Marte

Comienzo a visionar una serie nueva. Entre las múltiples opciones disponibles, elijo Marte. No soy aficionado a las historias de ficción pura, por ejemplo, no he visto Star Trex. Marte es una mezcla de ciencia actual y la proyección fantástica necesaria para dar solución a los problemas que los científicos han de superar. Me gusta este cocktail, porque no se cometen los excesos que se  dan en la narración de la ficción y la historia parece posible.

Sólo he visto el primer capítulo de los seis disponibles, pero pienso que no son necesarios los cinco restantes para glosar el propósito de la serie.

Marte está ahí. Se parte de una realidad, y es que podemos llegar a él,  y ya hemos llegado, con máquinas, sí, pero hemos tocado Marte. Otra cosa es enviar tripulantes humanos en una nave, llegar a Marte, sobrevivir a las condiciones del planeta, y lo que parece más difícil, crear una estación autosuficiente, donde los seres humanos podrían perpetuarse en el caso de que la Tierra se convirtiese en inhabitable.

El proyecto llegar a Marte está fijado para el 2033. El 2016 es la realidad que ha de conducir a superar las dificultades. Se manejan los dos tiempos, el real y el ficticio, procurando que la conexión no sea muy caprichosa por parte de los guionistas. Una cosa no se sustrae al espectador de la serie, para que esta sea posible, dado el alto coste, todo lo que implica alcanzar Marte  deberá poder ser reutilizable. Y, por supuesto, viable la permanencia en él

Mi mente se desconecta por un momento de lo que estoy viendo y se pregunta si no habría sido más fácil, más económico, más inteligente, que la humanidad tomará la decisión de no ser ella la causante de la necesidad de buscar mundos alternativos para sobrevivir, al ser ella la responsable de preservar habitable el lugar que habita. Pero así es la humanidad, primero destruye, y luego vuelve a construir.

Hecha la anterior reflexión, y ahí queda, merecería se tratado de utópico por cualquiera que me leyera. No me gustaría, porque la ciencia me apasiona, y de la ciencia, lo que no puedo evitar es la justificación a su empeño constante por superar los retos, sin otras consideraciones. Dominar las estrellas es uno de ellos. Y sé que nada la detendrá.

El cuento de la criada

Estoy viendo una serie sorprendente. Usan relato distópico, significa que la utopía es llevada al extremo, y es dañina en lugar de benéfica, al menos eso nos parece. Pero yo tengo mis dudas sobre si es conveniente por inevitable. El marxismo, los fascismos, los totalitarismo de todo pelo, y hasta las religiones, todos tienen algo o mucho de distópicos, tratan de beneficiar a sectores de la humanidad, luego los métodos  pervierten los fines. Llevaron sus utopías a extremos difícilmente digeribles.

En el caso que me ocupa, la alternativa no es tan clara como para sustituir el utópico medio para conseguir el fin. El mundo se muere y no lo regenera la vida. No importa decir la causa, todos, en alguna ocasión, hemos pensado que ese será su fin. En este caso, el síntoma es la casi nula fertilidad de las mujeres. Ante esa situación, los fundamentalistas de la vida se deben creer destinados por dios para poner remedio a la desaparición de la humanidad. Las pocas mujeres fértiles no pueden ser libres de elegir, son un objeto preciado que hay que preservar para el único fin que interesa. Se llega, incluso, a comerciar con ellas con países deficitarios, a cambio de otros productos esenciales. Esas mujeres no pueden elegir algo tan simple como el macho que las ha de fertilizar, esa función se reserva, discrecionalmente, a los altos cargos que gobiernan. Hasta la fertilización es aséptica, carente de sentimientos ni expresiones de gozo, no hay pasión, está prohibida. Las esposas de los gobernantes son estériles. Cada una tiene un criada fértil a la que su esposo fertilizará. Es su privilegio. Nos suena eso a los actuales vientres de alquiler? Con suerte la criada queda preñada y se le retirará el hijo al nacer. La desafección o el fracaso se paga con la deportación o la muerte.  Ese niño es del matrimonio, que habrá, así, alcanzado el fin que la sociedad le demanda.
Por supuesto que la serie introduce un factor que la humaniza y da alas al feminismo. Una de esas criadas se revela, pero no sé qué ha de conseguir, no se vislumbra en las capítulos que llevo vistos. Tampoco importa para ya tener la reflexión que me lleva a la duda de la que hablaba antes. Ante una situación límite, ¿cualquier fin justifica los medios?
Probablemente en la serie no será así y se buscará la forma de condenar esos medios, lo contrario supondría un escándalo inadmisible, incompatible con la hipocresía que todos estamos obligados a observar. Y es fácil. La ficción está ahí para ser manipulada, la realidad, si la llegamos a vivir, nos indicará qué métodos son necesarios para corregirla. Espero no vivirla.

