Morir sin haber muerto

Este blog está muerto, o vive con respiración asistida. Algún amig@ se encarga de  vigilar las constantes que señalan si hay ritmo cardiaco. Puedo verlo en Analytics. Casi siempre es la misma enfermera. Cuando deje de venir a verme, entonces estaré muerto de verdad. No habrá curva de sesiones, y Analytics mostrará un diagrama plano. Cuando eso suceda, yo, José, el que ejerció de escritor sólo porque escribió, pasaré a ser el escritor que dejó de escribir, sólo porque no tenía nada que escribir.

 

Hasta pronto!

Por el calor sofocante, por los trabajos forzados a los que someto mi viejo cuerpo, porque casi es  más duro el esfuerzo intelectual de salir cada día en este blog con algo que lo mantenga vivo, porque pienso si estaré abusando de vuestra paciencia con lo que puede ser un correo diario no deseado, por todo y algún motivo más, dejaré de enviaros  mis escritos, no sin dejar de agradeceros que los hayáis leído y comentado.

Digo hasta pronto porque no contemplo que sea definitivo. El blog seguirá abierto, en él guardo todo lo que he escrito, sin renunciar a nada. Si alguien me hace el honor de entrar y comentar algún tema, prometo responderle. Quizá, sin la presión de la inmediatez, suba, sin comunicarla,  alguna cosa nueva; será señal de que estoy vivo o que a mi cabeza le quedan neuronas activas.

Gracias, chic@s, en mi correo jose@diez.com me tenéis a vuestra disposición.

José

Una sola palabra

Una palabra, busco una palabra, una palabra que lo diga todo, que no necesite circunloquios para comprenderla, que al pronunciarla el aire detenga al viento, que anule la distancia, que cualquier música, en comparación, sea sólo ruido, que acaricie, que te devuelva el sueño interrumpido, que sea compendio de todas las historias, de todos los cuentos para niños y mayores, una sola palabra, principio y fin de todas las cosas hermosas, una palabra ya inventada antes de  la invención del universo, que no se preste a la duda si es oportuna según y como, que en la boca sea miel y en el corazón sosiego, una sola palabra que no necesite a Dios para agradecer haber nacido, que la muerte la haga eterna en la memoria…

Sí, creo que ya la tengo, pero me cuesta pronunciarla, me cuesta escribirla sin mancharla. Quizá si la susurro, si el respeto precede a cada letra, si al final pido perdón por haberla invocado muchas veces en vano, sea, en esta ocasión, que pronunciarla, escribirla,  el homenaje que le debía.

¡Madre!

Me llevaré conmigo todas las historias

Me llevaré conmigo todas las historias que no conté

Historias de ficción que llenaron mi vacío

Historias que escondí en los pliegues de mi memoria

Historias vividas en las que yo era el personaje imaginado

Historias que no me atreví a vivir por temor a morir

Historias de amor juvenil que me hicieron hombre

Historias de hombre que me volvieron niño

Historias de pecados mortales que no me mataron

Historias de mujeres que se llevaron mi inocencia

No me siento capaz de contar esas historias

Son las historias que alimentan mi alma

Son las historias que vivifican mi cuerpo

Son los recuerdos que conforman mi vida

Porque si las contara, ya no serían mías

Porque si las contara, nadie querría vivirlas conmigo

Son historias de soledad, la soledad que he vivido

Y yo, escritor de historias, que así me limito

Qué puedo contar que sea viejo, tanto como ese árbol centenario

Que, sin embargo, florece cada primavera a los sones del sol que lo calienta

O esa roca que se desgasta por el amor del viento o de la lluvia

Y que yo veo, impávido, como si su destino fuese dejarse querer

O de esa vieja que cumple cien años y aún respira aromas de sueños

O de esa joven eterna, que no envejece porque nunca nació

O de los astros que me han visto pasar sin ellos dormirse en la noche

Hay muchas historias que podría contar para los necios adultos.

También para los niños que aún  sueñan con cuentos

O para los adultos que se sienten niños y quisieran  historias nunca vividas

También para aquellos que mueren sin tener su propia historia

Podría empezar diciendo: hubo un tiempo en el que se podía soñar despierto

Los niños soñaban con poner sus nidos en los árboles centenarios

Los jóvenes soñaban con descubrir el amor sobre una cama de piedra

Los viejos sus falsas gestas a sus nietos absortos y hambrientos de cuentos

La roca soñaba, yo lo sé, que le nacía musgo en las oquedades umbrías

Los astros, yo lo sé, guiñaban complicidades a los hombres que se sentían dioses

Todo eran sueños, y, cuando de soñar se sentían cansados, se dormían para vivirlos

Y esas historias que reclaman ser contadas cuando se producen

Que llevan en su desarrollo la enjundia de una existencia que se extingue

El furor de la vida que cohabita sin freno hasta que la muerte le devuelve la calma

Se olvidan, no se recuerdan, nunca fueron una realidad si alguien no las cuenta.

No sé que hacer con tanta historia, si nadie se la ha de creer.

