ay, joven jose

¡Ay, niño José!
Crecerás entre algodones reciclados en el agua clara del arroyo
Tus manos ateridas se calentarán a la llama de un candil de aceite usado
Verás las golosinas, los juguetes, a través de los cristales
Comprobarás que tu estómago no tiene fondo
Surgirá el sexo de tu cuerpo como una fuente artesiana de colores
Llenarán tus sueños de miedos y pecados, y más miedos
Se aprovecharán de tu inocencia para redimirte
¡ Ay, joven José!
Te vestirán del revés de otras ropas usadas
Presumirás de todo sin tener nada
Te sacudirás el Cielo y el Infierno como quién se sacude el polvo
Comenzarás a dudar que tus ojos ven lo que ven
Amarás a la fuerza de tu deseo onírico
Querrás conquistar desde tu posición de vencido
Seguirás sin saber si tu estómago tiene fondo
Caminarás sin rumbo a la meta soñada y regresarás despierto al principio.
¡ Ay, José ya hombre!
Aceptarás que ser comienza por aceptar no ser y seguirás no siendo
Trabajarás para romper todos los maleficios
Fruto de tu trabajo, tendrás el fruto del amor
Dejarás para siempre de trabajar
Verás pasar los días contando los amaneceres que quedan
Hurgarás en tu mente los motivos de tu escepticismo
Verás señuelos que ocultan trampas
No caerás en la tentación, te librarás del mal
¡ Ay, viejo José!
Tu vida se apagará sin dejar deudas
Tu muerte, al menos, no se cobrará una cruel factura, porque nada de ti quedará para cobrarse.
Habrás caminado por la vida por la fuerza del destino, sin dejarte ni un instante contemplarla.
Cuando las estrellas, el sol, la luna no formen más el techo ornamentado de tu vida; cuando ya no queden sino sombras, deberías decir adiós sin rencor, porque tampoco sabrías a quien culpar.

siento angustia

Siento angustia cuando, desde mi ventana, observo esas mujeres que hacen encaje de bolillos mientras se cuentan historias de otras tantas mujeres ausentes.
O aquella comunidad con tendederos comunes para secar la ropa. Las bragas haciéndose sitio en los abigarrados alambres, sin otro título de propiedad que el tamaño.
O aquella playa en horas punta, donde los pechos descubiertos de las mujeres sólo compiten con los castillos de arena que hacen los niños.
O la pasarela de la casa de lenocinio donde las mujeres ataviadas de lencería ofrecen su esperanza.
O las intuidas mujeres que se maquillan para tapar los senderos que hicieron al caminar.
O las que se acercan a la barra de un bar para pedir calor para sus entrañas.
O aquellas que, por la mañana, hacen la cama donde durmieron sus sueños.
O aquellas que se arrodillan ante el Crucificado espiando (digo espiando) sus pecados de pensamiento.
Siento angustia, sí, por todas esas mujeres que no fueron jamás deseadas.
Y por las que lo fueron y nunca sintieron el calor del deseo.
Y por las que, pasados los años, no renuevan la virginidad violentada.
Y por las que escriben fantasías en segunda persona.
Es mi angustia tan lacerante, que si hubiese quimioterapia para el alma me la aplicaría. Deberé aceptar que está en fase terminal, sin remedio posible.