La serie es The handmaid’s tale o El cuento de la criada.

JDD

El hormiguero

Contemplaba la hormiga de acá para allá, seguramente desorientada. Las hormigas son muy poco dadas a despistarse, salvo las que tienen la misión de buscar alimento. Parecen despistadas, pero una vez lo han encontrado, vuelven al hormiguero dejando un rastro que permitirá a sus hermanas dirigirse raudas a él. Van y vienen, sin disputarle la carga que portan otras hormigas que ya se dirigen al hormiguero. Es una sociedad organizada y diría que perfecta. Las admiro y las odio, porque no respetan mi minihuerto.

Tenía que matarlas. En las tiendas especializadas venden toda clase de armas de destrucción masiva para hormigas. Se rocía el hormiguero y contemplas el efecto. Se retuercen un momento, y quedan paralizadas. Por un tiempo, el hormiguero parece haber quedado sin vida, nada se mueve en su entorno. No muy seguro de haber obtenido el objetivo que perseguía, retiro las primeras capas de tierra. Y sigo profundizando en el agujero. Me horroriza  lo que veo. Cientos de larvas, cientos de huevos aparecen ante mis ojos atónitos. Qué he hecho?  Algunas hormigas, aún vivas, cogen con sus pinzas los huevos y las larvas en un intento de poner su descendencia a salvo. No fumigo aquel espectáculo, me voy de allí esperando que mi conciencia no me reproche haber sido un asesino. En realidad sólo son hormigas, voy repitiendo mientras me alejo…  Y dañaban mi huerto, añado, por si la anterior consideración fuese suficiente.

José, en una tarde calurosa de julio, que soporto gracias al aire acondicionado y un jarro de agua fría.

JDD

Vida después de la MUERTE? Sí, claro que la hay

Todo se vuelve oscuro partiendo de evanescente. Morir, dicen, es la consecuencia de vivir. Para el que muere, la vida carece de sentido; para el que vive, la muerte sólo le inquieta.

Hay quien afirma, con absoluta convicción, que la muerte no debe inquietarnos, que en ese preciso momento, el Yo se libera de la materia y se proyecta en el Universo en pos de una nueva dimensión asistencial. Esta formulación,  ¿qué tiene de real o, si se quiere, de mínimamente empírica? Lo real es probado, lo empírico  es probable. Ese Yo sólo existe en nuestro pensamiento, no hay ninguna constancia, y no dejo de tener en cuenta investigaciones, cuestionablemente científicas, como las que proliferan en Internet a la pregunta “¿existe vida después de la MUERTE?” Muchas personas leen estos alegatos en los que se prueba  esa existencia con “casos verídicos” que lo “demuestran”, terminando por creer o, por lo menos, dudar sobre lo que antes no estaban dispuestos a admitir.

¿Qué posición al respecto ha tomado mi yo material, el único que por ahora se manifiesta? Si dijera que me gustaría que esa hipótesis se confirmara un instante después de que la materia dejase de existir organizada, estaría utilizando mi cuerpo vivo para quitarme la angustia, o simple preocupación, por la desaparición absoluta de mi yo tras mi muerte. ¿Y esto que significa? Sólo veo una explicación: si el cuerpo es evidente y probado que va a dejar de existir, ¿qué le puede importar ese Yo que se escapa de la destrucción del continente? La conclusión no admite reservas: ese yo sólo lo proyecta la materia organizada, no es algo que se aloja en una cápsula que se abre tras su muerte. Si así fuese, deberíamos admitir que ese yo ya existía en la preconcepción de nuestro ser material, o que llegó y se instaló en él. Demasiadas conjeturas, ¿no?

