Ha de ser entre dos

Invito a una fémina a seguir el relato. Se supone que es un diálogo entre un hombre y una mujer. Después de hablar él, ella deberá responder. Se espera una concordancia de estilos, pero con la sensibilidad que os supongo, no os será difícil. Además, un hombre nunca podrá interpretar el alma de la mujer, salvo que ambas se rompan y se mezclen sus pedazos. Sólo publicaré aquello que me autoricéis. Por supuesto, se publicarán todas las aportaciones, firmadas o no.

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Confesión que nada cambia

 

Extraigo esta pieza que escribí en 2003 del bosque impenetrable en el que se está convirtiendo este blog  Por entonces mi exposición universal en varios foros literarios, con cientos de participantes, era como estar en un campo de minas. Estabas sometido a las críticas más feroces, también a los halagos. Pocas veces me cuestionaban el fondo, a menudo sí las formas. Hoy, que releo lo que sigue, me digo: José, has querido ejercer de escritor, ¿que cojones querías, transitar siempre por un prado de margaritas? Si algo se te puede censurar como escritor es no haber escrito aún algo que sea de juzgado de guardia. Tomo nota.

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El escritor y su fantasma

Creo que he escrto ya bastante con el escritor como protagonista: «Escribir desde la libertad», «El escritor malogrado», «El escritor atribulado», y quizá alguno más que se ha perdido en mi memoria y que, de existir, estaría aquí, dormido, esperando la mano de nieve  que lo despierte. Sin duda el escritor es un personaje multifacético, que puede dar juego al escritor falto de ideas y para salir del paso. Un escritor, si es consecuente con su oficio y vocación, tiene la obligación de escribir sobre cualquier cosa. Afortunado que cuando empieza una novela ya tiene el quehacer señalado por unos cuantos días, meses, años. Luego, dependerá de él si lo escrito ha valido la pena. Hoy no escribo una novela, ni se me ocurre un cuento, ni tengo el corazón partido para escribir un poema,  ni una carta, nada. Recurro, pues,  al comodín que me permite seguir la jugada; tampoco es necesario ganarla.

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De cómo hoy no necesité imaginar

Acabo de asistir a un espectáculo insólito. Mi perrita, Lola, corría alocada de un extremo al otro del jardín. De pronto se paró como si hubiese encontrado algo que tenía por seguro estaba allí. Era un pollito de mirlo que, ansioso de independencia, se habría tirado, prematuramente, del nido. No tenía recursos de defensa. No volaba, aunque pude comprobar después que corría, corría veloz, cuando intentaba zafarse de mi perrita. Le grité: ¡Lola, Lola, ven aquí!. Pero Lola estaba ente la ocasión que le impulsaba su instinto cazador y no me hacía caso. El pollito chillaba. Al fin pude sujetar a Lola y apartarla de su presa. La reñí, pero no debió comprenderme. El pollito se había refugiado detrás de la valla, estaba a salvo y dejé a mi perra en el suelo. Siguió enloquecida de una punta a la otra de la valla, hasta que debió comprender que aquel no era su día.

Hasta aquí nada parece insólito, todo responde a esquemas establecidos por los animales. Lo insólito fue la secuencia siguiente.

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De la expresión «cojones»

Me envían un video que versa sobre las múltiples acepciones de la palabra «Cojones». No he comprobado si es exhaustivo ni el origen de tan graciosa recopilación. Por mis cojones que no quiero manchar este blog con palabras soeces, pero, hijos, qué queréis que os diga. Somos de lo que comemos y nuestro idioma de lo que se habla, más allá de sesudas disquisiciones lingüísticas. Por si alguien –me extrañaría– usa este blog para mejorara su castellano, traigo hoy una aportación –robada– del insigne académico de la Lengua Arturo Perez Reverte. y digo yo que con cosas como estas el autor se debió ganar la silla T. De todas formas, y como los hermanos latinoamericanos (ojo, he dicho latino, no hispano) tienen su propio castellano modificado, me gustaría que algún lect@r habitual –o caído del cielo– me ilustrara de cuántas acepciones que enumera Perez Reverte habéis prescindido por ahí en el lenguaje hablado, y digo hablado porque a la hora de escribir, y lo tengo muy comprobado, sois muy comedidos. Y voy a lo que anuncio.

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Carta a P. J. C

Querida Paquita.

Espero que al recibo de esta carta te encuentres bien,  así como toda tu familia.  Yo bien, a Dios gracias.

Sólo fue ayer, y me parece que fue hace muchos años, que asistí atónito a la presentación en sociedad de tu novela,  Arrugas en el alma. En primer lugar, el público. Hay que ver cuanta de gente, mayormente señoras de nuestra edad, mal señalar, debió ser por eso de las arrugas, que fueron intrigadas. Hasta un cámara de televisión que llevaba un letrero que decía Fuengirola TV. Se ve que tienes mucha mano en ese pueblo.