anabel

Anabel hace honor a su apostrofado nombre; es una mujer bella. Une a su belleza la juventud; una juventud a la que apuntan ya más realidades que promesas. Además, ella asegura en sus círculos íntimos que es virgen, y nadie está allí para desmentirlo. Es inteligente, alegre e hija única de padres ricos. Todo puede ser explicable menos ser virgen. Pero lo es. ¿Cómo puede ser eso? Ella, con pocas ganas de hablar del tema, dice que preserva su virginidad para el hombre que acepte por esposo. Pero para que ella se case, el hombre también deberá ser virgen.
Los amigos y amigas se sonríen:. “¿Cómo podrás tener la certeza de que un hombre es virgen?”, le preguntan a la vez que le sugieren la imposibilidad. Creo que estás perdiendo el tiempo. Los hombres son capaces de mentir sin que se le note la mentira. La fisiología del hombre no manifiesta un estado de virginidad o la pérdida de la misma”, le dicen entre otros razonamientos. Anabel, en lugar de contrarreplicar con argumentos contrarios, se limita a encogerse de hombros. Este encogerse de hombros hace pensar a los escépticos que Anabel va por la vida de farol en ese asunto, pero nadie puede demostrarlo. Alguna amiga hasta se atreve a decirle: “Mira, Anabel, cuando creas estar ante el hombre virgen de tus sueños, lo que te sucederá es que preferirás creerte que es así” Anabel no responde y vuelve a encogerse de hombros. Un extraño comportamiento, ¿verdad?
Anabel tiene hombres en su entorno que la aman, se insinúan, la pretenden. Pero debe conocerlos bien, sabe de sus amoríos fallidos, de las mujeres con las que estuvieron antes y deducirá que ninguno es virgen como ella, a la que no se le reconoce ningún idilio previo. Naturalmente, a ninguno de esos hombre se les ocurre presentarle la credencial de ser virgen; lo más que hacen es tratar previamente de convencer a Anabel de que eso que mantiene es un anacronismo, una tontería. Pero Anabel debe darse cuenta. Como comprenderá el significado de las sonrisas de sus amigas, que no vienen sino a ocultar su sentimiento de considerarse agredidas por la “pretenciosa” postura de Anabel. Si, al menos, Anabel adujera razones morales… Anabel nuca mencionó estas razones; en realidad hace confesión de agnosticismo. Cuando, en alguna ocasión, alguién le preguntó: “Anabel, ¿por qué esto es tan importante para ti?” Ella, en lugar de encogerse de hombros, se decidió a responder: “No lo sé, supongo que es una fijación mía, como para otra mujer fijar otra condición para amar a alguien”. Esta respuesta podía ser entendible por cualquiera, pero no para el que la escuchaba, que, sin argumentos, se limitaba a encogerse de hombros también.
Un día, en una reunión de amigos con motivo de un cumpleaños, a Anabel le presentaron un joven desconocido para ella. Se lo presentó su mejor amiga. Previamente, esta amiga le dijo a Anabel: “ te voy a presentar a alguien como lo que tu buscas, además es guapo, inteligente y con una buena profesión”. Anabel, le preguntó a su vez: “¿Cómo sabes que es lo que busco?” La amiga le sonrió: “Porque yo estuve con él, no tuvo más que pedírmelo, incluso ni pedirlo, hacerlo, y me dijo las mismas idioteces que dices tú. Sois tal para cual, y con tu pan te lo comas”
¿ Fue convincente la amiga para Anabel?
Anabel debió tener sus dudas; podía ser una estratagema de su amiga para que dejara de ser ofensiva para las demás mujeres, en particular para ella, con su virginidad como mérito. No obstante, Anabel y aquel joven se conocieron en la fiesta y debieron sentir una atracción recíproca que se tradujo en una amistad primero y lo que para todos era un noviazgo después.
Pero algo sorprendente sucedió. Un día, ambos rompieron la relación. Los amigos y amigas de ambos se preguntaban qué había sucedido. Todos estaban persuadidos que había sido por algo relacionado con la virginidad, pero, ¿por parte de quién? Ambos, por separado, se encogían de hombros cuando alguien preguntaba, lo que exasperaba a los intrigantes curiosos. Alguno, más osado, cuando en ausencia de ambos se comentaba el tema, llegó a suponer que ambos habían sentido perder aquello, porque para cada uno era su bien más preciado, no objeto de trueque equilibrado. A lo que otro, en repuesta a lo anterior escuchado, quizá enfadado por tanta sandez, exclamó: ¡Serán maricones…!
Alguien más, afirmando con la cabeza, añadió: “Inconfesos”. Y todos se miraron boquiabiertos.

mi canario

Canta mi canario en su jaula que se la pela. Es como un telonero de la primavera que se acerca preparando líricos, amorosos, alérgicos encuentros. Mi canario debe tener un mecanismo que le impulsa a emitir esos trinos extenuantes, quizá como llamadas angustiadas a las hembras que revolotean libres en el campo próximo. Si yo me oculto, algunas, con recelosas aproximaciones, terminan posándose por el exterior de la jaula. Yo las observo y también a mi canario, para ver el efecto en ellos. Tan pronto una hembra está cerca, mi canario deja de cantar y salta de palito en palito, sin intentar evadirse. Nació enjaulado y no tiene percepción de la libertad. Para él, todo su espació vital se reduce a la jaula, y no por imposición sino por destino. ¿Qué hacen las hembras libres, le consuelan, tratan de penetrar, le incitan a ser seguidas en una evasión imposible? No aprecio tal cosa. Las hembras, silenciosas, ausentes de los probables ardores de mi canario, se dedican a recoger del suelo los pequeños granos de alpiste y a picotear el trozo de manzana pellizcado entre los alambres de la jaula. Luego, cuando ya han dado buena cuenta de aquella comida fácil, vuelan lejos. Yo las sigo con la mirada, y sucede que algún canario macho las espera, o las acompaña en el vuelo, y allí donde se detienen, las fecundan. Nunca los oí cantar, creo que mi telonero los vio sin sentir frustración y mucho menos celos; él siguió cantando, seguramente porque era la primavera.

Eso de más arriba lo escribí en el año que indica. Ayer murió mi canario. No murió de viejo, aunque en él ya habían muerto muchas de las características que hacían de él un pájaro notable. Y no voy a pasar por alto por qué murió, porque yo fui responsable de su muerte, por más que fue involuntario por mi parte. Colgué la jaula de la rama delgada de un árbol. Lo hice con la mejor de las intenciones: para que le diera el sol y porque allí revolotean otros pájaros. Con el peso de la jaula, la rama se desgajó y cayo al suelo. Cuando lo advertí, corrí allí y vi a mi canario conmocionado. Lo cogí y lo introduje en mi pecho para darle calor por ver si así se reanimaba. Pareció adquirir cierta viveza y lo deposité en su jaula envuelto en un paño suave. No se movió de allí en las horas siguientes. Le visitaba de tiempo en tiempo y no abrigaba esperanza de que se recuperara. Respiraba mal. Cuando me levanté, esa pequeña cosa que yo estimaba como a alguien de la familia, había muerto.
Lo enterré haciendo un hoyo al lado de un naranjo, mientras, en silencio, le decía: Chupi, no habrá vida eterna para ti, el cielo ya está lleno de ángeles.