Pero mientras esto escribo, mi yo me está diciendo: tampoco es para ponerse así, espera a morir para comprobarlo. También esto me relaja.

Un recuerdo, de cuando yo era un  niño, viene a mi memoria. Yo asistía, con pesadumbre fingida, al rosario que en un redondel de mujeres sentadas, todas vestidas de negro, rezaban, y así durante nueve días, por el alma de mi abuelo.No tenia, entonces, duda de que mi abuelo -su alma- debía estar esperando que aquellas preces y letanías le abrieran las puertas del cielo. Si aquellas mujeres lo creían, ¿por qué no habría de creerlo yo?

Pero el tiempo termina quitándonos la razón y en su lugar nos da otra. ¿Cuál se la verdadera? Si soy honesto conmigo mismo, no tengo respuesta. Creer o no creer no es lo sustancial; lo que importa es dejar que las cosas unas veces se nos aparezcan como son y otras como quisiéramos que fuesen. Sólo así conseguiríamos eliminar el vacio de nuestras vidas abocadas a desaparecer.

Aquí termina mi reflexión. Y termino diciendo que no me ha aportado nada nuevo.

JDD

Vive lo que veo

Estoy sentado frente a mi ordenador. Ya he repasado las páginas habituales que me ofrece Internet: diarios, la página de inicio de youtube, algún artículo del que quiero algo más que el titular, y poco más. También borro los innumerables correos no deseados que me llegan cada día. Hace algún tiempo, después de hacer eso mismo, abría un archivo sobre algo que estuviese escribiendo o que comenzara a escribir. Llevo con cierta preocupación que esta actividad casi ha dejado de existir. Y no encuentro una razón que me permita comprenderlo. Escribir es, en algún caso, una pasión que se alimenta de pulsiones, y debe ser la edad la que va dejando atrás todo tipo de pasiones y pulsiones, para vivir ya una vida de encefalograma plano.
Pero algo se ha convertido en recurrente. A falta de motivaciones para ponerlas por escrito, paso muchos ratos mirando por la ventana, que se encuentra abierta detrás del ordenador, a un paisaje sin duda lleno de motivos para posar la vista y lanzarme a ellos en picado, como las aves rapaces hacen cuando divisan una presa a ras de suelo. Debería sentirme libre como esas aves, si creo tener todo a mi alcance para poseerlo. Pero no me paro a considerar tal fatuo privilegio y sólo sigo con la vista el perfil del horizonte. Debo decir que mi estudio está situado en una colina de suficiente altura como para, que todo lo demás excepto las nubes, esté situado debajo. Ese perfil que menciono, en ocasiones lo marca el agua del Mediterráneo, en otras, colinas que lo ocultan. En la plácida llanura del agua nada, a excepción de un barco que, por el tamaño y ausencia de ventanas, parece un carguero enorme. Sobre las faldas de las colinas, caseríos blancos o sombría desolación causada por los fuegos. Dudo que allí lata algún tipo de vida. Más próximo a mí, el terreno desigual alberga casas desperdigadas y, sobre todo, árboles viejos, consumidos por la sequía.

Qué pobreza imaginativa la mía, que sólo me permite escribir sobre lo que veo. Pero como si otras realidades asaltaran mis pensamientos, en esos paisajes archivistos y recurrentes a diario, entro en trance transcendente y me doy a pensar en lo inquietante que es contemplar la vida que perciben mis ojos. “Y todo eso seguirá ahí, sin cambios notables, cuando mis ojos se cierren para siempre, para siempre en la eternidad incomprensible”, me digo sin añadir otra reflexión que mitigue mi inquietud. En realidad, nada me aparta de ese pensamiento, nada que lo enmascare o lo suplante. Es así para todos, y si eso sirve de consuelo, no lo es para mí.

Voy a conectar con mi compadre Gerardo, lo hago a diario. El vive cabalgando otra onda. Él habla del alzheimer, la música de André Rieu, las Celtic Women, etc., y lo mezcla todo con cierta gracia al describirlo; digo cierta gracia, porque no sé si hay gracia cierta o gracia falsa. El se ríe de sí mismo, algo que yo no consigo de mí, aunque confío que llegará y lo disfrutaré por algún tiempo.

