la sonrisa

 

Vivíamos en la ciudad. Mi esposa no soportaba vivir en la finca. Aunque teníamos una casa acogedora y con comodidades, ella la consideraba una especie de tumba en la que se sentía enterrada en vida. Por no soportar a diario sus reproches, accedí a comprarnos una vivienda en la ciudad con la condición de no vender la finca. Yo iría por la mañana a atender los animales, los árboles frutales y el huerto. Era mi vida y no hubiese podido prescindir de ella. Acababa de obtener la jubilación anticipada y sólo tenía sesenta  años. Para ella, las tiendas, un par de amigas y las reuniones para cotillear de esto y aquello era todo lo que deseaba. Nuestra relación de matrimonio se podía decir que era un convenio tácito de convivencia, sin otras gratificaciones. Ella se encontraba bien sin mí y yo sin ella, al menos en lo que a compartir horas juntos se refería. Ni siquiera los domingos cambiábamos nuestros hábitos respectivos. Así llevábamos un año, exactamente desde el día en que dejé de trabajar.

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Agustín Garcia Calvo y yo

Eran tiempos de vino y rosas. Zamora era un pueblo grande, con más curas que cabezas de ganado. Los jóvenes como yo no vislumbrábamos el futuro, bastante teníamos con hacer llevadero el presente. El presente no era otro que estudiar el bachillerato, pasar curso, pasar el menos hambre posible y ligar las jóvenes zamoranas hasta donde se dejaran; en mi caso debía ser monógamo y muy pronto más que ligar, quedé atrapado por la que es mi esposa actual. En ese marco ramplón, falangista, católico, un hombre marcó algunas de mis pulsiones de entonces y mis reflexiones de madurez. Un profesor atípico. Dejó embararaza a una alumna y aceptó su responsabilidad casándose con ella. ¡Por dios, no iba a misa los domingos y fiestas de guardar! Un profesor ateo en medio del fervor del Nacional Catolicismo. Un profesor atípico, digo, en tiempos de la letra con sangre entra, que daba aprobado general anunciado el primer día de clase. ¿Qué suponía Don Agustín, que los estudiantes íbamos a esforzarnos en aprender latín para demostrarle que teníamos orgullo y no queríamos nada regalado? La clase era un trámite, nadie sabía otra cosa que declinar rosa rosae. A las chicas sólo les interesaba su postura, se sentaba en el borde de su mesa, una pierna más alta que la otra. A los chicos no sé, en mi caso intentaba adivinar de qué pasta estaba hecho aquel hombre que rompía con todos los moldes utilizados para una sociedad adormecida y uniformada. Era catedrático y se había ganado la plaza de profesor de latín en el Instituto con nota cum laude. Quizá se pensó en echarle de allí por el perverso ejemplo que daba, pero allí siguió hasta que sacó plaza en la Universidad de Salamanca. En el claustro comía aparte. Siempre se le veía solo, los demás profesores procuraban evitar ser contaminados. Hombre visionario, descargaba adrenalina montando teatro. Lo mismo traducía a Shakespeare para representar a Macbech, (Hamlet no le interesaba) que reunía en su casa a un grupo reducido de estudiantes para ensayar teatro leído de algún autor maldito, como Alejandro Casona (Nuestra Natacha, El Barco sin pescador…) Bertolt Brecht . Al contrario que el profesor de matemáticas que en una ocasión y por escrito nos preguntó qué queríamos ser cuando termináramos el bachiller, el nos hablaba de futuro de forma genérica, haciendo hincapié en los valores que conformaban la personalidad del individuo. Es verosímil ahora el comprobar que esa debió ser su obsesión de siempre.

Y debió ser aquel hombre el revulsivo de mi conciencia pacata el que me volvió inconformista con mi conciencia uniformada. Dejé de ir a misa, de creer en, primero en la parafernalia en torno a Dios y luego en Dios mismo, abandoné la filiación falangista y comencé a ver en el Franquismo al enemigo de mi conciencia recién estrenada.

A Don Agustín le perdí la pista, yo no estudiaba en la universidad en la que él impartía sus lecciones magistrales. Pasado bastante tiempo intenté comprender, sin lograrlo, un escrito suyo aparecido en algún periódico. Yo ya tenía mi propio criterio formado y aquello que leí no me decía nada en su favor ni en mi provecho. Llegué a pensar que, visto su estrafalario aspecto, estaba algo ido de la cabeza.

