descubrimientos. Y los vivirán juntos, como hechos que enriquecerán sus vidas hasta que el final llegue para ambos.
No hay otra salida, ni otra ventana, ni volver a empezar. Porque aquella, aquel que pretendieran otra cosa, ni siquiera disfrutarán del sosiego. Y es importante el sosiego para unos cuerpos y almas que empiezan a estar cansados.

miguel y el sueño inconfesable

A Miguel le gustaba pensar en futuribles. Probablemente ni él mismo los creía realizables, pero, ¿quién se priva de tener ensoñaciones que además de gratuitas pueden producirte cierto placer? Todo el mundo recurrimos a nuestra imaginación para romper las amarras que nos atan a la realidad previsible.
Miguel, por razones de su oficio y vocación, soñaba con visitar aquellas tierras ubérrimas situadas más allá del Océano. Quería comprobar por sí mismo si era verdad que allí se encontraría con plantas que sólo su imaginación había configurado.
Pero esto era un subterfugio que ocultaba un deseo inconfesable. Miguel, escaso de emociones fuertes, quería participar, realmente, en un juego erótico que él había propiciado, virtualmente, en la pantalla de su ordenador. Se trataba de hacer el amor a tres o más al mismo tiempo. Si era como lo hacía a través de Internet, él se conformaría con hacerlo de una en una y añadirle el morbo de sentirse observado por las demás, incluso, quién sabe si se le abrirían las carnes de placer imaginando que era él el que observaba cómo lo hacían entre ellas.
Si parece aconsejable no hacer juicios de intenciones, lo que era cierto es que Miguel, metido como estaba en hacer realidad lo que era probable, un día se fue allá. 
Pero su imaginación había idealizado tanto las situaciones que se encontraría, que fue todo un desencanto el que debió sufrir ante una realidad muy diferente.
Miguel volvió, y esta vez para siempre, a su realidad previsible, después de quemar las naves en las que viajan los sueños.

el idolo de barro

Lo mataron los hombres. Pero hubo una vez un dios que, al decir de unos manuscritos hallados en un jardín de mi casa, no tenía cuerpo; es decir, era imposible representarlo con una figura, fuese del material que a mano tenían los hombres. Se dice en esos manuscritos, que era un dios bondadoso y justo, al que se le podía pedir cualquier cosa que no estuviese fácilmente al alcance. Los hombres se dirigían a él para casi todo, pero sólo obtenían lo que era justo. Y también se dice en esos manuscritos, que…
En una ocasión, el pueblo, que sufría una gran sequía, por medio de los sacerdotes que dirigían el culto, y a petición de todos, le pidieron que enviase pronto las lluvias o perecerían sin remedio. Y cuentan los manuscritos, que aquel dios bondadoso les mandó copiosas lluvias a tiempo de poderse rehacer. Los hombres llenaron multitud de vasijas, odres, estanques artificiales y pozos secos con aquel agua. Si volvía la sequía, al menos contarían con reservas para algún tiempo.
A dios aquel comportamiento no le gustó. Significaba una falta de confianza en él. Y decidió , por primera vez, castigarles, eso sí, sin hacerles mucho daño, que para eso era bondadoso.
El castigo fue que todo aquel agua que habían acumulado la convirtió en vino. Al principio todo el pueblo agradeció a dios que algo tan simple como el agua, ahora fuese vino, y se dieron a beberlo sin mesura. La borrachera era general, y hasta los niños apagaban su sed bebiendo de aquel vino.
Y el manuscrito sigue diciendo que cuando dios comprendió su equivocación, volvió a convertir en agua el vino que quedaba y dejó que las nubes descargaran de nuevo lluvia sobre las tierras.
Los hombres, cuando volvieron a estar sobrios, decidieron agradecer a su dios que velara por ellos, y muy arrepentidos por haber dudado de su dios, decidieron representarlo con una figura enorme hecha de barro, para poder dirigirse a él cuando les fuese preciso. La figura no tenía parecido definido con animal o cosa alguna, al no poder imaginar a un dios invisible. Si acaso, tenía de lejos un cierto parecido con una gigantesca seta, quizá simbolizando un techo protector. Tan grande era, que cabía debajo todo el pueblo.
Por un tiempo, todos, en alguna ocasión, se acercaron a aquella figura, y mirando para arriba, suplicaban por sus necesidades, que pronto eran remediadas.
Fue por un tiempo corto, porque sucedió que volvió a llover, en esta ocasión de forma torrencial, y con la lluvia, aquella figura de barro se desmoronó de repente, sepultando a todo el pueblo debajo. Quizá quedó uno, el que escribió la historia.
Si fue así o no, no lo puedo asegurar, lo que sí puedo decir es que, fuera de esos manuscritos hallados en mi jardín, yo nunca he vuelto a ver u oír en ningún medio, oral o escrito, que se refieran aquel dios bondadoso y justo.

Cosas que pensé

Ayer, cuando ya no esperaba tener que exclamar “¿por qué?”, recibo tu postal. Un paisaje en otoño. Bello, sin duda. ¡Qué hermosa primavera debió haber en aquel lugar! ¿Lo pensaste bien antes de elegirlo? En ese paisaje encontré un no sé qué de expresiva nostalgia; todos los otoños hermosos son nostalgia de aún más hermosas primaveras, de exultantes primaveras llenas de oferta. Sin embargo, no tenía que ver con nosotros, y bien que lo siento. Quizá no fue tu propósito simbolizar otra cosa que lo que pudo ser y no fue. Sí, así es. Nosotros no tuvimos primavera, o no tuvimos una primavera que hiciera honor a su nombre. Lo nuestro fue una primavera atípica, como esas en las que nada florece a su tiempo por las bajas temperaturas, por las tormentas que se suceden, porque la tierra no estaba bien abonada. En esas primaveras, que no sé cómo llamarlas con propiedad, no nacen los tallos que anuncian el esplendor previsible de las auténticas primaveras. En nuestra atípica primavera, nada brotó y floreció para embellecer nuestro tiempo; no recogimos ningún fruto con el que mitigar nuestro hambre; no preparamos ningún otoño bello y nostálgico, como el de tu postal. Y me pregunté por qué. Pero cuando nada de lo que he deseado sucedió, invariablemente me contesto: Y yo qué sé. Y yo qué sé, por qué no pudimos tener una hermosa primavera y esperar un bello otoño. Ahora, refugiado de mi invierno, sólo miro por la ventana la llegada de una nueva primavera. ¿Llegará? ¡Ay, dios! Y yo qué sé, querida, y yo qué sé.
(JDD2002)

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