Escuchando a Fanny

Escuchando a Fanny, tengo la impresión, la firme convicción, de que sólo las putas conocen bien a los hombres. Con ellas no valen fingimientos, saben muy bien del pié que cojean. Saben, por ejemplo, cuándo un hombre es un verdadero hombre y cuando es una mierda de hombre, lo que es más frecuente. Ellas, cuando están follando y gritan: ¡Oh, mi amor! ¡Me vuelves loca! ¡Apenas puedo aguantarlo…! ¡Voy a correrme…!, como tienen dominio sobre esa cosa que tienen entre las piernas, aprovechan para ver el efecto que causan sus exclamaciones en el tío número cuantos que tienen debajo, encima, por detrás… La conclusión es siempre la misma: están más al tanto de esas expresiones que de obtener placer, menos de darlo; o sea que tratan de controlar esas expresiones modulándolas para calcular cuánto han de cobrar. Y así, “los malditos hijos de mala madre, veinticinco llevo en toda la noche, y ni uno de ellos me ha dejado satisfecha. Luego, cuando estoy sola, tengo que masturbarme para sentir alivio. No encuentro un tio que me haga, de veras, gritar, hasta que salten las tejas. Vosotros me llamáis fría si me niego a hacer el sesenta y nueve… Hijos de mala madre a quienes no les funciona la cabeza, el corazón, las tripas, el cipote, las pelotas…” La Fanny que así se expresa es la mujer corriente con su marido, con su amante, pero estas no lo dicen, quizá ni lo piensan. “Ellas necesitan de media hora de atención, sólo media hora, y ellos en quince segundos caen desmadejados, algunos antes de conseguir entrar…”
Después de escuchar a la desolada Fanny, entiendo algo más por qué las mujeres se refugian en la poesía erótica, en la prosa erótica más que los hombres, porque las mujeres necesitan creer que hay hombres de verdad, y esas historias que escriben, que leen, les hace vivir de una ilusión. Pero las pobres putas no leen ni escriben poesía erótica.

Nota: La Fanny de estos dos últimos posts es la protagonista de la novela Fanny Hill, una novela erótica de John Cleland publicada en Inglaterra en 1748.

A mi pensamiento lo mueven las pulgas

La paloma no vuela, tiene las alas rotas, remendadas,  y son de plata con reflejos de luna. Ella quiere volar y levanta una pata,luego la otra sin bajar la primera. Por un instante se siente suspendida en el aire. Desde esa posición forzada, susurra, grita, reclama  libertad, la libertad que le daba el vuelo sobre la mar negra, esa mar que se interpone entre el amor y el  firme suelo.

Si sus alas fuesen de oro, al menos podría oscurecer al sol, y aun varada en la firme tierra, podría tener el consuelo de ser un Ícaro pequeño.

No hay amores en libertad. Libertad implica el egoísmo de amarse a uno mismo y siempre querer volar, aunque sea sobre el  abismo donde se refugia el dragón de la soledad.

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Soliloquios a las 5 h, AM

Soliloquio 1

Las causas jodidas (de infortunio) que pueden converger al mismo tiempo sobre una persona pueden ser infinitas. No dan respiro. Buscando un símil, sería como una nube de cuervos cayendo sobre un cadáver. Ni un rayo de luz sería capaz de atravesar tanta negrura. La persona que sufre un tal acoso, se pregunta, en primer término, qué ha hecho  para padecer de tan mala suerte. Cuando acepta que la suerte es algo inaprensible, que no se puede diseñar a gusto y medida, entonces se pregunta por qué, en un momento dado, confluyen en ella toda clase de desventuras y ninguna dicha. No teniendo respuestas a preguntas tan razonables, la persona pude preguntarse de qué le sirve intentar comprenderlo. Podría, entonces, resignarse y esperar que el futuro le sea propicio y le llegue  la ocasión en el que las venturosas circunstancia se abran paso entre las desdichas y, si no eliminándolas por completo, si sean lo suficientemente gratificantes como para considerarse una persona afortunada. Pero cabe preguntarse: si todo es tan azaroso y la persona tan inerme, ¿por qué se desea con ahínco ser feliz y no se desea con igual fuerza dejar de ser desgraciado? Mientras encuentro una respuesta lógica a tan razonable pregunta, yo sólo espero que me cambie la suerte.

Soliloquio 2

Me encuentro solo. Yo lo he buscado. Sé que en algún lugar impreciso de este mundo tengo un montón de amigos, que a una queja mía se volcarían en palabras de ánimo. Y, sin embargo, huyo de ellos. Pareciera que la soledad me es precisa para concentrarme en el dolor que me causan mis pesares. Como si no quisiera la anestesia que supondría compartirlos con alguien. Como si necesitara, sin distracciones, avistar sus idas y venidas, cayendo sobre mí con sus picotazos, en ocasiones sobre heridas aún abiertas. Me complazco incoherentemente en mi dolor, puesto que no hago nada por evitarlo. Si mi cara es el espejo de mi alma, no quiero que los demás la sufran contándoles mis desdichas. ¡Dejadme morir en paz!, grita el moribundo. Yo no puedo decir lo mismo. Ni estoy moribundo ni quiero la paz; sólo quiero estar solo.