Hoy, que acaba de fallecer, he conocido lo que se dice de él. Parece que fue siempre fiel a sí mismo. Quizá su indomable espíritu le impidió mayores reconocimientos, de haberlos merecido. Yo, en esta ocasión, sólo me pregunto si fue una luz en mi camino. Descansa en paz, el hombre que destruyó el infierno.

Inspección Técnica a mi cerebro

Veía que las lineas de la carretera se cruzaban y perdía el sentido de la conducción. Una oftalmóloga me diagnosticó que mi problema se corregía con unas lentes progresivas. No quedé conforme.
Fui a otra oftalmóloga que me hizo múltiples pruebas, luego sentenció: “padece usted de diplopia; eso se corrige con un prisma que deberá colocarse en su lente izquierda.
Eso me convertía en una especie de Robocop. Tampoco quedé convencido.
Fui a otra oftalmóloga, no que yo la eligiese por ser mujer, fue una casualidad, y después de varias pruebas, me envió a neurología.
Fui a neurología, y otra mujer doctora. ¿Dónde estaban los hombres? Supuse que todos eran ginecólogos. La doctora, muy joven, me hizo muchas preguntas, finalmente me prescribió un análisis de sangre y tres resonancias magnéticas.

Estaba empezando a cansarme de criterios médicos tan dispares, pero acepté hacerme las resonancias y el análisis.

En ayunas, me fui al hospital. Primero el análisis. Una señorita me pinchó en el brazo y salió generosa mi sangre. No sé si le produje un orgasmo a la enfermera, el caso es que llenó cinco tubitos de mi líquido vital. Le pregunte qué me habían pedido analizar para necesitar cinco muestras, y me respondió lacónica que muchas cosas. Confieso que me quedé perplejo y hasta algo preocupado.
Dos horas después y también en ayunas, me fui a la sala de radiología, y llegado mi turno, entré en una sala siguiendo a otra enfermera o señorita doctora. Me invitó a desvestirme a excepción de mi ropa interior. “Menos mal”—me dije, porque lo tenía todo tan encogido, que hubiese sentido morir de falta de autoestima. También tuve que ponerme una bata verde, que me quedaba tan pequeña, que si la ponía con la abertura hacia atrás, me hubiese dejado todo el culo al aire, y si la ponía con la abertura hacia adelante, todas mis partes al descubierto en situación de presumir poco. Decidí que la abertura quedase hacia mi espalda, aunque el calzoncillo que me había dejado puesto dejaba poco margen a la imaginación de mi doctora, enfermera o lo que fuese aquella persona que me tenía en sus manos.
Pasé a otra sala, y allí estaba: esa máquina que parece sacada del almacén de atrezzo de la Guerra de las Galaxias. La señorita me invitó a subirme a una especie de mesa que se adentra en un túnel. Después de invitarme a que me colocase unos tapones en los oídos, me acosté y apoyé mi cabeza sobre una horquilla. La señoría me colocó, entonces, una especie de máscara de plástico rígido que se cerró sobre mi rostro. No debía ser suficiente para inmovilizarme, que aún me colocó dos almohadillas a sendos lados de mi cabeza. Puso una pera en una de mis manos: “Si siente pánico, apriete la pera” —me dijo. Me colocó algo en un dedo que supuse sería para detectar si me moría o seguía vivo. Faltaba algo y me pinchó en un brazo. Intuía que no era para sacarme más sangre y sí inyectarme lo que fuese en mis venas para seguir su rastro a través de mi cuerpo. Ya no podía desistir. Pulsar la pera para suspender aquella manipulación hubiese sido cobarde. Comencé a interesarme por aquello a lo que me estaban sometiendo. Dentro del túnel no había espacio para moverse, sólo mirar arriba. Muy cerca de mis ojos, unas ventanas con una luz tenue. Y no habían pasado unos segundos, que se desató la tormenta perfecta sobre mi cabeza. Taladradoras, motosierras, golpes de martillo sobre cinceles o sobre hierro al rojo para doblegarlo. Pensé en apretar la pera para preguntarle a la señorita si eso era normal o es que no funcionaba bien aquella infernal máquina. Me contuve, supuse que también ella lo oiría, y los de las salas contiguas, tal era el nivel de aquellos ruidos que superaban a cualquier umbral de una sala de tortura.Y así durante 45 minutos. Cada vez que algo parecía perforar mi cabeza, me preguntaba a qué lugar de mi cerebro habría querido llegar y qué esperaba encontrar allí. También qué habría descubierto. A veces pienso que mi cerebro es tortuoso, y yo mismo me pregunto de dónde surgen algunos pensamientos. Y como si no hubiese alcanzado el objetivo, un nuevo ruido, como de una taladradora de percusión, pareció querer doblegar cualquier cabeza dura que se le opusiese. Aunque de sobresalto en sobresalto, tuve ocasión de pensar: “Y si hallase un tumor…, o un mal pensamiento…. o una deformación de mi razón… o…” ¿Qué buscaba aquella mujer, al parecer, con tanto ahínco? Me arrepentí de no haberme informado antes en la Wikipedia en qué consistía aquella prueba, de haberlo hecho me habría evitado tanta ignorancia que me avergonzaba, tantos temores y presagios, y habría asistido decidido a ella en la seguridad de que me aplicaban lo último en el avance de ciencia médica. Debía estar contento con mi suerte. Luego, lo que resultase sería cuestión de asumirlo de la forma que fuese.