la mujer que soñaba despierta

Ella se debate entre la edad en la que aún se sueña despierta y la edad en la que se comienzan a tener pesadillas; la edad en la que sólo se sueñan sueños y la edad en la que sólo se sueñan espejismos; en la edad en la que los sueños a veces gozosamente se cumplen y la edad en la que, casi siempre, se sufren los delirios.
Ella no quiere salir de la primera edad, pero ahí está, agazapada, esperando la pesadilla que comienza.
Ella, ahora que no tiene sueños, reclama, espera para sí los sueños primeros de un hombre. No todo estará irremisiblemente perdido en el mundo de los sueños, si algún hombre la llama para compartir sus propios sueños. Pero ese hombre no llega, no la llama, no le ofrece lo que ella anhela entre sueños y pesadillas, porque todos los hombres que se le acercan ya han cruzado la primera edad, y, como ella, reclaman para sí compartir los sueños de una mujer.
Están, ambos, en un infernal círculo que se cierra y se abre para exhumar anhelos convertidos en fantasmas, fantasmas que se apoderan de sus cuerpos para convertirlos en excrementos, después de una digestión en la que pocas veces escapan las almas.
Pero lo que, indefectiblemente, forma ese círculo en sus vidas, tiene una ventana que sólo se abre en el sosiego.
Una mujer, un hombre sosegados, pueden percibir, sentir a través de esa ventana, que al otro lado hay una oferta amable para ellos: compartir una vida diferente en la que no se sueña ni despierto ni dormido; compartir una realidad que, a veces, depara sorpresas, y, cuando lo hace, serán para ellos felices descubrimientos. Y los vivirán juntos, como hechos que enriquecerán sus vidas hasta que el final llegue para ambos.
No hay otra salida, ni otra ventana, ni volver a empezar. Porque aquella, aquel que pretendieran otra cosa, ni siquiera disfrutarán del sosiego. Y es importante el sosiego para unos cuerpos y almas que empiezan a estar cansados.

por que soy como soy

¿Por qué soy como soy, cuando todo parece estar contra mí? Nada me consuela, nada me restituye la normalidad. ¿Qué puedo hacer para que los abrojos se vuelvan flores, los caminos transitables en paseos reparadores, las otras almas latan a mi lado sus penas y alegrías? ¿Qué puedo hacer que no me sienta abandonado a mi suerte, la suerte del miserable? Si alguien me dice ¡vive!, yo sólo siento que muero. Si alguien me ofrece flores, temo por las espinas de sus tallos. Si alguien me muestra un camino de sosiego, yo temo a los precipicios que acechan. Si alguien me muestra su alma, yo la confundo con un corazón enfermo. Cuando me veo miserable, me aferro a ese destino incontingente.
Así, y hasta el infinito, languidecía en parecidos monólogos Manuel. Pero, lejos de revelarse contra ese destino que él consideraba inevitable, Manuel sólo deseaba morir y así llegar a término sus desdichas. Un día, después de parecida tanda de salmodias que acompañaban a su levantarse, no había dado dos pasos en su dormitorio, cuando advirtió que una cucaracha se cruzaba en su camino. Manuel no intentó cazarla y menos aplastarla; en su lugar, se paró a observarla en su rápido caminar en busca de refugio seguro. Cuando la cucaracha desapareció de su vista porque se metió bajo la cama, Manuel levantó los faldones de la colcha y vio que la cucaracha, en la semioscuridad, estaba inmóvil. Manuel no la importunó, se sentó en la cama y se hablo así:
Esta cucaracha, tan miserable como yo, tiene al menos deseos de vivir; hace lo que su instinto le dice que debe hacer, ocultarse del peligro que le supondría perder la vida. Cuando haya considerado que el peligro ha pasado, saldrá de su escondite y buscará todo aquello que su naturaleza le demande: comida, apareamiento, qué se yo. En cambio yo, languidezco en la oscuridad, sin otros peligros que los que yo me invento. ¿Cómo voy yo a disuadirme de que el peligro ha pasado si soy yo mismo el que crea los peligros? Me he estado siempre preguntado por qué esto y aquello que me atenazaba en la sombra y ahora creo tener la respuesta: esta cucaracha sólo tiene instinto, en cambio yo tengo deseos de morir y mi pesadumbre es el veneno que me mata, ¿por qué habría de prescindir de él?

