miguel y el sueño inconfesable

A Miguel le gustaba pensar en futuribles. Probablemente ni él mismo los creía realizables, pero, ¿quién se priva de tener ensoñaciones que además de gratuitas pueden producirte cierto placer? Todo el mundo recurrimos a nuestra imaginación para romper las amarras que nos atan a la realidad previsible.
Miguel, por razones de su oficio y vocación, soñaba con visitar aquellas tierras ubérrimas situadas más allá del Océano. Quería comprobar por sí mismo si era verdad que allí se encontraría con plantas que sólo su imaginación había configurado.
Pero esto era un subterfugio que ocultaba un deseo inconfesable. Miguel, escaso de emociones fuertes, quería participar, realmente, en un juego erótico que él había propiciado, virtualmente, en la pantalla de su ordenador. Se trataba de hacer el amor a tres o más al mismo tiempo. Si era como lo hacía a través de Internet, él se conformaría con hacerlo de una en una y añadirle el morbo de sentirse observado por las demás, incluso, quién sabe si se le abrirían las carnes de placer imaginando que era él el que observaba cómo lo hacían entre ellas.
Si parece aconsejable no hacer juicios de intenciones, lo que era cierto es que Miguel, metido como estaba en hacer realidad lo que era probable, un día se fue allá. 
Pero su imaginación había idealizado tanto las situaciones que se encontraría, que fue todo un desencanto el que debió sufrir ante una realidad muy diferente.
Miguel volvió, y esta vez para siempre, a su realidad previsible, después de quemar las naves en las que viajan los sueños.

el idolo de barro

Lo mataron los hombres. Pero hubo una vez un dios que, al decir de unos manuscritos hallados en un jardín de mi casa, no tenía cuerpo; es decir, era imposible representarlo con una figura, fuese del material que a mano tenían los hombres. Se dice en esos manuscritos, que era un dios bondadoso y justo, al que se le podía pedir cualquier cosa que no estuviese fácilmente al alcance. Los hombres se dirigían a él para casi todo, pero sólo obtenían lo que era justo. Y también se dice en esos manuscritos, que…
En una ocasión, el pueblo, que sufría una gran sequía, por medio de los sacerdotes que dirigían el culto, y a petición de todos, le pidieron que enviase pronto las lluvias o perecerían sin remedio. Y cuentan los manuscritos, que aquel dios bondadoso les mandó copiosas lluvias a tiempo de poderse rehacer. Los hombres llenaron multitud de vasijas, odres, estanques artificiales y pozos secos con aquel agua. Si volvía la sequía, al menos contarían con reservas para algún tiempo.
A dios aquel comportamiento no le gustó. Significaba una falta de confianza en él. Y decidió , por primera vez, castigarles, eso sí, sin hacerles mucho daño, que para eso era bondadoso.
El castigo fue que todo aquel agua que habían acumulado la convirtió en vino. Al principio todo el pueblo agradeció a dios que algo tan simple como el agua, ahora fuese vino, y se dieron a beberlo sin mesura. La borrachera era general, y hasta los niños apagaban su sed bebiendo de aquel vino.
Y el manuscrito sigue diciendo que cuando dios comprendió su equivocación, volvió a convertir en agua el vino que quedaba y dejó que las nubes descargaran de nuevo lluvia sobre las tierras.
Los hombres, cuando volvieron a estar sobrios, decidieron agradecer a su dios que velara por ellos, y muy arrepentidos por haber dudado de su dios, decidieron representarlo con una figura enorme hecha de barro, para poder dirigirse a él cuando les fuese preciso. La figura no tenía parecido definido con animal o cosa alguna, al no poder imaginar a un dios invisible. Si acaso, tenía de lejos un cierto parecido con una gigantesca seta, quizá simbolizando un techo protector. Tan grande era, que cabía debajo todo el pueblo.
Por un tiempo, todos, en alguna ocasión, se acercaron a aquella figura, y mirando para arriba, suplicaban por sus necesidades, que pronto eran remediadas.
Fue por un tiempo corto, porque sucedió que volvió a llover, en esta ocasión de forma torrencial, y con la lluvia, aquella figura de barro se desmoronó de repente, sepultando a todo el pueblo debajo. Quizá quedó uno, el que escribió la historia.
Si fue así o no, no lo puedo asegurar, lo que sí puedo decir es que, fuera de esos manuscritos hallados en mi jardín, yo nunca he vuelto a ver u oír en ningún medio, oral o escrito, que se refieran aquel dios bondadoso y justo.

Cosas que pensé

Ayer, cuando ya no esperaba tener que exclamar “¿por qué?”, recibo tu postal. Un paisaje en otoño. Bello, sin duda. ¡Qué hermosa primavera debió haber en aquel lugar! ¿Lo pensaste bien antes de elegirlo? En ese paisaje encontré un no sé qué de expresiva nostalgia; todos los otoños hermosos son nostalgia de aún más hermosas primaveras, de exultantes primaveras llenas de oferta. Sin embargo, no tenía que ver con nosotros, y bien que lo siento. Quizá no fue tu propósito simbolizar otra cosa que lo que pudo ser y no fue. Sí, así es. Nosotros no tuvimos primavera, o no tuvimos una primavera que hiciera honor a su nombre. Lo nuestro fue una primavera atípica, como esas en las que nada florece a su tiempo por las bajas temperaturas, por las tormentas que se suceden, porque la tierra no estaba bien abonada. En esas primaveras, que no sé cómo llamarlas con propiedad, no nacen los tallos que anuncian el esplendor previsible de las auténticas primaveras. En nuestra atípica primavera, nada brotó y floreció para embellecer nuestro tiempo; no recogimos ningún fruto con el que mitigar nuestro hambre; no preparamos ningún otoño bello y nostálgico, como el de tu postal. Y me pregunté por qué. Pero cuando nada de lo que he deseado sucedió, invariablemente me contesto: Y yo qué sé. Y yo qué sé, por qué no pudimos tener una hermosa primavera y esperar un bello otoño. Ahora, refugiado de mi invierno, sólo miro por la ventana la llegada de una nueva primavera. ¿Llegará? ¡Ay, dios! Y yo qué sé, querida, y yo qué sé.
(JDD2002)

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