Y doy por concluido este escrito que no da para más, y como siempre, lo enviaré a algunos incondicionales lectores y amigos. Volverán a repetir eso de “José, eres un pesimista”. Ojala se pudiese comprar optimismo, podría pensar que nada existiría si yo no lo observo, y así no le echaría de menos.

La juventud

El título, partiendo de haberlo puesto yo para encabezar este escrito, puede parecer pretencioso. Lo es o lo sería si yo me atreviera a escribir sobre la juventud. Por lo mismo que si siendo yo joven escribiera sobre la vejez. Aclarado, pues, que no pretendo escribir sobre la juventud, el título corresponde a una película que acabo de ver.

No sé exactamente qué ha pretendido Paolo Sorrentino, su director. Poco importa, porque es una de esas películas que permiten la interpretación personal del que la ve, y seguro que es múltiple.

Y en esa interpretación personal mía, he procurado que no influyan las críticas que leído sobre ella.

Describo, pues, una sensación, la mía mientras la veía y cuando terminó.

Me sentí todo el tiempo como si me hubiese montado en un carrusel de espejos, espejos que deforman la realidad y espejos que la reflejan tal cual. Pero mientras me veía en esos espejos, yo no sabía cuáles deformaban y cuales no. Si me veía grotesco y viejo, pensaba que aquel espejo deformaba mi imagen; si, por lo contrario, me veía relativamente joven o, al menos, con una imagen agradable, entonces quería creer que aquel espejo reflejaba la realidad. Y la película es eso, juventud hermosa y vejez esperpéntica, continuamente desfilando ante tus ojos. Y quieres identificarte con lo que más te place, pero enseguida el esperpento sustituye a la imagen bella, y no tienes recursos para situarte en una imagen fija.

La juventud, así, es una metáfora, una visión primaveral. La vejez, el estío o el frío invierno. En ningún caso puedes situarte, porque a uno le sucede el otro y de nuevo se repite.
Puede que tenga que esperar para verme de nuevo como me gustaría, salvo que el carrusel se detenga.

Los Oscar

Los Oscar

Las películas cuentan historias, unas verosímiles, otras fantásticas; en ocasiones se basan en hechos reales. En hora y medio, más o menos, lo que cuentan las películas nos muestran un argumento. El argumento se desarrolla tan veloz, que el espectador sólo ve fotogramas, fotogramas en movimiento, pero no muestra el transcurrir real de un historia. El espectador tiene que imaginarse el enlace de la secuencias que saltan y saltan en busca de un final previsible o no, pero un final para que el espectador se vea fuera de la historia y apague el televisor o deje la butaca de la sala de cine.

Los Oscar son películas básicamente norteamericanas, una mínima concesión a películas de habla no inglesa. Las nominadas por la Academia suelen ser películas buenas, aunque no siempre las mejores. Ellos sabrán. Yo, ante la inseguridad que me da una película de la que no se habla, prefiero el posible fiasco de una película nominada a los Oscar, de la que abruma la información previa. Digo que he visto todas las películas nominadas, por uno u otro motivo, a Los Oscar 2016. ¿Y que pienso de ellas después de haberse fallado los premios? Veamos

El renacido, ganadores el director y el actor principal. Una historia que pretende ser real y sólo es una fantasía. Los límites de la supervivencia en la película se han puesto tan altos, que más que de humanos pareciera de dioses mitológicos. Bien premiado DiCaprio por su papel mitológico. Y bien premiado el director, Iñarritu, por haber sabido engañarnos con una historia irreal.

Spotlight intenta trasladarnos una historia basada en hechos reales. Comprime en algo más de hora y media unos sucesos que duraron años. La sensación es que todo tiene prisa para llegar al final, un final ambiguo, como no podía ser menos cuando es La Iglesia Católica la que se juega que en ese final no desaparezca de la faz de la tierra. Aquí la historia no importa si es verosímil o no, lo que importa es el hecho de dejar claro que la Iglesia es eterna.