Terminó la sesión wagneriana, salí del túnel, me liberó de la máscara y de lo que estaba alrededor de mi dedo, le di la pera, y me dijo que todo había terminado. Me ayudó a incorporarme y me sujetó al bajarme de la mesa, pues sentí un ligero mareo. Me indicó que podía vestirme y se retiró a una sala contigua llena de monitores. Pensé, esta vez, sin consideración alguna: “esta tía ya conoce todo lo que tengo en mi cabeza, espero guarde la confidencialidad de los datos que ha obtenido”. Pero aquello no era sino una elucubración de mi deformación novelera. Me limité de preguntarle cuándo tendría los resultados. “Tres días” —me dijo. Le di las gracias convencido de que había hecho su trabajo, y por mí. Mis circunstancias ya no eran de su competencia.
Por deferencia a la Oftalmóloga que quiso diagnosticarme exhaustivamente la causa de mi problema, esperaré hasta el día 9 de Noviembre próximo, que tengo consulta con ella. Las lineas de la carretera que se cruzan, la visión doble en ocasiones, ya no será algo que me importe, porque para entonces tendré otras preocupaciones o ninguna.
Fin

Visitantes Anónimos

De vez en cuando, no frecuente, si no tengo nada mejor que hacer ni se me ocurre nada que me mantenga frente a la pantalla del ordenador, entro en mi StatCounter y observo algo perplejo la marca que dejan los visitantes a mi página www.josediez.com. Además del ordenador que usan, el IP que tienen, esa máquina me señala el lugar exacto donde viven, no sólo el país, sino el preciso punto geográfico dentro de la nación. Y para mi satisfacción personal, en algunos casos, el tiempo que han estado leyendo mis cosas. Aunque tienen la forma de contactarme, nunca lo hicieron. Lo que me sorprende es ver que la universalidad de Internet me abre a lugares tan exóticos, no hispano parlantes que son todos, como Noruega, Alemania, USA, Francia, Canadá, Holanda, China en una ocasión y otros muchos más. No me sorprenden los visitantes sudamericanos, donde soy ampliamente conocido y donde tengo algunos amigos fieles y otros muchos con los que de alguna forma tuve encuentros en el pasado. No he publicitado mi página, así que debo pensar que mis visitantes anónimos me han encontrado en Internet rastreando, bien mi nombre, bien al azar. En cualquier caso, aunque podría aventurar la identidad de algunos, la mayoría son totalmente anónimos para mí. Y es a estos a los que me siento obligado a dirigirme.