manuel se fue de su pueblo

Manuel se fue un día de su pueblo. Este irse de su pueblo englobaba otros muchos irse. Dejaba atrás sus tierras de labor, pero habría que especificar, porque Manuel tenía muchas, aunque sólo una era su preferida, a la que amaba casi con pasión; era, por supuesto, la que más cuidaba, a la que más esfuerzos dedicaba. Otro irse particular, fue abandonar a su familia. Pero al igual que con las tierras, también aquí Manuel tenía sus preferencias. La esposa ya era un hábito; los hijos, todos se habían ido del hogar, y aunque permanecían en el pueblo, tenían sus vidas ajenas casi completamente a la suya. Pero tenía un nieto y una nieta que ocupaban por completo su corazón. Aun así, todos quedaron atrás. Y otro irse fue de una joven de la deseaba perdidamente su cuerpo. Distingo entre estar en su corazón, como sus nietecillos, y estar enamorado perdidamente, si ésta es otra forma de calificar el deseo. En este caso, Manuel no tenía a la joven en su corazón, pues ella no había querido entrar aún, y probablemente tampoco Manuel deseaba esto; era para Manuel una esperanza mientras la cultivaba en sus sueños, y muy posible que hubiese dado el fruto apetecido, fruto para degustar, se entiende, de haber perseberado en la espera. También se fue de los amigos, de las partidas de dómino, que le entusiasmaban. Y de otras muchas cosas Manuel se fue cuando decidió irse del pueblo.
Quién hasta aquí haya leído esta historia, sin duda está esperando que se diga por qué razón, si la había, Manuel decidió irse del pueblo. Una persona con tantos lazos afectivos, sin necesidad de emigrar por razones económicas, no se va del lugar donde aparentemente se alimenta su espíritu y promete a su cuerpo lo que desea.
Manuel, no se ha dicho, era una persona poco convencional. Tampoco era una persona normal en el sentido de racionalizar sus actos, de acuerdo con el medio en el que vivía.
Manuel se fue del pueblo y con todos los irse adjuntos, porque, así lo cuentan, estaba loco. Pero, así como irse del pueblo suponía englobar muchos otros “irse de”, la locura de Manuel también englobaba otras locuras.
Manuel tenía la locura, o más bien manía, de intentar sacar tres cosechas a su tierra preferida; esto era una obsesión imposible, ya que en aquel pueblo y comarca lo habitual era obtener una, como mucho dos. Él aseguraba a todo el mundo que un día lo conseguiría, pero lo cierto es que ni se había acercado y la gente se burlaba de su pretensión. Otra locura, si así puede calificarse, era que se bañaba, afeitaba y cambiaba de muda todos los días del año, cuando en aquella comarca, por lo general, esto se hacía los domingos. Para la gente de aquel lugar, pasaba por ser una locura más de Manuel, el tener una biblioteca en su casa con más de mil volúmenes, todos leídos. Y el colmo de la locura, para los lugareños, incluida su familia, lo suponía el hecho de que Manuel escribía poemas que luego intentaba recitar en cualquier acontecimiento, familiar o festivo, con las consiguientes risas por parte de todos, cuando no volverle la espalda e irse.
Manuel era un poeta, un soñador, y no podía vivir en un lugar donde se le consideraba un loco por ser tal cosa.
Yo no sé si era un motivo suficiente, pero esto sólo es un cuento, única forma de hacerlo verosímil, aunque sólo sea para poetas y soñadores.

miguel y la imaginacion

A Miguel le gustaba pensar en futuribles. Probablemente ni él mismo los creía realizables, pero, ¿quién se priva de tener ensoñaciones que además de gratuitas pueden producirte cierto placer? Todo el mundo recurrimos a nuestra imaginación para romper las amarras que nos atan a la realidad previsible.
Miguel, por razones de su oficio y vocación, soñaba con visitar aquellas tierras ubérrimas situadas más allá del Océano. Quería comprobar por sí mismo si era verdad que allí se encontraría con plantas que sólo su imaginación había configurado.
Pero esto era un subterfugio que ocultaba un deseo inconfesable. Miguel, escaso de emociones fuertes, quería participar, realmente, en un juego erótico que él había propiciado, virtualmente, en la pantalla de su ordenador. Se trataba de hacer el amor a tres o más al mismo tiempo. Si era como lo hacía a través de Internet, él se conformaría con hacerlo de una en una y añadirle el morbo de sentirse observado por las demás, incluso, quién sabe si se le abrirían las carnes de placer imaginando que era él el que observaba cómo lo hacían entre ellas.
Si parece aconsejable no hacer juicios de intenciones, lo que era cierto es que Miguel, metido como estaba en hacer realidad lo que era probable, un día se fue allá.
Pero su imaginación había idealizado tanto las situaciones que se encontraría, que fue todo un desencanto el que debió sufrir ante una realidad muy diferente.
Miguel volvió, y esta vez para siempre, a su realidad previsible, después de quemar las naves en las que viajan los sueños.

Miguel, de ese bosque encantado que formaba su hábitat cotidiano, entreveía alguna planta exótica que le llamaba la atención. La cultivaba para que no se secara o se marchitara. Había aprendido que las plantas son muy agradecidas –o se muestran agradecidas- si escuchan una música suave o se les susurra cerca algo así como “eres mi planta favorita”. Miguel, la única música que tenía a la mano era una partitura, ellegro ma non tropo, que tocaba con su flauta, cometiendo errores, naturalmente, pues su flauta era como la de Bartolo, con un agujero sólo. El conseguía algunos acordes a base de modular con sus labios –entiéndase labios, no labia-, ora poniéndolos hacia fuera, como los monos, ora hacia dentro, como los viejos cuando se quitan la dentadura postiza para ir a dormir. La planta que recibía tales delicias, hasta por la hojas le chorreaban perlas de gusto. Bueno, quizá lo de gusto sea un exceso, y lo que sucedía es que lloraban lágrimas. Cuando esto sucedía, Miguel se mostraba enternecido, y era, entonces, que le susurraba lo de “Pero cómo, ¿no te das cuenta que sólo a ti y nada más que a ti quiero complacer con mi flauta…?” A la planta se el estiraban las hojas lacias y expelía aromas que a Miguel le parecían conocidos de otras plantas, pero ya para él no era cuestión de fragancias el seguir cultivando una planta más y mejor que otras. Miguel la catalogaba, acariciaba de pasada sus hojas, y se iba a atender a otra que pedía su atención. Días había que terminaba agotado, pero él creía que era la única forma que tenía para llegar a ser un experto en botánica.