Room es una película basada, fundamentalmente, en planos cortos de una admirable actriz, Brie Larson. El niño es un accesorio para que se luzca esta mujer. El argumento nos parece un deja vu de una página de sucesos. Como todas las películas, es una película que nos muestra los fotogramas de una historia que da la impresión que alguien cortó parte de la cinta y nos deja libertad de imaginar cómo comenzó.

La chica danesa es una historia con la que los escépticos sobre sexos ambiguos terminamos rectificando y comenzamos a aceptar que existen; lo de menos es tratar de justificarlos o no. Aquí vuelve el tiempo del cine a tener prisa. Es incoherente la transición de un hombre con toda la apariencia de sentir amor por una mujer a otro/otra en la que las hormonas se rebelan a partir de vestirse de mujer, y se sumerge de hoz y coz en el rol de una remilgada fémina que pone en peligro su vida para, mediante la cirugía nada segura, borrar de su cuerpo todo atributo masculino, y no le parece suficiente, que se expone a una práctica que para él/ella debe ser fundamental: tener una vagina. La conclusión no puede ser otra que la naturaleza ha dado un salto mortal casi sin tiempo para prepararse. Mi hija me dice que ha llorado con esta película; quizá el director sólo pretendía eso, hacer llorar. Remito al lector al escrito en esta misma sección: El héroe transexual.

En definitiva, el denominador común de las películas es llenar las salas de cine, que el espectador no termine doliéndole el culo de estar sentado, y si es sensible, que llore, que llorar es bueno cuando se llora con el mal ajeno, y que te permita como un mantra olvidarte de tu propia y anodina historia durante un par de horas. A esto llaman el séptimo arte.

El héroe transexual

Acabo de ver una película, “La Chica Danesa” . Confieso que no sabía de qué trataba. Pronto lo supe. El tema de la transexualidad, además de serme desconocido, siempre, cuanto menos, me pareció difícil de explicar en términos científicos. Que hay personas que no se sienten a gusto en el cuerpo en el que nacieron, es algo evidente. Que algunos tratan de subsanar los supuestos errores que la naturaleza cometió en ellos, sometiéndose a operaciones quirúrgicas de difícil pronóstico, también tengo noticias de esos casos. La película completa el círculo de la transexualidad, partiendo del descubrimiento del yo oculto, la insinuación pública, el convencimiento de reconocerse otro ser que el aparente y, finalmente, pretender corregir sus “defectos” orgánicos. Al margen de que la película se sitúa en un tiempo en el que la medicina no era la de hoy, y admitiendo que esa práctica quirúrgica hoy ofrece todas las garantías, hay algo que no entiendo de la película que comento. El-la protagonista después de serle extirpados los órganos masculinos, decide someterse a una segunda operación que la devuelva al estado de mujer que siente ser. Una vagina. Y, por qué no, quizá algún día un útero que le permita ser madre, completando, así, la función de mujer. No comprendo la importancia de una vagina, corriendo el grave peligro que supone el firme deseo de tenerla y la restringida operatividad. ¿Lo hace por ella o por la pareja masculina que forma, también, parte de sus sueños existenciales? La sexualidad tiene otros recursos que no se reducen a la penetración vaginal. La conclusión a la que llego es que los transexuales que se someten a estas prácticas, en las dos direcciones posibles, son seres heroicos, pero como todos los héroes, y recojo un frase hecha, son personas que no tienen futuro. El héroe de la película, basada en un hecho real, desde luego no lo tuvo.