El hecho de haber dedicado un poco de vuestro tiempo para leerme, para abrir mi página a golpe de puntero esperando encontrar una sorpresa, no es para mí un motivo de satisfacción si mi StatCounter me señala que vuestra visita duró breves segundos; lo considero un accidente de vuestra mano inquieta. Lo es si, por lo contrario, ese tiempo que me dedicasteis me hace suponer que, al menos, pusisteis interés en conocer de qué escribía. Y la satisfacción es grande, si además de un tiempo que da para una lectura completa, observo que reincidisteis volviendo a mi “casa”; significa que algo os gustó de mí o que pusisteis una marca en una página de vuestra lectura elegida para continuar en otro momento con las siguientes. Desgraciadamente, mi StatCounter no me dice qué atrajo vuestra atención ni que pensasteis o sentisteis al leerme. Buscando un símil, es como si paseando por la calle, una bella mujer se cruza en mi camino y en nuestras miradas, sin más explicación. En ambos casos, yo no puedo sino imaginar qué tipo de sentimiento provoqué, y con seguridad me equivocaré. Para equivocarme pero relativamente, otros lectores no anónimos me hacen llegar sus opiniones con ocasión de poner algo nuevo en la página. No sé si son benévolos por ser amigos o sus juicios ellos mismos pretenden sean sinceros. En cualquier caso me sirven para ajustar mi imaginación a lo que pueden haber sentido mis visitantes anónimos, bien como lectores, bien como curiosos. La conclusión al final de esta reflexión es que no debo dejarme llevar por la euforia o el pesimismo, que si escribo para que me lean, también lo hago para que no me lean y que si escribo para gustar, también lo hago a riesgo de no gustar. En definitiva, creo que soy un escritor típico: escribo porque me satisface hacerlo.

¡Embarazada!

Tenía 16 años cuando todo comenzó a cambiar en su vida. Tampoco en su entorno familiar sospecharon lo que le sucedía a la “niña”. Es cierto que la madre le preguntaba cada mes: “¿No te ha venido la regla?”. Ella le respondía: “No, mamá, ¿quieres que vayamos al médico?”. La madre le respondía que eso estaba dentro de la normalidad, quizá porque había nacido prematura. Pero la niña comenzó a notar que algo raro sucedía en su vientre: un aparatoso abultamiento, algún movimiento convulsivo… algo que parecía moverse dentro. La madre ya no tuvo dudas, todo apuntaba a que la niña estaba embarazada. “¿Quién ha sido?”, preguntó a su hija, manifestando así su máxima preocupación. La joven no entendió la pregunta; “Quién ha sido, qué?” La madre, algo fuera de sí, la cogió por los hombros y, después de zarandearla, le dijo: “Quién va a ser, el malnacido que te ha dejado preñada.” La niña seguía sin entender. Sabía lo que era estar embarazada. Sabía, también, que eso era consecuencia de “acostarse” con un hombre, y hasta sabía qué tenía que haber hecho para que tal cosa sucediera. “Mamá, no he estado con ningún chico, si es lo que quieres saber.” La madre, fuera de sí, le dio una bofetada a su hija a la vez que le gritaba: “¡Mentirosa! ¿Ha sido el Espíritu Santo, no? A ver, explícame con todo detalle, y según tú, qué has hecho para estar embarazada.” La chica reculó unos pasos para estar lejos de la ira de su madre y, llorosa, respondió: “Mamá, te puedo jurar que no he estado con nadie haciendo lo que piensas, sabes que soy fea, poca cosa como mujer, causo indiferencia a los chicos, ninguno se acerca a mí para hablarme y menos para tocarme, si estoy embarazada, yo soy la primera sorprendida.” La madre, que no creía en milagros, siguió recriminándole que mentía, que algo inconfesable le ocultaba y que, por las buenas o por las malas, iba a saber quién había sido el que había dejado preñada a su hija y que ella se encargaría de que asumiera su responsabilidad.

Mientras la madre indagaba por aquí y por allá para conocer las relaciones de amistad de su hija, especialmente preguntando a las jóvenes de su edad, María, que curiosamente así se llamaba la joven, dejaba pasar los días sufriendo la nula complicidad de su madre, aunque agradeciendo que aún no estuviera al corriente su padre de lo que estaba sucediendo. Por otra parte, también resultaba extraño que aquel bulto y aquellos espasmos parecían haberse estabilizado sin progreso de ningún tipo. La joven ya estaba en las manos de su madre,y si tenía que hacer algo, debería esperar a que ella lo ordenase. Y así, algo tan normal como ir a visitar al médico para que confirmase el estado de su hija, la madre lo descartó desde el principio, al menos hasta saber quién era el padre. Creía la madre, que el secreto sería su mejor aliado para sorprender al responsable.

Un día, María después de pasar toda la noche sintiéndose mal, y cuando ya no pudo más, le dijo a su madre lo que le sucedía. “¿Has mojado la cama? Quizá se presenta un parto prematuro, como pasó contigo.” La joven le respondió, agarrándose el vientre para mitigar el dolor: “ No, mamá, sólo un fuerte dolor en el vientre. Quiero que me lleves al médico.” La madre, aunque remisa en principio, aceptó finalmente llevar a su hija al hospital, quizá su aspecto deplorable la asustó y ya no encontró excusa.