caoticas paginas sobre Miguel

Estas caóticas estampas sobre el personaje Miguel, que el autor está pergeñando, muy a su pesar parecen llevar a la confusión a más de un lector o lectora que me honran con su habitual visita a mi página. Mi experiencia, aunque pequeña, me lleva a concluir que, aunque el dicho “nunca llueve a gusto de todos” podría tener una aplicación universal, no lo creo válido para este caso. Y no lo creo, porque si en la parodia de un Miguel histriónico hay elementos que pudiesen identificarse con hechos reales, en cuyo caso el dicho se convertiría en “todos están descontentos con esta lluvia”, y lo sería con razón sobrada, en este caso al autor le gustaría –aunque supone imposible- que sus escritos fuesen siempre interpretados en clave literaria, sin buscarle otras connotaciones como denuncia, mofa, intento de ridiculización a personas de cuya amistad el autor se complace. Porque si hay otras personas que se sienten aludidas, ahí nada puede hacer, ya que el mimetismo de los lectores con los personajes de las obras literarias es libre y espontáneo, sin que se le pueda achacar responsabilidad al autor.
Pero el autor, que ha encontrado en Miguel un personaje con carácter dramático, rico en matices escénicos, no puede resignarse a que desparezca para no causar malhumor en algunas de sus amistades. Deberían entenderlo y elevar a sonrisa su mueca de disgusto. Y para que vean que sus sentimientos de verse identificadas divergen completamente de un incoherente Miguel, las invito a que lean lo que sigue.
Se trata de una mini escena del género chico teatral, tipo sainete.
Miguel, frente a la pantalla de sus dos ordenadores, debidamente conectados, abre dos “messenger” diferentes, uno en cada pantalla. Por defecto, ambos declaran estar disponibles para quién quiera “chatear” con él. No es una sorpresa para Miguel que, no habiendo pasado unos segundos, aparezcan como por arte de magia dos ventanas, algo mas tarde una tercera y ya al final de la “sesión” una cuarta. Miguel está acostumbrado a esta predisposición expectante de sus amigas y a todas trata de complacer, aunque como se verá, no siempre lo consigue. Miguel podría atenderlas de una en una, pero ¿qué puede decir Miguel a las demás para que esperen? Él, que es muy caballeroso, piensa que lo interpretarían como el establecimiento de una prioridad, en la que ellas se sentirías relegadas al papel de secundarias. Podría invitar a todas a una charla en grupo, pero cada una de ellas ignora la existencia de las otras, así que jamás se le ocurrió afrentarlas con una proposición semejante Para evitar celos y suspicacias, se pasa un pañuelo por la frente sudorosa y se dispone a complacer a todas a la vez. He aquí una muestra de lo que acontece habitualmente en la vida cibernética, virtual, interactiva de Miguel.
Pantalla (en lo sucesivo P) 1.- Hola
Miguel (en lo sucesivo M) .- Hola, divina.
P 2 .- Estoy muy enojada contigo
M.- ¿Y eso?
P 1.- ¿Divina? Creo que hoy estás irónico
P 2.- Lo último que has escrito… Me ridiculizas y no estoy dispuesta a consentirlo.
M.- No lo entiendo, ¿por qué te ridiculizo, dónde te sientes aludida?
P1.- ¿Estás ocupado? Tardas mucho en responder.
M.- No me has hecho una pregunta. Ah, si, ¿te sorprende que te diga divina? Bueno, tú eres lo mas parecido a una diosa menor griega.
P2.- Yo no soy una planta.
M.- Yo no le he puesto tu nombre a ninguna planta
P1.- Si sigues mofándote de mí, ¡chau!
M.- Espera, no me mofo de ti, lo de diosa griega tiene su explicación. (Miguel se enjuga el sudor)
P2.- No hace falta, intuyo que una de esas plantas soy yo, y siento que te burlas.
M.- Mujer, eso es una fábula vegetariana; si hubiese sido Esopo, hubiese utilizado zorras en lugar de plantas. Me habrías condenado a los infiernos.
P1.- Si estás ocupado, me lo dices y vuelvo en otra ocasión.
M.- No estoy ocupado más que contigo, pero pensaba qué explicación podía darte. Si te quedas, te la doy.
Aparece otra ventana, la P3. Miguel suda copiosamente.
P3. ¡Magnífico! Eres un cabrón único, aplausos y más aplausos.
M.- Hola, mi reina, tú si que me comprendes. Pero, ¿por qué soy un cabrón magnífico? Eso es una contradicción.
P3.- Porque pones a parir con elegancia y buen hacer a todas tus admiradoras?
M.- Disculpa, ahora estoy contigo, voy a beber algo, que estoy seco.
Miguel no se va a beber, aunque quisiera. Tiene que responder a P1 y P2, que siguen allí con nuevas preguntas.
P2.- Ahora, además de cínico, grosero. ¿Qué insinúas con eso de zorra?
P1.- Tardas mucho en explicarte, seguro que quieres mortificarme aún más. Además, ¿por qué menor?
Miguel se queda un instante en blanco. Mira las tres pantallas como un zombi. Recupera la sensibilidad, acomoda su culo en el sillón y trata de establecer la prioridad de su respuesta. A P2 parece necesario no hacerla esperar.
M.- Nada, no insinúo nada. Dije zorra, como podía haber dicho otro animal de los que usa Esopo en sus fábulas.
M.- Mira, te dije diosa menor porque son las más humanas del Olimpo.
P1.- Sí, soy humana, pero no diosa, y mucho menos diosa menor. Te burlas.
P2.- No me compares con ninguna planta ni con ningún animal.
Miguel percibe un “¿Y?” en la P3. Es toda una manifestación de impaciencia. Debe responder, si no quiere otra mahumorada más.