Hombre Busca Mujer

Me quiero referir ahora a ese hombre que no puede ser otro, dado el amplio espectro de estereotipos, que aquel que la mujer busca y hasta reclama para sí por sus características peculiares, ya que no singulares, al menos singulares objetivas. Ese hombre que se ve seducido por la mujer, no por ser hermosa, de buena posición social o porque sea un romántico empedernido capaz de enamorarse de una escoba con faldas; ese hombre que convierte a su pensamiento en una especie de droga y su constante manipulación el vicio principal, de tal modo, que no vive sino para pensar y bastante menos para actuar consecuentemente  impulsado por ese pensamiento. Podría decir que estoy hablando de mí, y de este modo tener legitimidad para definir sin teorizar. No lo sé con absoluta certeza. Si ese hombre tiene por costumbre, que podría ser necesidad vital, el expresar ese pensamiento mediante la escritura  o la palabra y consigue un cierto predicamento entre mujeres ávidas de escuchar pensamientos que rompen con esquemas de conformismo y de incuria trascendente, ese hombre, digo, que tiene que encontrar un alter ego para canalizar sus pensamientos y se encuentra, sin buscarlo, con mujeres prestas a impregnarse de su personalidad para definir su propia sombra, tendrá que escoger entre el abanico que se le presenta, salvo que tenga otro vicio, cual sería dar rienda suelta a una vanidad que sólo se alimenta viéndose rodeado de admiradoras que pelean por abrirse un hueco en sus preferencias. Como no es este el caso y la persona que presento, pues de serlo su pensamiento se sobrepondría a una realidad que frena ese mismo pensamiento, la mujer que cumpliría con los requisitos únicos de ser el remanso donde descansaran las inquietudes de un hombre así, debería ser una mujer con una gran capacidad de escuchar, analizar sin ofrecer alternativas de superior entidad que conviertan en ridículas las ofrecidas por el mismo hombre, con criterio propio, no para ofrecer alternativas indiscutibles, sino discutibles y, sobre todo, que no haga de él una imperiosa necesidad de proclamar su posesión exclusiva. Si esas condiciones se cumplen en una mujer que se autoproclama admiradora de un hombre de esas características, necesariamente ese hombre ha de sentirse a gusto con la mujer y la convertirá en su confidente, hasta el punto de no necesitar a nadie más, con lo que cualquier debilidad vanidosa quedaría descartada. Si se analiza bien lo antedicho, supuesto que yo me haya sabido expresar, se verá que no se trata de encontrar una mujer que supedite su propia personalidad a la personalidad del hombre al que se une en espíritu, y más bien es el encuentro y comunión  del alfa y omega que todo hombre y mujer buscan encontrar más allá de la pura contingencia de los sexos y de otras avideces. ¿Hay mujeres así? Mi pensamiento no me permite deducir otra cosa que si hay hombres así, necesariamente debe haber mujeres que los buscan. Suerte para ambos, que la necesitan más que en ningún otro caso donde el hombre y la mujer desean compartir espacios comunes.

Mujer Busca Hombre

¿Qué busca la mujer en el hombre antes que el sexo, la posición social o el amor romántico? Observando a las mujeres, y me refiero a las mujeres con su propia y definida personalidad, no las relaciono seducidas por ninguno de esos atractivos que el hombre le puede ofrecer ( en otro momento escribiré del hombre y lo que busca en la mujer). Una mujer que no está en la disyuntiva de sobrevivir dignamente o malvivir en la indigencia; o que tenga anhelos de figurona en el relumbrón de la sociedad de elite; o que se consuma en su ansiedad sexual insatisfecha, anhela, principalmente, una sombra. Consciente de su insustancial vida, a pesar de tener criterio propio, supone que el hombre en el que ha puesto sus ojos, una vez hecho suyo, le va a proporcionar esa sombra con perfiles bien definidos. Señora de tal o mujer de cual suenan peyorativos pero son una realidad. Si ese tal o cual se proyecta como un hombre que tiene una expectativa, por pequeña que ésta sea, en el universo de su actuación, la mujer que se adueñe de él, de algún modo reflejará la luz que recibe estando a su lado. A partir de ahí, no se limitará a ser el espejo, sino que modulará esa luz a través de unos prismas propios imperceptibles. Llegará a considerarse cohacedora de todos los méritos de su hombre y disfrutará de pertenecer al grupo de mujeres autorrealizadas. No quiero decir que vivirá a la sombra de su hombre, sino que formará parte del objeto que proyecta una sola sombra, esta vez bien definida. Creo, por tanto, que la mujer de las características apuntadas no es ese ser que busca y se queda con lo que encuentra, y que más bien busca una luz ya preexistente, y esto con el ánimo de proyectar su propia sombra, superpuesta a la del hombre que elige y obtiene. Pero mujeres con propia y definida personalidad hay pocas, al igual que hombres.