María entró en el hospital por “Urgencias”. Después de dos hora de exploraciones, un breve parte médico daba cuenta del diagnóstico: “Joven ingresada con fuertes dolores abdominales. De las exploración protocolizada, se deduce que es un caso de pseudociesis. Debe seguir con el tratamiento fármaco prescrito y posterior psicológico.”

De algún modo, aquel falso embarazo supuso para María un duro golpe, pues había empezado a ilusionarse con su maternidad, y sabía que con su aspecto jamás quedaría embarazada de verdad.

Doña Clara

Doña Clara José D. Díez

Inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual de Andalucía, España

© José D. Díez

PRIMERA PARTE

Tierras de Castilla. Un pueblo que quiere vivir en el olvido. Gentes sin nombre que yo debo nombrar de alguna manera por suponer que han existido y quizá existan. Buenas y malas gentes, que de todo hubo, hay y habrá en la viña del Señor; viejas gentes que olvidaron el pasado y nuevas gentes a las que nadie les cuenta la historia. Todo lo demás seguirá hundiendo sus raíces en la noche de los tiempos, en la férrea voluntad de perpetuar la diferencia en lo absoluto; cosas eternas como el campo extenso, uniforme, plano y feo durante casi todo el año que se divisaba al otro lado de la empalizada…

Pero… siempre queda alguien que arrastra sus traumas de juventud, como páginas sueltas, traspapeladas de su vida. Recordar no siempre es añorar. Contar, no siempre significa estar orgulloso del pasado. Cuando ahogan los recuerdos, mejor es hacer de ellos historia.

Y yo voy a contarlos para que dejen de ser sólo míos.

 

Esta historia comienza cuando, desde la atalaya situada en el crisol de mi memoria, puedo ver que… por poco tiempo algo hermoso sucedía en aquellas tierras de baldío: reventaban de vida; era como un regalo de la naturaleza, seguía luego una orgía; las plantas, los animales, las gentes, todo parecía entrar en celo al unísono, embarazándose los unos de lo otros, sin respeto a las especies…

Como cada primavera, aquel campo ya no se vestía de escarcha cada mañana, sudario blanco de un largo invierno de muerte, y se llenaba de una vida breve, una vida plena de brillos y colores. Era aún el atardecer y el sol oblicuo, cansado de navegar por el mar del cielo, todavía arrancaba los últimos tonos de las cosas, estrujando los alientos de la vida que se consumía en su propia urgencia.

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Elegia por Jaime

Jaime era un caso típico de persona acomodada al papel forzado que pusieron en sus manos allá por su niñez. Su voluntad careció, incluso, de la única contingencia que disponemos a lo largo de la vida: seguir nuestro destino en lugar del que se empeñan en marcarnos. Fue así que sus padres lo metieron en el seminario, como el que dispone de un mueble de su propiedad.

Jaime, al principio, aquello lo llevó mal, pero allí estaban preparados para esas contingencias menores, producto natural de una voluntad infantil siempre rebelde a lo que marcan los cánones, y poco a poco, sin encrucijadas en su camino -no había caminos alternativos dentro de los muros de aquel centro-, tomó el único camino que visualizaba su dirigido y unívoco pensamiento. Así, Jaime, sin elección posible, se aferró a su profesión de fe, cimentada de miedos y esperanzas, y aceptó ser vasallo del Dios que le habían pintado; se volvió beligerante con los hombres libres y fue un buen cura, casi perfecto. Ponía tanto ardor en los cometidos de su ministerio, que llegaba a las gentes metiéndoles el miedo en el cuerpo, el mismo miedo que él sentía. En definitiva era de lo que se trataba. Pero como todo los miedos inducidos, era un miedo que cada cuál soslayaba a su modo; el que más y el que menos, fuera de su influencia, hacía de su capa un sayo y se tiraba al monte, gracias a Dios. Él los perdonaba siempre, ¡cómo no!, en el nombre del Señor, y no era severo en las penitencias, quizá por un cierto espíritu liberal, o agiornado, como decían de él los pedantes.