M.- Ya. ¿De qué hablábamos? Ah, sí, de tus elogios un tanto raros. Creo que eres injusta, tú podrías estar entre las aludidas. Claro, juegas con ventaja al saber que tú eres tú, la única, la irrepetible. Lo que insinúas sólo es una obsesión tuya. Nadie más ocupa mi teclado.
Miguel abandona P3 y vuelve a las P1 y P2.
M.- Mujer, si leyeses sobre la mitología griega, verías que todas esas diosas menores fueron el paradigma de lo que la mujer sueña ser.
M.-Repito que no hacía alusión ninguna a tu apreciada persona; sólo escribo lo que me viene a la cabeza.
P2.- Pues tienes una forma rara de decir las cosas
P1.- Yo no quiero ser otra mujer que la que soy, y estoy satisfecha; no me líes más.
Miguel cree que P1 y P2 pueden esperar y pasa a atender a P3, que ya se ha manifestado.
P3.- No me importa. Disfruto si veo que tu disfrutas.
M.- Eres un cielo, pero me cuesta creerte. Creo que intentas que te confirme tus sospechas para luego, ¡zas! Si no lo hicieras, creo que me defraudarías, porque significaría que te importo un pito.
Miguel piensa que P3 se tomará algún tiempo para contestar a tan comprometido dilema que le plantea y aprovecha para ver qué sucede en las ventanas.
M.- Tranqui, que no quiero liarte. ¿Cómo puedes ser tan perra conmigo con esa cara de ángel que dios te ha dado?
M.- Mira, debes comprender que un escritor, además de botánico, mezcle sus dos pasiones. Repito que no pensé en ti al escribir eso.
P1.- Mira, Miguel, no te entiendo. Ahora me dices perra, ¿crees que puedo soportar tus insultos de forma impasible? Y no te paras ahí, ¿debo suponer que yo te causé decepción en tu visita a este continente? Habla claro.
A Miguel ya se le ha puesto cara de gilipollas, pero aún tiene la certeza de reconducir la situación. No es la primera vez que se ve en parecido trance. P3 espera.
P3.- Te comprendo, pero compréndeme tú a mí. Soy una persona adaptable a cualquier situación, y la tuya la contemplo como un regalo para mis ojos. Si le preguntas a otra aparte de mi cuerpo, quizá protestara, pero “mon petit”, sólo soy ojos para ti, y eres todo un espectáculo.
Miguel mira la ventana P2. Sigue sin modificarse y le preocupa.
M.- ¿No dices nada? ¿Estás satisfecha con mi explicación?
Miguel espera impaciente sin apartar la mirada de la ventana P2. Se mueve, algo hay nuevo.
P2.- Dime una cosa, Miguel: ¿por qué te intereso?
M.- Déjame que lo piense… ¡Ya! Un hombre siempre se interesa por la mujer que se interesa por él. Me siento muy halagado.
Mientras P2 digiere el sofisma, Miguel pasa a ver qué hay de nuevo en la P1. No, espera que Miguel le hable claro.
M.- Aunque te hable claro, tú siempre lo interpretarás turbio. ¿Qué te hace suponer que me decepcionarías? Conozco tu cara y me pareces atractiva. Se dice que la cara es el espejo del alma, así qué… De lo que desconozco, ¿qué puede importarme?, no soy un marchante de carne argentina.
Miguel ha dado casi un porrazo violento a la tecla enviar. Está comenzando a sentir fatiga. Son las doce de la noche para él y quiere cerrar, de la mejor forma, pero cerrar por ese día. Mira detenidamente cada una de las ventanas y piensa un instante antes de responder a cada una. Empieza por P1, la más conflictiva.
P1.- No contestas a mi pregunta, ¡farsante!
M.- Disculpa, fui a beber algo. ¿Que hable claro, dices? Eres mi amiga, si no fueses, no perdería un segundo contigo. Al margen de mis escritos, que tanto parecen afectarte, te recuerdo que siempre por aquí te he tratado con corrección. Mira, es tarde y estoy cansado. Mañana continuamos a la búsqueda de la convergencia.
P1.- Sigues pareciéndome un mentiroso con mil caras. Que descanses, si puedes con tu conciencia.
Miguel cierra rápido la ventana P1 y mira la ventana P2.
P2.- Bueno, cuando empiezas a filosofar, me exasperas. Eso que has dicho no tiene por qué complacerme como respuesta.
M.- No hay otra. Si bien lo piensas, yo sólo puedo interesarte por lo que has leído de mi, no hay otra razón. Quizá tengas razón si esa frase mía la sacamos de contexto, pero el contexto en el que interactuamos es ese. Si se diera otro, puede que tuviese que replantearme el por qué me interesas, mientras tanto, querida, dejémoslo así. Es tarde, mañana seguimos, si quieres.
Miguel espera, quiere ir cerrando ventanas.
P2.- Siempre siento un vacío cuando hablo contigo, debo ser un pozo sin fondo. Sí, mañana.
Miguel cierra la ventana P2. Y observa la P3.
P3.- ¿No te ha gustado lo que te he dicho? Si estás en otra cosa, te dejo. Estimo que tu tiempo es oro. Hasta mañana, querido.
M.- Remansas mi alma alborotada, cielo. Eres tan comprensible… Estaba escuchando música mientras te imaginaba. No sabes lo que daría por tener tu imagen. Que tengas un buen día.
Miguel cierra la ventana P3, cree haber dejado, al menos, abierta la puerta de su intimidad a las tres. Se olvida de cerrar los “Messenger” y mira el correo. Sólo mensajes publicitarios. Lo cierra y cuando va a apagar los ordenadores, súbitamente aparece una ventana de “Messenger”. Duda si mirar, pero Miguel es un caballero y mira. Es una nueva ventana. Enseguida conoce quién está detrás.
P4.- Hola, corazón, sé que es tarde para ti y no quiero restar un minuto a tus sueños. Mañana me cuentas si yo estaba en ellos, ¡zaz!.
Miguel no responde, cierra la ventana, cierra los “messenger”, cierra los ordenadores y levanta su culo pegado al sillón. Sabe que tardará en conciliar el sueño y sale al jardín. Las estrellas brillan en el cielo, y por un momento le parecen otras tantas ventanas que esperan respuesta.