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El hombre que nunca soñaba

Llevado de la soberbia

levanto la vista al cielo

y con boca estropajosa

sólo pudo escupir hielo

Y sin saber por que lo hizo

El cielo  devolvió el cumplido

con una lluvia de granizo.

 

Su soberbia no tenía límites: arrogante, prepotente, orgulloso, altivo, altanero, vanidoso. La humildad y la modestia eran para él enfermedades del espíritu. Era tan grade su autoestima, que con frecuencia miraba detrás de él para ver si la había perdido. Cuando alguien le llamaba soberbio, él siempre respondía: y tú humilde, signo claro de debilidad enfermiza.

Siempre se estaba probando a sí mismo con cualquier cosa en que reafirmara su soberbia, así conseguía mantenerse en forma.

Le faltaba probar que esa actitud, puramente postural ante los demás, necesitaba ser completada  con una prueba definitiva.

Trató de recordar si  alguna vez se había enfrentado a algo o a alguien, y no le quedó claro cómo salió del reto.  No era fácil que se aviniera a reconocer que hubo una ocasión, sí, que se creyó, si no vencido, algo que no entraba en sus esquemas,  no claramente vencedor.

Al fin creyó tenerlo. Estaba paseando por el parque, cuando vio un banco vacío donde sentarse. A él se dirigió y, sentado, miraba las personas que, al igual que él, paseaban sin otro fin. Por su expresión ausente, aquellas personas no tenían para él ningún significado como para dedicarles mayor atención, y pasaba de unas a otras como el que mira  las fotos de un álbum y que ninguna le parece nueva. Así siguió por quince minutos y ya se disponía a reemprender el paseo o regresar a casa, cuando después de pasar una pareja con un bebé en  el carrito, diez metros atrás apareció una silueta que llevaba un perro  sacado a pasear. Algo debió llamar su atención, que hasta se esforzó en concretar de qué se trataba. Era una joven de uno veinte y pocos años. Rubia, con la melena suelta por encima del hombro. Esbelta pero con curvas sugerentes. Vestía una falda corta vaquera, un palmo por encima de la rodilla, un suéter ajustado que servía para enmarcar sus senos. Su cara, que se volvía con frecuencia hacia su perro para ver por qué se detenía o tiraba de ella en otra dirección, aún no la había definido. A llegar a la altura del banco, la joven hizo un quiebro en la dirección que andaba y se dirigió a él. A medida que se acercaba, pudo ya percibir las facciones de la joven. Para él la belleza en las personas sólo representaba lo que la persona pensaba de sí misma. Lejos de su costumbre de no estar interesado por nadie, por primera vez se sintió atraído por alguien que no era el mismo., y sostuvo la mirada midiendo a la joven de arriba a bajo mientras se acercaba. La joven, por todo saludo, esbozó una sonrisa , y cuando ya estaba a un paso de él y del banco, preguntó:

–¿Le molesta el perro?

–Depende de lo educado que esté –le contestó

–No se preocupe, está muy educado –y la joven se sentó al tiempo que ordenaba a su perro hacer lo mismo.

No hubo más intercambio de palabras, pero él sí notó que un flujo indescriptible estaba recibiendo de la joven. No supo encauzarlo y se sintió inundado de sensaciones placenteras, hasta ahora desconocidas para él. Así transcurrieron diez minutos, él con la mirada posada en los pies semidesnudos de la joven, no se atrevió a cambiar de postura, sólo reaccionó cuando percibió que la joven se levantaba y le decía a su perro: «Simba, vámonos». El la siguió con la vista, hasta que la distancia difuminó su silueta.

Por algún tiempo su reacción con aquella joven le pareció un fracaso personal, pero se reponía pronto diciéndose: «En realidad no le pedí nada, así que nada me negó.

 

La It Girl

 

Lo había oido o leído en algún lugar. Se adjudicaba el calificativo de It Girl a la mujer que atraía irresistible a los hombres. Profundizando en las cualidades de una It Girl, supo que no se trataba, ni siquiera preferentemente, de una mujer atractiva,  de una belleza insultante. Al parecer la mujer It Girl debía tener todas las cualidades que la hacían diferente, sólo que fallara una, esa mujer dejaba de ser It Girl. Así era difícil adjudicar el calificativo de It Girl a cualquiera, por muchas cualidades excepcionales que la adornaran. Sin embargo, con generosidad, se otorgaba el título aunque fallara en algún requisito.

Antonia leyó todo lo que se decía sobre la It Girl. Estudió  las que ya tenían el calificativo por su apariencia física y algunas aparición donde fuera entrevistada o tuviese la ocasión de manifestar su personalidad. Con todo lo que pudo leer, ver y oír, Antonia, una joven de 21 años, se preguntó si ella era una It Girl o deberían ser los demás los que le otorgaran tal privilegio.

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