Jaime, de naturaleza exuberante, también era un hombre que se abrasaba de deseos. Cuando esto ocurría, siempre hacía lo mismo: imploraba a su Dios la fuerza necesaria para superarlos. Casi siempre lo conseguía, y digo casi, porque en sus sueños las cosas no eran así. Jaime no comprendía aquella doble vida, la de la vigilia virtuosa y la de unos sueños, al decir de él, siempre de pecado y sin su Dios como referencia. Y así iba transcurriendo su vida, seca de día en soles ardientes y por la noche húmeda de rocíos balsámicos.

Una noche fue especial, coherente de secuencias, larga de sensaciones, completa de satisfacciones, libre.

Jaime sentía vivir en un mundo diferente. Era un mundo sin Dios, sin pecado, sin miedos; no existían leyes, mandamientos, ni jueces de togas negras y ojos negros de fuego negro. La vida discurría placida y todos los humanos parecían felices y contentos. No se rezaba, ni se imploraba, ni se ocultaban, ni se exhibían; simplemente estaban allí, exentos de maldiciones y de prejuicios. Y Jaime vestía una blanca túnica -que no existía el negro-, y caminaba descalzo por un verde prado -que no existían caminos-, y un arroyo era la música, y las flores el aroma, y las nubes, viajeras, carrozas blancas que transportaban veloces los pensamientos efímeros de los hombres. Todo eran sensaciones; no se pensaba, ni se razonaba, ni se imaginaba, ni se hablaba, sólo se sentía. Y en aquel mundo de los sentidos, Jaime los desplegaba todos, los abrazaba todos, los entregaba y los recibía todos, fundiendo su cuerpo con otro cuerpo, el cuerpo de una forma etérea en forma de mujer.

Cuando Jaime despertó, intentó volver al sueño. Jaime estaba extenuado, bañado de sudores que resbalaban sobre su cuerpo en perlas de nácar. Y cerró los ojos para no ver el día del pecado, de la virtud vencida, y de nuevo se dormía. Su corazón, roto de espasmos, dejó dormir, al fin, a aquel martirizado cuerpo para siempre.

Lloras Arbol

Desde mi venta, a veces, contemplo un árbol de fronda verdísima, con aspecto de tener una salud envidiable. Ese árbol vivirá más de cien años, si no es pasto de las llamas. Sobrevivirá sin quejarse, incluso en un año hostil de pertinaz sequía. Para eso ha extendido sus raíces en el profundo suelo en una longitud equivalente a su parte aérea. Y debe tener treinta metros. Según me contó un viejo del lugar, ese árbol lo plantó su padre cuando él nació. Era un pequeño arbusto.
—¿Cuántos años tiene usted? —le pregunté
—Setenta y cinco años —Me respondió
—Luego ese árbol tiene setenta cinco años.
—Así es, quizá un añito más hasta que fue arbusto.
Reflexioné, luego que dejé al viejo. Ese árbol me sobrevivirá, incluso si alcanzo la edad de cien años.
Hoy me acerqué a ese árbol con una idea en mi mente. Con una navaja tatué en su tronco una pequeña inscripción: “¿Has sufrido alguna vez?”.
No esperaba que el árbol me respondiera, pero me senté a su sombra y contemple aquella pregunta, repitiéndola mentalmente. Lo lógico era no esperar allí a que nada sucediera, pero como siempre que nada sucede en mi entorno, mi imaginación viene a suplir ese vacío con mil y una cosas; es mi mundo.
Así estaba, medio absorto, cuando, de pronto, desconecté la imaginación. Mis sentidos detectaban algo digno de considerar. Las escisiones que había practicado en la corteza del árbol brillaban. Luego comenzaron a cubrirse de un líquido lechoso, para más tarde éste deslizarse tronco abajo en pequeños hilos como arroyos en miniatura. De nuevo, y ante aquella visión, mi imaginación me volvió a mi mundo, donde sabía que todo era posible.
—¿Lloras? —le pregunté.
Y como si aquel árbol se incorporara a mi mundo mágico, me responde:
—Llevo viviendo más de setenta y cinco años y nadie me había herido hasta hoy. ¿Tú qué crees?
Le pedí perdón,  y me fui pesaroso de allí. Ya en casa, y para no sentirme mal, me dije que todo había sido cosa de mi imaginación, que aquel árbol ni había sufrido y por ello llorado, y que, por supuesto, no me había respondido a la pregunta que le hiciera. Pero no conseguía del todo salir de aquel mundo imaginario. Con una cuchilla de afeitar me hice dos pequeños cortes en uno de mis muslos. Brotó sangre y sentí un dolor agudo. Nadie me oyó decir: Viejo árbol, ya sé lo que has sentido.
(JDD 2003)