Soliloquio 3

Hago un pacto conmigo mismo. Ya que estoy sólo y que así quiero estar, me propongo olvidarme de los pesares y aparentar estar lo más festivo que se me ocurra. Tengo que aparentarlo aquí, donde detecto que me miran, quizá incondicionales amigos que respetan mi soledad, públicamente pedida. Se lo debo a ellos. Y no debe suponerme gran esfuerzo. Y ellos me lo agradecerán, porque, como yo, se olvidarán que tengo eso genérico que he venido en llamar pesares. Así, por lo menos, no los tendrán por mí. Ese es mi pacto, amigos. Voy a ver cómo lo desarrollo. Por ejemplo, se me ocurre describir un hecho verdaderamente festivo. Hoy era mi onomástica. Con ese motivo, hoy en mi casa hubo una pequeña fiesta. Yo llamo fiesta, y para no exagerar, a cualquier cosa que convoque a mi solitaria vivienda, dos cosas fundamentales: la visita de más de dos personas y que suene el teléfono más de dos veces. Y esta circunstancia, indudablemente con motivo de mi onomástica, se ha superado en número: he tenido la visita de tres personas y, si no recuerdo mal, por lo menos cinco veces sonó el teléfono. Sin duda, y por mi onomástica, también la comida de mediodía ha sido especial. No vale la pena que la describa, no vaya a ser que mis amigos la entiendan demasiado sobria como para considerarla especial. El caso es que había ambiente de fiesta, y así la considero. Hasta me reí con alguna ocurrencia de mi nieto. También descorché una botella de vino de una reserva especial. Y me cantaron el “feliz, feliz en tu día”. Como me debía a mis visitantes  y atender al teléfono, hoy no vi los telediarios, que a buen seguro hablarían de la inminente guerra. Dadas mis solitarias rutinas, hoy en mi casa era una verdadera fiesta. Todo eso sucedió por unas horas en las que puedo asegurar a mis amigos que me olvidé de mis pesares. Luego, cuando volví a quedarme solo y el teléfono dejó de sonar, no volvieron los pesares, como debería suponerse; me enfrasqué en una lectura sencilla, precedida de gran fama psicoterapeútica: “El caballero de la armadura oxidada”, de un tal Robert Fisher. Luego me dio por sentirme algo fatigado y me dormí una horita. Escribir es, sin duda, una de las pocas cosas que me evaden de los pesares. Y en esas estoy, amigos. Mientras escribo esto, medianoche, puedo aseguraros que no siento mis pesares. Por favor, no tengáis en cuenta que más arriba dije que iba a aparentar estar de lo más festivo. Ahora me voy a la cama, así que no os preocupéis por mí, amigos.

Receta de cocina del chef José

Hoy toca ser práctico. De los poetas siempre se dijo  que si no pasaban hambre no eran verdaderos poetas. Hoy de los escritores, en general, se podría decir lo mismo. A salvo aquellos que tienen cien “negros” para escribir sus bestsellers  de un un millón de copias vendidas en supermercados y transportados entre verduras, carne y pescado. Yo, como no soy un poeta, aunque haya escrito cosas que se lo parecen, como no tengo “negros” que me escriban bestsellers, como, gracias a dios, no paso hambre, todavía, y no por tener un huerto ecológico como el  escrito y descrito en el post anterior, me voy a permitir llevar a mi mesa a mis queridos lectores, de uno en uno, que no se agolpen,  invitándoles a comer  un plato que es de mi creación, aunque a algunos os pueda parecer un plagio. Me da igual si  la descripción de mi arte culinario consigue que vuestros estómagos queden agradecidos; de eso se trata, que ya los poetas verdaderos se encargan de alimentar el alma y los de los bestsellers de engordar sus cuentas corrientes.

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De sentir hastío

Estoy empezando a sentir hastío. Hastío puede significar varias cosas, no todas concomitantes. Tedio no es igual que disgusto, disgusto no es igual que cansancio, cansancio no es igual que hartazgo, hartazgo nada tiene que ver con aburrimiento. ¿cuál de esas acepciones se acomoda a lo que yo siento o empezando a sentir? No a disgusto. Aunque a veces esté disgustado, es una situación temporal motivada por un hecho concreto superable. ¿Cansancio? Tampoco. Si bien mi cansancio es consecuencia de haber vivido demasiado, demasiado sin la percepción de haber vivido, no me inclina de forma drástica a terminar con él. Si considero mi hastío igual a hartazgo, supondría haber sobrepasado todas mis expectativas. Aburrido podría parecerse al hastío que parece  estoy comenzando a sentir. Pero aburrido no es  una situación que empieza, dado que el aburrimiento se da en muchas ocasiones a lo largo de la vida.; de él se sale espontáneamente con vivencias nuevas que te hacen vibrar.

Cuando digo que estoy empezando a sentir hastío, este hastió se vislumbra permanente, no superable bajo ninguna condición favorable que, por ejemplo, permita pasar del hastío a la euforia.

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