juan y su hermano antonio

Yo me llamo Juan y soy hermano mayor de Antonio. Nada de lo que voy a contar sería digno de ser contado si no fuese uno de esos relatos que parecen más bien cuentos; lo digo por el ingrediente fantástico que destila. Yo soy periodista y escribo como periodista; es decir, que lo mío es relatar acontecimientos ajustándome a los hechos ciertos, y aunque pueda, en mis ratos de ocio, escribir otras cosas puramente literarias, en este caso no puedo menos de recurrir al medio oficio de escritor de fantasías, que también soy, para poder contar un hecho real pero fantástico, muy a mi pesar, pues tratándose de mi hermano, bien quisiera que su caso no fuese tachado de cuento. El lector, por supuesto, podrá, si así lo desea, elegir entre considerarlo un relato o un cuento, sin tener en cuenta cuál sería mi deseo.

Íbamos mi hermano y yo, de esto hace quince años, juntos y yo conduciendo mi coche, a ver unas tierras que interesaban a la familia. La carretera comarcal estaba en pésimo estado y todo se podía esperar de ella. Jóvenes que éramos, la prudencia todavía no era algo que formara parte de nuestro patrimonio, así que íbamos casi volando por encima de los mil baches que presentaba lo que yo, eufemísticamente, he llamado carretera. Tomé una curva sin visibilidad como si fuese la recta de despegue de un aeropuerto y, por esquivar una vaca que cruzaba en ese momento, me fui con el coche a parar en seco, pero porque se interpuso una enorme piedra, que Dios sabrá quién o cómo había ido a dar allí; cosas de la casualidad, dicen. Del golpe, mi hermano salió peor parado que yo, ya que fue proyectado hacia delante, partiendo el parabrisas con la cabeza y quedando medio cuerpo fuera del vehículo. Yo, contusionado de menor gravedad, como pude liberé a mi hermano de aquella esperpéntica situación, observando que estaba inconsciente y sangrando abundantemente. Le anudé en torno a la frente mi pañuelo y pedí a Dios que funcionase el coche para poder trasladar a tiempo a mi hermano al hospital. Dios debió escucharme, por primera vez que le pedía algo, y el coche se puso en marcha. Coloqué, con gran esfuerzo de mi parte, a mi hermano tumbado en los asiento traseros y partí raudo hacia el hospital, con la esperanza de que allí pudiese recuperarse de cualquier daño que hubiese sufrido, pues no entraba en mi cabeza que fuese a perder a mi hermano de forma tan estúpida.

Ya en el hospital, los camilleros lo introdujeron directamente a un quirófano de urgencias. Llamaron a médicos, anestesistas, enfermeras, por un teléfono interno y me dijeron que entrara en la sala de espera contigua, que me comunicarían una primera evaluación del estado de herido y de lo que procediera hacer.