Elena y el Deja Vu

Helena buscaba en las profundas simas de su memoria una explicación que le permitiera comprender aquel fenómeno.
Estaba segura de no haber vivido nunca aquella experiencia. Pero, ¿cómo entender que, en varias ocasiones, especialmente cuando la vigilia se fundía con el sueño, su aparente realidad la transportaba a un idílico escenario, un lugar donde la naturaleza parecía recién estrenada, sin asomo del deterioro actual? Y en ese escenario, ella compartía la exclusiva pertenencia de todas los cosas con un hombre, pero no un hombre con aspecto más o menos bello según los parámetros de la belleza masculina. Aquel hombre tenía todos los signos de ser lo que los científicos antropólogos llaman en la actualidad un homínido. Un cuerpo nada atractivo, pues su corta estatura, cubierto casi enteramente de pelo, sus pequeños ojos, su boca grande y otros rasgos físicos le asemejaban más a un mono que a un humano. Y de ella misma, algunas imágenes imprecisas que había obtenido reflejadas en el agua le aseguraban que su aspecto no era el actual y que guardaban similitud con su compañero. Y eso no era todo. Helena revivía en plenitud aquella existencia sin memoria de un antes y un después.

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estaba proximo el verano


Estaba próximo el verano. Había llovido fuerte la noche anterior y el río bajaba crecido. Un grupo de amigos salimos del Instituto. La tarde era aún larga y el río era para nosotros un objeto de deseo. Allí fuimos los tres, quizá cuatro, pero no recuerdo al cuarto. Cuando el río estaba crecido era imposible intentar bañarse en él; la corriente era fuerte y nuestros conocimientos de la natación muy primarios; apenas si nos sosteníamos a flote en aguas profundas. Por donde nos acercamos, el agua había formado una isla. De este lado sólo era un brazo de agua, una especie de asa; por el otro estaba el cauce principal. “Vamos a cruzar a ese islote”, propuso alguien. Nos quitamos la ropa, excepto el calzoncillo. Y metimos los pies en el agua para cruzar andando aquel pequeño cauce secundario. Recuerdo que notaba la fuerza del agua por debajo de mi pecho. A duras penas conseguía afirmar mis pies sobre el fondo. Íbamos los tres –o los cuatro- separados no más de dos metros, unos de otros. Mi amigo comenzó a desplazarse hacia abajo de la fila que formábamos y se le veía manotear con fuerza intentando incorporarse a nosotros. Sus pies no debían anclarse suficientemente en el fondo y su cuerpo era poco a poco llevado por la corriente. No apreciamos el peligro en el que se encontraba y él tampoco pedía ayuda; sólo manoteaba desesperadamente.
Fue en unos segundos que desapareció engullido por el agua. Llamábamos pozas a los lugares del lecho del río que eran más profundas que el entorno, siempre peligrosas. El desplazamiento le debió llevar a una de esas pozas y en ella se hundió para no volver a aparecer, ni siquiera una mano para señalar su posición a título de despedida.
Mi otro amigo y yo, medio envarados de la impresión, regresamos a la orilla de partida. Recuerdo la dificultad que tuvimos para alcanzarla. Una vez en tierra firme, miramos atónitos a la superficie del agua, aún sin creernos que nuestro amigo pudiera haberse ahogado. Esperábamos verle reaparecer. Estábamos tiritando, de ese frío que producen los malos presagios. No recuerdo todas las sensaciones que experimenté después. Pero una no se me olvidará jamás, fue cuando mi amigo y yo, después de recoger la ropa, fuimos a casa de los padres, y aquel grito desgarrador de la hermana, luego de la madre, de las vecinas, que velozmente llegó a todos los rincones de la ciudad.
El río lo devolvió al día siguiente, pero lo devolvió sin alma.
Y a nosotros, sus amigos, por mucho tiempo nos pareció estar viviendo un sueño. Luego, volvimos a atender la llamada del río. Los objetos de deseo cuando traicionan a los demás, se convierten para uno en un atractivo fatal del que es imposible escapar; piensas . que eso del azar no va contigo, porque si no contó contigo en aquella ocasión, la misma situación jamás volverá a repetirse.
Y así fue.