Vi, inerme, el trasiego de gente con batas verdes entrar y salir y mi incertidumbre fue creciendo a medida que pasaba el tiempo. Ya no tenía muy seguro que mi hermano saldría de esa. ¿Qué podía hacer? Era mi hermano, me sentía de algún modo culpable. Desde luego no parecía lo más propio que yo estuviese en la sala de espera, y valga la redundancia, a la espera de ser informado. Se me ocurrió una idea. Si conseguía una de aquellas batas verdes y una mascarilla, seguro que pasaría desapercibido y podría entrar en el quirófano; al menos podría estar al lado de mi hermano. No fue difícil. En el pasillo que nos condujo al quirófano pude ver una puerta rotulada “Vestuario de quirófano”. Allí me fui sin más pensarlo. Cuando el pasillo estaba despejado, me introduje dentro. Me puse una bata, más bien larga para mi talla, un gorro de tela, hice como había observado, ponerme una especie de bolsas de plástico en torno a mis pies y una mascarilla, y salí de esa guisa, decidido a penetrar en el quirófano.

Cuál sería mi sorpresa, que toda aquella gente que yo poco antes había visto entrar para atender a mi hermano, no estaba allí; sólo una mujer parecía ocuparse de limpiar instrumental quirúrgico, y que ni siquiera se volvió al advertir mi presencia. Pregunté: “¿Y el paciente?” La mujer, sin volverse, dijo escueta: “Al tanatorio; estaba muerto”.
–¿Dónde está el tanatorio?—pregunté mientras me quitaba aquella indumentaria de ocasión
–¿Quién es usted?—preguntó la mujer, volviéndose esta vez.
–Soy su hermano.
–Ah, comprendo; salga por esa puerta, encontrará un pasillo largo, al fondo verá un letrero que dice Tanatorio.

No me despedí y salí por aquella puerta como una exhalación, dejando a la mujer indiferente, que siguió con su cometido.

Mientras recorría el pasillo, casi no podía pensar. Tampoco darle significado a aquella velocidad con la que quería llegar al lugar donde, supuestamente, habían depositado el cadáver de mi hermano, si ya nada se podía hacer por él. El caso es que, de dos zancadas, me planté frente a la fatídica habitación que nada bueno guardaba. Entré sin pensarlo. La habitación, pequeña, sólo tenía en el centro un catafalco de madera. Sobre el catafalco, un féretro que debía haberse usado múltiples veces, pues carecía del brillo que tienen todos los féretros nuevos. En un lateral de la exigua habitación, un par de sillas y dos mujeres sentadas que hablaban entre ellas, incluso sin dejar de hacerlo cuando entré de forma tan intempestiva. Me dirigí directamente al féretro, pues estaba descubierto, y tan pronto como llegué a la vertical, observé horrorizado que el cadáver no era el de mi hermano, sino el de un viejo consumido de vejez.. Me volví hacia las mujeres y pregunté:
–¿No acaban de traer aquí a un joven?
Una de ellas contestó:
–No; nuestro padre lleva aquí desde esta mañana, y esperamos el traslado al cementerio.
–¿Hay alguna otra habitación que se use como tanatorio?—pregunté.
–Que nosotras sepamos, no hay otro; cuando necesitan poner otro cadáver, le hacen sitio aquí.

No podía entender nada. ¿Adónde habían llevado a mi hermano? Salí de allí y volví a recorrer el largo pasillo. Entré en el quirófano de nuevo y allí seguía la mujer.
–Oiga, mi hermano no está en el tanatorio.
–Señor, no puede entrar aquí así, haga el favor de salir. No sé de qué hermano me habla.

Hubiese querido coger de la garganta a aquella mujer y estrangularla, pero lo que hice fue salir de nuevo al pasillo, esta vez al primero que había tomado para llegar al quirófano y me dirigí a la recepción del hospital.
–Oiga, no sé qué sucede. Acabo de ingresar a mi hermano mal herido, lo han conducido al quirófano, luego allí no estaba; me dijo una enfermera que lo habían llevado al tanatorio, cadáver, pero en el tanatorio no estaba, luego…

La señorita que me escuchaba me pidió calma con la mano, me callé en espera de que hablara.
–Nadie ha ingresado malherido en las últimas horas, así que nadie podía estar en el quirófano. Si el señor, como supongo, que está en el tanatorio no es su hermano, usted debe estar pasando por una alucinación. ¿Quiere que le atienda un médico?

No le respondí. Salí del hospital y fui a buscar mi coche. Y otro sobresalto: mi coche estaba sin muestras de ningún choque. Me puse al volante y regresé a casa. Mi hermano Antonio salió al patio para recibirme. Sonreía.

Han pasado quince años. Durante todo este tiempo he buscado una explicación y no la he encontrado. Estoy seguro que no fue un mal sueño, porque al día siguiente del supuesto accidente, fui al lugar donde habíamos, supuestamente, chocado, y allí, en la piedra, estaban las señales del violento choque.

Ni como hipótesis he pensado en un milagro; hoy, después de tanto tiempo, busco una explicación racional, aunque con ello la vida se convierta en algo irracional, que bien podría ser..